Columnistas

El ejemplo de Allende está vivo

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 32 segundos

La llegada de septiembre reactualiza el ejemplo democrático que el presidente Salvador Allende dejó al país como valioso legado, el que permanece inalterable en la memoria colectiva de la ciudadanía y escrito con letras doradas en las páginas de la historia de Chile.

                En su corto paso por La Moneda el líder de la Izquierda estaba llevando a cabo un programa de gobierno en que se priorizaba el mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo y la clase trabajadora, la nacionalización de los importantes recursos naturales del Estado y el término de los privilegios de una minoría ricachona que solo buscaba acrecentar sus enormes patrimonios.

                Salvador Allende y septiembre se identifican a plenitud y por ello el pueblo recuerda en estos días con especial afecto y admiración al presidente constitucional que cayó en La Moneda en defensa de la democracia tras ser derrocado por la fuerza de las armas y del odio antipopular irracional.

                Ciertamente los tiempos no son los mismos, pero sí lo son las necesidades de las grandes mayorías, con la diferencia de que en la actualidad no existe en las autoridades el interés ni la voluntad para enfrentarlas y solo se recurre a paliativos que obviamente resultan insuficientes.




                El viernes 4 de septiembre de 1970 fue un día histórico porque Chile eligió por primera y única vez – hasta ahora – a un presidente socialista, demócrata y revolucionario, un luchador social que tocaba la propiedad de los poderosos a los cuales encaraba con valor, hecho sin precedentes en el país.

                Allende había ofrecido un programa en que la igualdad era el más alto de sus valores y la clase trabajadora, el pueblo y los pobres los favorecidos, porque venían de toda una vida de olvidos y frustraciones. Por eso su triunfo fue celebrado jubilosamente por la gente modesta, que ahora se proyectaba a múltiples expectativas. La nacionalización del cobre fue entonces el primer paso.

                En la celebración del tercer aniversario de la resonante victoria electoral, Santiago fue escenario de una multitudinaria concentración, la mayor realizada en apoyo a un presidente de la República. No menos de 800 mil personas acudieron a respaldar la agenda de cambios estructurales que se estaba desarrollando.

                Del martes 4 al martes 11 de septiembre de 1973, en 1 semana, el panorama cambió fundamentalmente ante la inesperada irrupción de las FF.AA. golpistas que quebraron su trayectoria democrática basada en la Constitución y las leyes. El golpismo actuó inducido por los dueños del dinero y el imperialismo yanqui, que no aceptaban no seguir incrementando sus fortunas ni un gobierno socialista que aparecía como una “segunda Cuba” en el continente.

                Nadie en el mundo entendería que el que dio la orden y los que cometieron el bombardeo contra La Moneda con la finalidad de asesinar al presidente constitucional nunca fueron identificados ni sancionados. El golpismo militar y empresarial dejó profundas heridas, muchas de las cuales jamás se han cerrado con verdad y justicia.

                Hoy día el nombre de Salvador Allende tiene fuerza y presencia en este país en que prevalece la incertidumbre, porque la casta política no da respuesta a las innumerables necesidades de la población. Aunque está la evidencia del largo aprendizaje de construir un Chile democrático como una tarea común, lo único que salta a la vista son los obstáculos insalvables.

                Más allá de los acuerdos y los desacuerdos, la validez del pensamiento de Allende está fundada en su estrecho compromiso con la causa del pueblo chileno. El presidente socialista vivió la democracia como un compromiso vital. Rompió con los esquemas de su origen y de su época y al final, cuando lo único que le quedaba era su vida, supo defender con ella hasta donde pudo la historia democrática de Chile.

                Con su vida enseñó a sus contemporáneos y a las nuevas generaciones que la democracia es un bien que tiene fronteras claras. Y que no es posible correr arbitrariamente sus límites sin traicionar las aspiraciones más elevadas de una nación.

                La noticia de la muerte de Allende provocó dolor y consternación en todo el mundo.  Con su nombre se rebautizaron plazas, calles, avenidas, hospitales, bibliotecas y centros universitarios en diversos países. En la Habana, visiblemente afectado, Fidel Castro reaccionó: “A Chile le ha quedado una gran bandera, la bandera y la figura inmortal del presidente Salvador Allende” …

                Físicamente Allende no está. Pero en este septiembre queda claro que su ejemplo está vivo y que mantiene su vigencia, su legado de demócrata intransigente y gran impulsor de la igualdad y la justicia social. Sobre esos valores indestructibles, más temprano que tarde el pueblo construirá la patria socialista.

Hugo Alcayaga Brisso

Valparaíso

Autor



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *