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Víctor Jara: 53 años después, la voz que sus asesinos no pudieron silenciar

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Han pasado 53 años. Víctor Jara tenía 40 cuando fue detenido por militares después del golpe de Estado, llevado al Estadio Chile, torturado y finalmente asesinado. Los hombres que lo mataron pretendieron terminar no solamente con una persona, sino con aquello que representaba: una cultura popular que había adquirido voz propia, una generación que creyó posible transformar Chile y un artista que había decidido poner su obra al lado de los trabajadores, los campesinos y los más pobres.

Fracasaron.

Víctor Jara es hoy probablemente uno de los nombres chilenos más reconocibles fuera de Chile. Sus canciones atravesaron generaciones, idiomas y fronteras. Se cantan en América Latina y Europa; músicos de distintas tradiciones han interpretado su obra y su nombre quedó asociado internacionalmente no solo a la Nueva Canción Chilena, sino a la defensa de los derechos humanos.

Pero esa dimensión universal corre también un riesgo: convertir a Víctor Jara únicamente en un símbolo, separado del hombre concreto y de las circunstancias concretas de su asesinato.




Por eso hay que recordar.

Del escenario al campo de prisioneros

La mañana del 11 de septiembre de 1973 Víctor Jara acudió a la Universidad Técnica del Estado, donde trabajaba. Allí debía participar en un acto en el que estaría Salvador Allende. El golpe militar cambió todo. La universidad quedó cercada y al día siguiente las tropas ingresaron violentamente al recinto. Víctor fue detenido junto con profesores, funcionarios y estudiantes y trasladado al Estadio Chile, convertido por los militares en campo de prisioneros.

Allí fue reconocido.

Y allí comenzó su martirio.

Los testimonios reunidos posteriormente por la justicia y las investigaciones de derechos humanos permitieron reconstruir las torturas a las que fue sometido. Su cuerpo apareció después con múltiples impactos de bala y señales de brutales tormentos.

La Biblioteca Nacional registra el 16 de septiembre de 1973 como la fecha de su muerte. Durante muchos años se señaló también el 14 de septiembre —fecha que llegó a quedar grabada en su primera lápida—, una diferencia comprensible dentro del caos deliberado con que la dictadura ocultó durante aquellos primeros días el destino de miles de detenidos.

Su esposa, Joan Jara, tuvo que reconocer el cadáver en la morgue.

La dictadura había convertido a uno de los artistas más importantes de Chile en otro cuerpo entre los muertos de Santiago.

Los asesinos tenían nombre

Durante décadas se habló del “asesinato de Víctor Jara” casi como si los asesinos fueran una abstracción.

No lo son.

Cincuenta años después del crimen, el 28 de agosto de 2023, la Corte Suprema dejó firme la sentencia contra militares retirados por los secuestros y homicidios de Víctor Jara y del entonces director de Prisiones, Littré Quiroga.

Los condenados como autores fueron Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Haase Mazzei, Ernesto Bethke Wulf, Juan Jara Quintana y Hernán Chacón Soto. Recibieron penas de 15 años y un día como autores de los homicidios y otros 10 años y un día como autores de los secuestros calificados. Rolando Melo Silva fue condenado como encubridor de ambos delitos.

Son nombres que pertenecen también a la historia de Víctor Jara.

Hernán Chacón Soto se suicidó en agosto de 2023 cuando la policía llegó a su domicilio para detenerlo después de que la Corte Suprema confirmara su condena.

Y todavía hubo que esperar tres años más para cerrar otro capítulo. Nelson Haase Mazzei permaneció prófugo hasta julio pasado. El 25 de julio de 2026, la ministra en visita Paola Plaza ordenó su ingreso para cumplir las condenas de 15 años y un día por los homicidios y 10 años y un día por los secuestros calificados de Víctor Jara y Littré Quiroga.

La justicia demoró medio siglo.

La memoria llegó mucho antes.

No mataron solamente a un cantante

Víctor Jara fue cantante y compositor, pero también director teatral, profesor, recopilador de la cultura popular y militante político. Su trayectoria artística estuvo estrechamente vinculada al proceso cultural que acompañó las transformaciones sociales chilenas de las décadas de 1960 y 1970.

En 1969 ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena con Plegaria a un labrador. Más tarde llegarían obras que hoy forman parte del patrimonio cultural latinoamericano: Te recuerdo Amanda, El derecho de vivir en paz, El arado, Manifiesto, entre tantas otras. Desde 1971 formó parte del cuerpo de artistas de la Universidad Técnica del Estado.

No escondió sus convicciones.

Apoyó públicamente a la Unidad Popular y al gobierno de Salvador Allende. Cantó en poblaciones, universidades, fábricas, sindicatos y actos políticos. Su concepción del artista estaba lejos de la neutralidad: entendía la creación como una actividad inseparable de la sociedad en que se produce.

Eso explica también por qué fue identificado inmediatamente por sus captores.

Víctor no era una víctima casual del terror posterior al golpe. Era una figura reconocible de aquella cultura que el nuevo régimen quería erradicar.

La paradoja de sus asesinos

Aquí reside quizá una de las grandes paradojas de esta historia.

Los militares podían detener a Víctor Jara. Podían torturarlo. Podían dispararle. Podían abandonar su cadáver y obligar a su familia a enterrarlo prácticamente en silencio.

Lo que no podían hacer era controlar lo que ocurriría después.

Las canciones comenzaron a viajar.

Los discos salieron de Chile con los exiliados. Su historia fue conocida por nuevas generaciones. Artistas extranjeros incorporaron su nombre y sus canciones a sus propios repertorios. El Estadio Chile, aquel recinto utilizado como centro de detención y tortura, terminó llamándose Estadio Víctor Jara.

El intento de borrar al artista produjo exactamente lo contrario.

Víctor se volvió universal.

Una canción que sigue hablando

Hay algo todavía más profundo. Las canciones de Víctor Jara no sobrevivieron solamente porque su autor fuera asesinado.

Sobrevivieron porque continúan diciendo algo.

Te recuerdo Amanda sigue siendo una extraordinaria canción de amor y, al mismo tiempo, una historia sobre la vida obrera. Plegaria a un labrador conserva la fuerza de una invocación colectiva. El derecho de vivir en paz ha reaparecido una y otra vez en distintos lugares del mundo y volvió masivamente a las calles chilenas durante las movilizaciones sociales de 2019.

Eso distingue a una obra viva de una pieza de museo.

Las nuevas generaciones pueden cantar a Víctor sin haber conocido la Unidad Popular, sin haber vivido el golpe e incluso sin conocer todos los detalles de su biografía. Hay algo en esas canciones —su sencillez, su ternura, su sentido de justicia— que continúa atravesando el tiempo.

Y precisamente por eso recordar cómo murió importa.

Separar completamente la obra de su asesinato terminaría despojando a su historia de una dimensión fundamental. Víctor Jara fue asesinado por agentes del Estado después de un golpe militar. Fue detenido sin juicio, torturado mientras estaba indefenso y finalmente ejecutado.

No desapareció misteriosamente.

No murió producto de los “excesos” indeterminados de una época.

Lo asesinaron.

Y después de décadas de investigaciones y procesos judiciales, conocemos también los nombres de quienes la justicia chilena estableció como responsables.

53 años después

Chile vuelve cada septiembre sobre su memoria.

A veces se intenta presentar esa persistencia como una incapacidad para abandonar el pasado. Es exactamente al revés. Las sociedades democráticas pueden avanzar precisamente porque son capaces de establecer qué ocurrió, quiénes fueron las víctimas y quiénes los responsables.

Víctor Jara pertenece a esa memoria.

Pero pertenece también a algo mucho más grande que septiembre de 1973.

Pertenece a los jóvenes que vuelven a cantar sus canciones sin haber nacido cuando él murió. A los músicos que lo interpretan en otros idiomas. A los trabajadores que reconocen todavía a Amanda corriendo bajo la lluvia hacia la fábrica. A quienes siguen encontrando en sus versos una forma sencilla de hablar de dignidad, amor, trabajo, injusticia y esperanza.

Sus asesinos necesitaron armas, cárceles y un Estado sometido a la fuerza militar.

Víctor tenía una guitarra.

Cincuenta y tres años después sabemos cuál de esas dos fuerzas consiguió atravesar el tiempo.

Los nombres de quienes lo asesinaron quedaron finalmente inscritos en sentencias judiciales.

El nombre de Víctor Jara quedó en otra parte: en las canciones, en las calles, en un estadio, en la memoria de Chile y en la cultura universal.

Y allí continúa cantando.

 

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