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Lula en Rancagua: Un retazo de historia a la sombra del mineral.

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A comienzos de los 90, entre pasillos sindicales, chistes criollos y una foto que pocos creían real, el emergente líder brasileño dejó una huella imborrable en la capital de O’Higgins. Memorias, confabulaciones de pasillo y el fugaz tránsito por la ciudad histórica de quien se convertiría en referente indiscutido de la izquierda latinoamericana.

Rancagua, a pesar de su alma provinciana —ese «puerto sin mar ni orillas, junto a una montaña de cobre; lugar de paso adonde los hombres llegan, viven un tiempo de cualquier forma y luego se van»—, siempre se las ha ingeniado para hacerse un espacio en la gran historia. Por estas tierras se libró un capítulo decisivo de la emancipación nacional; por aquí cruzó Charles Darwin en el Beagle rumbo a las termas de Cauquenes; por aquí pasó el general Charles de Gaulle —«la Francia soy yo»— para conmemorar el sesquicentenario de la Batalla de Rancagua durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (hito por el cual el mandatario galo envió una carta de felicitaciones al entonces alcalde Nicolás Díaz, quien la atesoró en el centro de su casa hasta su muerte). Rancagua fue sede mundialista, escenario donde Salvador Allende celebró la «segunda independencia» con la nacionalización del cobre, y cuna del movimiento sindical encabezado por Rodolfo Seguel que acorraló a la dictadura hasta las urnas.

Por aquí también caminó, en los albores de la transición chilena, un joven dirigente sindical con un dedo menos en la mano que, con el tiempo, llegaría a la presidencia de Brasil por cuarta vez: Luiz Inácio Lula da Silva. Este es el relato y los pormenores de aquella fugaz e inadvertida visita.

El contexto y las gestiones




Transcurría el sábado 5 de octubre de 1991. La Juventud Socialista (JS) celebraba su Pleno Nacional en la capital regional, coincidiendo con el marco festivo del aniversario de la ciudad. La elección de Rancagua como sede tuvo un nombre clave: Luis Pérez —el «Chico Ernesto» o «Martín» en sus años clandestinos, siempre escoltado por su infaltable cajetilla de cigarrillos Hilton—, por entonces director regional del Injuv e integrante de la comisión política de aquella JS, cercano al equipo que lideraba Jaime Fuentealba, el recordado «Fischer», mote ganado por su destreza en el ajedrez.

Los delegados e invitados comenzaron a arribar el viernes 4 por la tarde. Muy temprano al día siguiente, en las inmediaciones del viejo edificio del Sindicato Sewell y Mina, empezó a correr el rumor: se haría presente Lula da Silva, el exdirigente metalúrgico de San Pablo que encabezaba el novel Partido de los Trabajadores (PT), un referente que ya despuntaba con fuerza en la izquierda latinoamericana de la posdictadura.

Sobre las razones de su llegada existen dos versiones que bien pueden complementarse:

La vía diplomática e informal: Se dice que Lula fue traído por una parte de la directiva del Partido Socialista, entonces presidido por Jorge Arrate. Como ni Patricio Aylwin ni Ricardo Lagos mostraron interés en recibirlo —a excepción del agudo olfato político de Enrique Correa—, se optó por derivarlo al encuentro de una masiva y activa juventud militante. Las gestiones habrían corrido por cuenta de Marco Aurelio García, hombre de confianza de Lula que vivió parte de su exilio en el Chile de Allende. Allí, en la Facultad de Economía, traba amistad con figuras como Carlos Ominami y, más tarde en París, milita activamente en el MIR como asesor de su comisión política y amigo entrañable de Milton Lee (como este último rememora en su libro Un sueño y un viaje con retorno). No fue casualidad que aquel día Gonzalo Martner, entonces subsecretario de Desarrollo Regional de Aylwin, llegara de forma muy casual al sindicato junto a viejos compañeros de ruta provenientes de Las Cabras, donde estaban reunidos en la casa de los padres de Milton Lee. Entre ellos se encontraban el «Pelao» Peláez, el «Sambo», «Moncho» Barceló, Carlos Ominami y Lautaro Videla.

La invitación directa: La otra versión la aportó el propio Lucho Pérez, quien sostenía que la directiva de la JS, encabezada por Fischer, le envió un fax invitándolo directamente al evento. El excandidato presidencial brasileño aceptó la propuesta y voló a Chile, trasladándose directo desde el aeropuerto de Pudahuel hasta Rancagua.

Pasillos, humor criollo y el discurso

La jornada de aquel sábado guardaba aún más migas de historia. Para el trayecto, la directiva del PS le había asignado a Lula un vehículo conducido por Andrea Galanakis. Sin embargo, el inefable líder brasileño prefirió regresar a Santiago a bordo del furgón junto a los exmilitantes del MIR, dejando al chofer asignado de vuelta en solitario.

De aquel viaje de regreso quedó una anécdota desopilante. De camino a la capital, las delegaciones del PS y del PT pararon a comer en un restaurante. Milton Lee se sentó al lado de Lula y, a medida que la conversación ganaba confianza, Milton, haciendo gala de su irreverencia, le soltó:

—Lula, en Chile a ti te dirían «cuento corto». —¿Por qué? —preguntó extrañado el brasileño. —Porque acá jugamos con los niños diciendo: «este huevito compró un huevito, este le echó la sal, este lo revolvió…» ¡Y como a ti te falta un dedo, el cuento se te acaba antes!

Lula, sin terminar de descifrar la picardía del humor criollo, se quedó preguntando una y otra vez la lógica tras el chiste.

Horas antes de esa cena, cerca del mediodía y tras los típicos acuerdos de pasillo, Lula había tomado la palabra. Subió al escenario del viejo sindicato minero —testigo mudo de tantas luchas laborales— ante un auditorio a medio llenar. Tenía 45 años, una cercanía magnética y una gesticulación expresiva. A quienes estábamos en primera fila nos impactaba la ausencia de su dedo en una de sus manos, marca indeleble de sus años como obrero en los talleres de San Pablo.

El encuentro no era menor. Significaba el reencuentro de una generación que dejaba atrás las sombras de la clandestinidad para dar la cara al país. Al atardecer vino la infaltable fotografía grupal con la nueva promesa de la política continental.

La toma se realizó justo en el pórtico de acceso al sindicato. Al centro se ve a Lula, sonriente; en primera fila se distingue a Hernán García, Niky Martínez, Mariana Arellano, Ada y Patricia Hoces, flanqueadas por «Chernobyl» y Mario «Hueso» García. En esa misma línea, hacia el margen izquierdo, asoman Mauricio Bugueño y un joven Álvaro Elizalde todavía con abundante cabellera. Curiosamente, en la toma no aparece Fischer. Junto a Lula están Lucho Pérez, el compañero Monsalve de Concepción y, un poco más atrás, Gonzalo Berríos y el recordado Gastón Rosales. Quien escribe estas líneas asoma apenas en el ángulo superior derecho, con el rostro a medias.

Durante años, cuando Lula alcanzó la presidencia de Brasil en 2002, les conté a muchos que el líder del PT había pisado Rancagua a inicios de los 90, pero nadie me creía. La duda persistió hasta que Lucho Pérez me hizo llegar la instantánea (atribuida al lente de Juan Azócar). Tiempo después publiqué una columna en El Mostrador donde la foto vio la luz por primera vez, aunque con un pequeño yerro de fechado: escribí que correspondía a 1993, pero Jorge Arrate, Gonzalo Martner y mi amigo Felipe Carvajal me corrigieron a tiempo: la cita fue, con precisión matemática, en octubre de 1991.

Cierre de jornada

Tras la partida de Lula, ya con la noche encima, nos fuimos a la Plaza de los Héroes a sumarnos a los festejos de la ciudad. Eran los tiempos en que Rodolfo Cortés ejercía aún como alcalde designado. Recuerdo habernos cruzado con Esteban «Teo» Valenzuela, quien ya asomaba como la carta del PPD para el sillón municipal. Repartimos preservativos entre la gente y culminamos la jornada en La Carpa, el legendario bar del querido Ernesto «Negro» Romero, arreglando el mundo y haciendo de la noche un nuevo día.

Así fue el breve, accidentado e histórico paso del actual presidente de Brasil por las calles de nuestra ciudad.

 

Edison Ortiz

 

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