
El rápido desgaste de Kast: la caída en las encuestas abre dudas sobre la viabilidad de su proyecto político
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A poco más de dos meses de haber asumido, el Presidente enfrenta una baja acelerada en su aprobación y un aumento de la incertidumbre ciudadana. La velocidad del deterioro comienza a compararse con el inicio del gobierno de Gabriel Boric, aunque con una diferencia central: Kast llegó prometiendo gestión, eficacia y resultados inmediatos.
La caída de José Antonio Kast en las encuestas comienza a transformarse en algo más que un ajuste habitual de instalación. A poco más de 60 días de haber llegado a La Moneda, el Presidente enfrenta un deterioro de apoyo que ya empieza a configurar un problema político de fondo para el oficialismo: la creciente percepción de que las principales promesas de campaña podrían ser más difíciles de cumplir de lo que el propio gobierno anticipó.
La última encuesta Criteria mostró una nueva baja en la aprobación presidencial, que descendió dos puntos y quedó en 36%, mientras la desaprobación se mantiene en 51%. El dato, sin embargo, no se agota en el balance entre respaldo y rechazo. También aumentó el número de personas que declara no saber si aprueba o desaprueba la gestión del Ejecutivo, llegando al 13%.
En términos políticos, ese segmento resulta especialmente relevante. No se trata todavía de un rechazo consolidado, sino de un electorado que comienza a manifestar incertidumbre frente al rumbo del gobierno. Y esa duda aparece en un momento particularmente temprano del mandato.
La comparación con el inicio de Gabriel Boric inevitablemente comenzó a instalarse en el análisis político. El expresidente inició su administración en 2022 con niveles de apoyo cercanos al 50%, pero sufrió un desgaste rápido durante sus primeras semanas, golpeado por problemas de instalación, errores políticos y un escenario económico adverso. Hacia fines de abril de ese año, su aprobación también había descendido al entorno del 36%.
La diferencia es que ambos gobiernos llegaron al poder con promesas completamente distintas.
Mientras Boric asumió proponiendo transformaciones estructurales, cambios institucionales y un programa de reformas de largo plazo, Kast construyó su campaña sobre una lógica opuesta: gestión, orden, seguridad y resultados rápidos. Su principal capital político consistía precisamente en la idea de eficacia. En ofrecer una conducción más ejecutiva y menos ideológica que permitiera resolver problemas concretos de manera inmediata.
Por eso, el deterioro temprano tiene un significado político más delicado para La Moneda.
El problema no parece estar únicamente en los errores propios de cualquier instalación presidencial. Lo que comienza a emerger es algo más profundo: una distancia creciente entre las expectativas generadas durante la campaña y la experiencia cotidiana de los ciudadanos.
En seguridad —la principal bandera del oficialismo— todavía no aparecen resultados capaces de modificar significativamente la percepción pública. En el manejo de la situación de emergencia, un 40% considera que el gobierno ha actuado incorrectamente y un 37% cree que el camino tomado ha sido adecuado. La diferencia es estrecha, pero revela un escenario lejos del consenso que el Ejecutivo esperaba consolidar en una de sus áreas prioritarias.
En economía ocurre algo similar. Aunque el 54% de los encuestados todavía cree que el gobierno es capaz de hacer crecer la economía y un 50% considera que puede entregar estabilidad al país, las dudas comienzan a crecer respecto de cómo se distribuirán esos beneficios.
El proyecto de Reconstrucción y Desarrollo Económico —la principal iniciativa legislativa impulsada por el Ejecutivo— obtiene un respaldo de apenas 37%, mientras un 30% se declara abiertamente en contra. Pero el dato más significativo probablemente es otro: un 46% considera que la iniciativa favorece principalmente a grandes empresas y personas de mayores ingresos, mientras solo un 35% cree que apunta efectivamente a la creación de empleo para la población general.
Ese cambio de percepción resulta especialmente sensible para un gobierno que llegó prometiendo reactivación económica con impacto directo sobre las familias y el empleo.
Las cifras también muestran una tensión interesante en la imagen presidencial. Kast conserva atributos personales fuertes: un 56% lo considera trabajador, un 53% cree que es directo y frontal y un 50% lo define como competente. Pero sus debilidades aparecen justamente en dimensiones vinculadas a la cercanía social. Solo un 34% lo percibe cercano a la gente y apenas un 37% estima que es sensible frente a los problemas de las personas.
En otras palabras, el Presidente todavía mantiene una imagen de autoridad y liderazgo, pero comienza a enfrentar dificultades para construir identificación emocional con sectores más amplios de la ciudadanía.
El desgaste también empieza a trasladarse al gabinete. La vocera Mara Senidi aparece como la ministra peor evaluada, seguida por Ximena Rincón en Energía y Jorge Quiroz en Hacienda. Aunque el gobierno todavía conserva espacio político para recomponer su instalación, las cifras reflejan problemas de coordinación y comunicación en áreas estratégicas.
La principal señal de alerta para el oficialismo no parece estar únicamente en la caída de apoyo, sino en la velocidad con que esa caída ocurrió. Porque Kast llegó al poder precisamente ofreciendo aquello que hoy comienza a ponerse en cuestión: capacidad de ejecución inmediata, claridad de rumbo y soluciones concretas.
Y cuando un gobierno construido sobre la promesa de eficacia comienza tan temprano a enfrentar dudas sobre su capacidad real para cumplir lo prometido, el desgaste deja de ser solo un problema comunicacional y empieza a convertirse en un problema político estructural.





