
El regreso de un trepador
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En la repartija realizada de ministros, altos cargos políticos, en la actual administración, incluyendo embajadas, consulados y otras agregadurías, no se encuentra Bartolo Matamoros. Desde luego, un nombre ficticio, que más bien parecer ser el alcalde de un pueblo del Chile profundo. Entre sus conocidos, ufano alega, poseer méritos para haber sido, al menos, embajador en un país del Mar Mediterráneo. “Si, porque desde esa región, mi familia emigró a Chile, en 1910”.
No es sencillo entender las quejas de Bartolo Matamoros y sus diatribas en contra del gobierno. ¿Cuantos otros de reconocido pelaje, donde no hay patipelados, menos aún trepadores sociales, quedaron con los crespos hechos? ¡Qué injusticia en contra de la feligresía! Uno de los beneficiados en esta repartija de la beneficencia estatal, realizada entre gallos y medianoche, se alzó con la embajada de Chile en las Naciones Unida. Se comenta en los pasillos de palacio, que se trataría de un conocido escritor. Él así lo asegura y otros no, y muestra una docena de título de novelas, donde el tufillo a Corín Tellado o Pérez y Pérez, se advierte desde el primer párrafo.
Formado en la cantera de una juventud revolucionaria, viajó a perfeccionarse a Europa y después a Cuba. Logró en breve, escalar posiciones políticas y se convirtió en ejemplo revolucionario. De súbito, desencantado de sus propios ideales, abrazó la docilidad que huele a oportunismo. Se hizo derviche y como un buen creyente, empezó a predicar las bondades del capitalismo salvaje, en este mundo de descreídos.
Sí, a través de sus novelitas rosas. Quien parecía ser un torbellino, simún de El Sahara, ahuecó el ala y se fue a refugiar en los brazos de la oligarquía. Acomodó sus posaderas o tafanarios, en los sillones de los palacios imperiales y sintió el embrujo del cambio. Quizá, siempre anheló ser un prócer, aunque sus apellidos y entorno familiar, representan la tradicional clase media arrinconada. Se despercudió a buena hora, gracias a su talento trepador. Medró en busca de nuevos horizontes y logró embaucar a un presidente de Chile, quien apresurado lo nombró canciller, después de olfatearlo.
Nuestro héroe, es decir el escalador social y profesional, inició su periplo de diplomático. Época, donde escribía a ratos y la influencia de Corín Tellado, le quitaba el sueño. ¿Cómo zafarse del embrujo que le producía la escritora española? Cebollenta o no, subyugaba a generaciones y los hacía soñar. ¿Sabía acaso, nuestro héroe, que detrás de ella había varios escritores que pergeñaban su obra? Al concluir la regencia de don Sebastián Piñera, desapareció de la escena política. Algunos pensaron que se había refugiado a meditar en un país del Asia, en busca de la razón de la vida. De súbito, por arte de magia negra, apareció en el escenario de la política chilena, en tiempos de elecciones, y lo nombraron embajador en Las Naciones Unidas.
¡Qué talento! Exclamará usted, mientras lee esta crónica de avatares, cambios de piel y genuflexiones palaciegas. No agrego más, por prudencia. Artista consumado en el oficio de la metamorfosis, nuestro personaje, llega por fin a Nueva York, cuna del capitalismo salvaje, donde cualquiera se hace rico en una semana. Se deslumbra y piensa que, en esa ciudad, donde todo es posible, encontrará su ideario, modelo de vida, después de buscarlo con perseverancia en los cerros de Valparaíso. Toda una metáfora.
Walter Garib





