Corrientes Culturales

Gregorio Angelcos y la singularidad de su obra literaria

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A través de la poeta Vilma Orrego, el escritor Gregorio Angelcos, me hace llegar su novela, editada este año. Poeta, novelista y cuentista, el autor chileno, acostumbrado a la sorpresa, abre su caja de Pandora. Dicen que su padre la trajo a Chile desde Grecia, en esos barcos que recorrían el Mediterráneo. En “La vida es un pasadizo luminoso donde el hombre es una idea” (2026), se permite licencias y atrevimientos que al escritor le seduce privilegiar. Nadie como él empeñado en burlarse de nuestra sociedad, construida ahora en la ciénaga. O en la fábula. No se trata de una postura ficticia o caprichosa destinada a encantar al lector. En su libro de poemas, “Sueño que el tiempo” dice, por ejemplo: “Y Adán creo a Dios a su imagen y semejanza”.

Desde joven, en plena dictadura auspiciada por la oligarquía criolla, que ahora se quita el antifaz, empezó a colaborar en la prensa clandestina. Época donde escribir empeñado en criticar a la dictadura militar, constituía una sentencia de muerte. Gregorio Angelcos, hijo de inmigrante griego, conocía los riesgos y se atrevió a pisar las brasas. Personas a las cuales conocía se habían exiliado y de otras, nada se sabía.

Leer a Gregorio Angelcos es bucear en un mundo de sorpresas. Enfrentado a ensoñaciones. Nada es ajeno a su escritura trepidante y fustigadora, pues sus personajes matan estrellas, vuelan y acostumbran vivir al borde del precipicio. Su labor de escritor, periodista y profesor de literatura, lo sitúa en las vanguardias de la creación literaria, en un país donde se perdió la alegría. Se oscureció temprano, mientras buscaba la extraviada luz de la esperanza. A medio camino llegó la noche y se hizo carne.

Chile vive acaso, una de sus mayores frustraciones en su historia. Así se anuncia a diario, como si recordarlo, ayudara a encontrar la razón. En siglos, no acontecía este hecho abrumador. Derrotado una y otra vez un pueblo generoso y creativo, donde hay dos premios Nobel de Literatura, se adormece. Ahora, ni siquiera llueve con dulzura. Bajó los brazos y arribó la abulia. Gregorio Angelcos lo denuncia en sus escritos. Ahora se vive mirando al vacío, desnudo de proyectos, mientras el pobrerío mantiene las manos extendidas, esperanzado que caigan migajas del banquete de la oligarquía. Se hizo tarde y la noche, prolongó su amanecer.




Al concluir la dictadura cívico-militar, se abrían las ilusiones de la llegada de la luz. Apenas si fueron relumbrones, destellos de un faro olvidado en medio de La Patagonia. La abulia se hizo carne y la lucha se adormiló en una noche sin estrellas.

En Chile, el analfabetismo es pavoroso y duele recordarlo. Alrededor de quinientas mil personas no saben leer ni escribir. Apenas balbucean. ¿Han oído hablar alguna vez de Gregorio Angelcos? Y cuando se expresan, no utilizan más de 500 palabras. En medio de este guirigay, los infelices de siempre festejan, mientras meten las manos hasta el codo, a las faltriqueras del poder. “Es nuestro botín” se jactan. Desde siempre, han soñado matar a la cultura. Arrojarla a la cloaca de la indiferencia.

Apoyado en su espada flamígera, Gregorio Angelcos continúa escribiendo. Si no lo hicieron callar durante la dictadura, menos acontecerá ahora. No olvidemos que es dueño de la Caja de Pandora.

 

Walter Garib

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Walter Garib

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