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Chile y un medio ambiente amenazado: de la ranita a la historia

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Una parte de nuestro territorio ha sufrido ya un histórico colapso ecológico. Se trata de Isla de Pascua. La historia de este archipiélago es reproducida como una de las más categóricas fallas de los seres humanos en lo relativo al manejo de sus recursos ambientales y naturales, a lo largo y ancho del Planeta. 

Comparte ese triste pedestal con experiencias como los de Haití, los Mayas, Groenlandia (de hace 500 años), Ruanda, parte de Australia, los Anasazi y cahokia (dentro de la actual frontera de EE.UU.), los pueblos de la cultura Moche y Tiahuanaco en Sudamérica; Zimbabwe y Meroe en Africa; las ciudades de Harappa en el valle del Indo, en Asia. 

En la geografía continental ya presentamos “zonas de sacrificio”, como es Quintero, con cientos de personas seriamente afectadas en cada peak de contaminación, producida por más de 19 empresas diversas, como refinería de hidrocarburo, termoeléctrica, terminales de combustibles, procesadoras,  etc. 

La contaminación de lagos como el Villarrica y el lago Vichuquén, invadidos por algas (eutrofización) ocasionados por desechos orgánicos sin procesar, vertidos químicos agrícolas e industriales, que van matando la fauna y flora autóctona, tanto por la toxicidad de sustancias vertidas como por la pérdida de niveles de oxígeno necesario para el desarrollo de la vida. 




Otro tanto sucede con los ríos, dónde los desechos  de la industria maderera y de los pesticidas en las faenas agrícolas, ocasionan contaminación de las aguas y del aire, como ha acontecido en la región de Los Ríos (río Cruces, dónde la planta de celulosa ARAUCO, vertió  químicos que liquidaron al luchecillo y mataron una cantidad enorme de cisnes de cuello negro en el santuario Carlos Anwandter). 

Estudios de seguimiento realizados por la Universidad Austral, han determinado que el humedal sigue siendo contaminado por un lento y silencioso flujo de químicos. 

El río Mataquito, en la región del Maule, también fue contaminado por la planta de celulosa Licantén, con muerte masiva de peces, aves acuáticas y otra diversidad de fauna residente. 

A su vez, los ríos y lagos contaminados van a vaciar esos contaminantes al mar, generando problemas serios en cuencas y zonas de escaso o lento flujo hídrico, como ha sucedido en la bahía de Mejillones, Quintero, Puchuncaví y Chañaral. 

Los cultivos industriales del salmón vienen generando daño ambiental en zonas de mar y en desembocaduras de ríos, también en zonas protegidas o en sus proximidades. 

Los residuos de esta industria alteran el fondo o lecho de mar y ríos o lagunas, además de generar un balance de contagio con químicos y antibióticos en los peces nativos. Los costes de engorde de dicha producción salmonera, en lo que respecta a la captura de otras especies que se convierten en alimentos, como el jurel y el krill, representan un balance no muy favorable al ecosistema total. 

Nuestro océano viene siendo afectado también por la sobre explotación de su fauna, por la pesca industrial, que ya tiene al límite de su extinción a varias especies de peces y mariscos, lo que refuerza el efecto dañino, antes mencionado, debido a la contaminación por desechos orgánicos y químicos, en un 99% de causalidad humana. La corriente polar nos salva del efecto nocivo que produce el calentamiento de las aguas oceánicas, pero la cada vez mayor agresividad de las corrientes del “Niño”, ya se deja sentir en las costas de Chile, todo ello por el cambio climático, también en gran parte de origen antropogénico. 

Las disputas por las cuotas de pesca entre los artesanales y los industriales, es un signo de la escasez crónica de los recursos del mar. Las restricciones locales no permiten aumentar la fauna marina, sino apenas evitar su extinción. Estas políticas son burladas de varias formas y atropelladas por los buques factorías extranjeros que incursionan en nuestras costas y que con métodos de succión de largo alcance, se apropian de nuestros escasos recursos. 

Somos un país minero, por excelencia. Está actividad extractiva ya nos va dejando secuelas enormes en nuestro ambiente. Cerca de 800 relaves se ubican en el territorio, y se concentran en un 80% entre las regiones centro norte del país. Gruesa parte de ellas están sin actividad, pero quedan como legado tóxico que los habitantes de esas regiones no cesan de enrostrar a las autoridades, ya que se presenta contaminación tanto de los ríos y vertientes en superficie, como de las capas subterráneas, todas contaminadas con metales pesados y elementos químicos altamente peligrosos. Las aguas se convierten en no apta para el consumo humano ni animal, pero también las aguas de riego contaminan los alimentos, con lo que se cierra un amplio círculo de actividades humanas damnificadas como consecuencia del lastre de la actividad minera.  

Las minas que ya cerraron sus actividades no se hacen responsables de las normativas de cierre y saneamiento, por tanto este pasivo ambiental (que de pasivo no tiene nada) deberá ser asumido, para su resolución, por las comunidades locales y el Estado. Los costos de estos saneamientos son tan inabordables, que en el fondo vienen a constituir en buen negocio privado y un muy mal negocio país. Como se dice popularmente, “cambiamos pan por charqui”. 

Al margen de contaminar las aguas de ciudades tan grandes como Antofagasta (ahora se abastece por desalinización de agua del mar, lo que eleva los costos), también la minería ha hecho desaparecer recursos hídricos en comunidades cordilleranas, afectando su sobrevivencia. También liquidando reservas naturales únicas, como son las lagunas altiplánicas. 

La contaminación del aire en ciudades como Santiago, Temuco y otras ciudades del sur, producto de la quema de leña, polución industrial y del carbón en termoeléctricas, al que se agrega la carga automotriz y sus componentes microparticulados de efecto invernadero y sobre la salud de los chilenos. 

La pérdida de masa vegetal nativa (bosque nativo), viene a representar otro de los grandes flagelos que el hombre viene ocasionando a nuestra naturaleza. 

De hecho, Chile ha perdido más de medio millón de hectáreas de bosque nativo en las dos últimas décadas, ya sea por incendios o sustitución de bosque por monocultivo de pinos y eucaliptus, también por emplazamientos urbanos. 

Los glaciares también vienen en retroceso por más de 410 mil hectáreas, claro que esto sucede al margen de la actividad humana , pero si corresponden al efecto invernadero. 

Cómo podemos ver, tenemos muchas áreas sensibles en términos medioambientales, de hecho somos uno de los países más vulnerable al cambio climático, tanto por los incendios, las sequías prolongadas, las inundaciones,  alteraciones del mar y el efecto sobre su biodiversidad. 

La experiencia de los países que han deteriorado su MEDIOAMBIENTE a niveles extremos, nos dice que el costo que impone su recuperación medioambiental es tan enorme, que los países con escasos recursos, prefieren dejar las cosas tal como están. 

Solo a modo de ejemplo, a EE.UU. de Norteamérica le ha costado la limpieza del rio Cuyahoga ( Ohio) alrededor de 2 mil millones de dólares; el rio Duwamish ( Seattle) otros 680 millones de dólares; el rio Tijuana 700 millones de dólares; el río Fox inferior 1000 millones de dólares. 

Alemania ha gastado, en 20 años, más de 50 mil millones de euros en limpiar el rio Rhin, que estaba convertido en una cloaca biológicamente tóxica. 

El rio Emscher, que llegó a ser el rio más sucio del mundo, costó 30 años limpiarlo con un costo de 5.500 millones de euros. 

Jared Diamond, en su libro  “Colapso”, nos advierte: 

“Pero la contaminación en EE.UU. o Europa es moderada si la comparamos con lo que acontece en Rusia, y en el caso de muchas minas del Tercer Mundo, en cuyos costes de limpieza nadie siquiera se atreve a pensar”. 

(2006, cuarta edición, España). 

La ranita y los huesitos. 

Las actuales autoridades, en su neurosis por recuperar el “creciento”, vienen planteando la necesidad de deshacer toda esa legislación que- según ellos- retrasa, coarta e impide la inversión económica. 

Puede ser verdad que se dan demoras en ciertos trámites, y es lógico que se busque formas de agilizarlos, eso no se discute, pues a las burocracias habitualmente se les debe chicotear para que no se apoltronen. Pero también es cierto que a los empresarios se les debe poner resguardos y límites para que no dañen en sus afanes de obtener el máximo lucro. 

Lo que no es razonable, es el que pretendan botar la batea de agua turbia junto con toda la legislación medioambiental, legislación que da cuenta de muchos daños y muchas pérdidas naturales y muchos perjuicios sociales y medioambientales, que carga en sus espaldas muchas luchas valientes de ciudadanos conscientes y amantes de nuestro territorio, nuestro paisaje y nuestra cultura patrimonial. 

Y ese es el peligro del presente: NO SE TRATA DE UNA RANITA… ES LA HISTORIA, ESTUPIDO. 

 

Hugo Latorre Fuenzalida



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Hugo Latorre Fuenzalida

Cientista social

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