
Cuando también retroceden los privilegiados: la inquietante señal que deja PISA sobre la educación
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La nueva prueba PISA muestra un deterioro generalizado de los aprendizajes en los países de la OCDE, pero contiene un dato que obliga a revisar algunas explicaciones tradicionales sobre la crisis educativa: en Lectura y Matemática, los estudiantes de sectores acomodados están retrocediendo mucho más rápidamente que los desfavorecidos. Chile presenta una trayectoria diferente y México otra aún más marcada. La desigualdad sigue condicionando fuertemente los resultados, pero ya no basta para explicar por qué los jóvenes están aprendiendo menos. Pantallas, pérdida de lectura, fragmentación de la atención y cambios en la vida familiar aparecen entre las pistas de un problema que parece atravesar clases sociales y sistemas educativos.
Durante décadas, una de las explicaciones más sólidas sobre las desigualdades educativas ha sido también una de las más evidentes: los hijos de las familias con mayores ingresos disponen de mejores escuelas, libros, espacios para estudiar, padres con mayor nivel educacional y recursos para compensar las deficiencias del sistema. Los pobres parten varios metros más atrás en una carrera que nunca ha tenido una línea de salida común.
PISA 2025 no desmiente esa realidad. Los estudiantes de mayores recursos continúan obteniendo resultados considerablemente superiores a los de los sectores desfavorecidos. Pero la evaluación internacional publicada esta semana por la OCDE introduce un fenómeno desconcertante: los estudiantes privilegiados también están retrocediendo y, en buena parte de los países desarrollados, lo hacen considerablemente más rápido que los pobres.
La diferencia es especialmente pronunciada en Lectura. Entre 2022 y 2025, los estudiantes pertenecientes al 25% socioeconómicamente más favorecido de los países de la OCDE perdieron, en promedio, 20 puntos, mientras los del 25% inferior cayeron cuatro.
En Matemática ocurrió algo semejante: los alumnos aventajados perdieron 14 puntos, mientras la variación entre los desfavorecidos no fue estadísticamente significativa. Incluso en Ciencias, donde el deterioro fue menor, los primeros cayeron ocho puntos y los segundos permanecieron aproximadamente estables.
El resultado produce una paradoja. La brecha educativa entre ricos y pobres está disminuyendo en numerosos países, pero no necesariamente porque quienes estaban abajo estén alcanzando a quienes estaban arriba. En muchos casos son quienes estaban arriba los que están descendiendo.
Igualdad por nivelación hacia abajo
En Lectura, la brecha socioeconómica disminuyó entre 2022 y 2025 en 37 países y economías participantes en PISA. En 28 de ellos, la OCDE identifica la caída de los estudiantes aventajados como probable causa principal del acercamiento.
En Matemática sucedió algo parecido. La diferencia disminuyó en 29 sistemas educativos y en 22 de ellos retrocedieron los estudiantes de mayores recursos. También disminuyó el número de alumnos privilegiados que alcanzan los niveles de excelencia: en Lectura ocurrió en 32 países y economías y en Matemática en 18.
España es un ejemplo particularmente claro. Allí la diferencia entre los cuartiles socioeconómicos superior e inferior es de 71 puntos en Ciencias, inferior incluso a los 85 puntos promedio de la OCDE. Pero durante la última década esa brecha se redujo porque el rendimiento de los estudiantes favorecidos cayó más que el de los desfavorecidos.
Una sociedad puede, por tanto, presentar una educación estadísticamente menos desigual mientras empeora su educación.
No es un detalle menor. Durante mucho tiempo, disminuir las brechas fue considerado —con razón— uno de los principales objetivos de las políticas educativas. PISA introduce ahora una distinción fundamental: hay una enorme diferencia entre cerrar una brecha elevando a quienes están abajo y cerrarla porque quienes estaban arriba comienzan a caer.
Chile no es España
La comparación resulta especialmente interesante para Chile porque obliga a evitar interpretaciones importadas mecánicamente desde Europa.
Los estudiantes chilenos también retrocedieron. PISA 2025 muestra resultados inferiores a 2022 en Matemática y Lectura, mientras Ciencias se mantiene aproximadamente estable. Y cuando la comparación se extiende hasta 2015, aumenta en diez puntos porcentuales la proporción de alumnos que no alcanza el nivel mínimo tanto en Matemática como en Lectura.
Pero en Chile no se reproduce exactamente el fenómeno español.
En Ciencias, área central de PISA 2025 y para la cual la OCDE proporciona la comparación socioeconómica de largo plazo más clara, los alumnos pertenecientes al 25% más favorecido superan en 76 puntos a los del cuarto inferior. La diferencia sigue siendo enorme, aunque algo inferior a los 85 puntos promedio de la OCDE.
Durante la década 2015-2025, sin embargo, esa distancia se redujo de una manera diferente a España: los estudiantes chilenos desfavorecidos mejoraron mientras los más favorecidos permanecieron aproximadamente estables.
Aquí sí existe, al menos en Ciencias, una nivelación parcialmente hacia arriba.
El problema aparece cuando observamos el conjunto. Solo el 41% de los jóvenes chilenos alcanza el nivel mínimo establecido por PISA en Matemática y prácticamente ninguno llega a los niveles superiores 5 y 6. En Lectura, el 62% alcanza las competencias básicas y apenas un 2% llega a los niveles de excelencia.
Chile puede haber reducido parcialmente algunas desigualdades y, simultáneamente, estar produciendo aprendizajes insuficientes para una proporción enorme de sus estudiantes.
México: una igualdad todavía más engañosa
México lleva esta paradoja mucho más lejos.
La distancia socioeconómica entre el cuarto superior y el inferior alcanza apenas 68 puntos en Ciencias. Es menor que los 76 de Chile y considerablemente inferior a los 85 de la OCDE. Pero sería absurdo concluir que la educación mexicana funciona mejor.
Solo el 30% de los estudiantes mexicanos alcanza el nivel mínimo en Matemática. En Lectura lo consigue la mitad. Prácticamente no existen alumnos mexicanos en los niveles superiores de desempeño de Matemática, Lectura o Ciencias. Desde 2015, además, la proporción de estudiantes con rendimiento insuficiente aumentó 13 puntos porcentuales en Matemática y ocho en Lectura.
En Ciencias, la brecha socioeconómica mexicana se ha mantenido básicamente estable: la OCDE registra 418 puntos para el grupo favorecido y 369 para el grupo desfavorecido en la comparación internacional que presenta en su resumen.
México muestra así el límite de utilizar la brecha como medida aislada del éxito educativo. Una sociedad puede ser relativamente igualitaria en sus malos resultados.
La conclusión resulta incómoda tanto para quienes reducen la crisis educativa a la desigualdad como para quienes creen que basta con mejorar determinados indicadores de equidad. La desigualdad importa enormemente, pero igualdad y calidad son dimensiones relacionadas, no sinónimos.
Algo está ocurriendo más allá de la pobreza
Aquí aparece probablemente la pregunta más interesante de PISA 2025.
Si el deterioro se concentrara exclusivamente entre los estudiantes pobres, sería posible buscar sus causas fundamentalmente en la precariedad material, las desigualdades escolares o la falta de capital cultural. Pero cuando los jóvenes que disponen de mayores recursos económicos y educativos también comienzan a perder capacidades —y en muchos países lo hacen más rápidamente— hay que ampliar la mirada.
Algo parece estar atravesando las fronteras sociales.
Y PISA ofrece algunas pistas.
Entre 2015 y 2025, el promedio de Lectura de los países de la OCDE cayó 28 puntos, lo que la organización estima equivalente aproximadamente a un año y medio de aprendizaje. Matemática disminuyó 22 puntos, algo más de un año escolar.
No estamos, por tanto, ante pequeñas oscilaciones estadísticas.
La caída en Lectura resulta particularmente inquietante porque coincide con una transformación profunda de la relación de los adolescentes con el texto escrito.
El secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, señaló al presentar los resultados que más tiempo frente a las pantallas y menos lectura por placer han ido acompañados de peores resultados. También llamó la atención sobre una lectura más apresurada: estudiantes que recorren rápidamente un texto y responden antes de haberlo comprendido.
Es difícil no reconocer allí hábitos que exceden ampliamente las aulas.
La economía de la atención entra en la escuela
Un adolescente actual vive rodeado por dispositivos y plataformas construidos para capturar y retener su atención. Notificaciones, videos breves, desplazamiento infinito de contenidos, mensajes simultáneos y estímulos permanentes compiten con una actividad que requiere exactamente lo contrario: permanecer durante un período prolongado frente a un problema, un argumento o un texto.
PISA encuentra asociaciones preocupantes.
Los estudiantes de la OCDE declaran utilizar dispositivos digitales para ocio unas 3,4 horas por día de semana, además de aproximadamente otras tres horas relacionadas con actividades educativas. El uso moderado de tecnología con fines pedagógicos se relaciona con mejores resultados; el problema aparece con el exceso y, particularmente, con el uso recreativo durante la jornada escolar.
En más de dos tercios de los sistemas estudiados, una mayor distracción durante las clases de Ciencias está asociada con peores resultados. La propia OCDE menciona los costos cognitivos de la atención dividida: las interrupciones y estímulos que compiten entre sí dificultan seguir una explicación, retener información y razonar.
Pero sería precipitado transformar esa correlación en una explicación única.
PISA encuentra también diferencias importantes entre países. El efecto depende de para qué se utiliza la tecnología, cuánto tiempo, en qué contexto y con qué orientación pedagógica. El mismo dispositivo puede servir para investigar un problema o para abandonar mentalmente una clase.
La OCDE tampoco recomienda simplemente expulsar la tecnología de la educación. Advierte, más bien, que esta y la inteligencia artificial pueden fortalecer el aprendizaje si tienen un propósito pedagógico y no sustituyen la atención, el esfuerzo y la comprensión.
La inteligencia artificial abre otra incógnita
PISA 2025 alcanza además a una generación para la cual la inteligencia artificial comienza a formar parte de la experiencia educativa.
Casi la mitad de los estudiantes evaluados declara utilizar regularmente chatbots de IA para aprender. Pero quienes los emplean para redactar trabajos, resumir textos o investigar presentan, en promedio, resultados inferiores en Ciencias. La diferencia puede aproximarse a 20 puntos en determinados usos.
Nuevamente, correlación no significa causalidad. Puede ocurrir que estudiantes con mayores dificultades recurran más frecuentemente a estas herramientas.
Pero la pregunta educativa es inevitable.
¿Qué ocurre cuando una tecnología permite obtener el resumen sin leer el texto, resolver el ejercicio sin recorrer el razonamiento o producir una respuesta escrita sin atravesar el esfuerzo intelectual necesario para construirla?
La cuestión no es moral ni tecnológica. Es cognitiva.
Las sociedades contemporáneas han desarrollado herramientas extraordinarias para ahorrar esfuerzo mental justamente cuando la educación necesita enseñar a los jóvenes a realizarlo.
Los ricos también están expuestos
Desde esta perspectiva, deja de resultar tan sorprendente que los estudiantes acomodados retrocedan.
El dinero protege contra muchas formas de desigualdad. Puede comprar una mejor escuela, clases particulares, computadores, libros, viajes, idiomas y espacios adecuados para estudiar.
Pero no compra automáticamente atención.
Tampoco inmuniza frente a un ecosistema digital diseñado para interrumpirla.
De hecho, si algunos de los factores detrás del deterioro son la reducción de la lectura prolongada, la fragmentación de la atención, el uso intensivo de redes sociales o la delegación creciente de tareas cognitivas en dispositivos y algoritmos, estamos ante fenómenos que atraviesan las clases sociales y que pueden afectar intensamente a jóvenes con amplio acceso tecnológico.
Esto no significa que la pobreza haya dejado de importar. Todo lo contrario: PISA 2025 confirma que el origen socioeconómico continúa siendo un poderoso predictor del desempeño. En Ciencias, los alumnos favorecidos de la OCDE aventajan en promedio en 85 puntos a los desfavorecidos.
La novedad es otra: tener todas las ventajas tradicionales ya no garantiza escapar del deterioro.
Una crisis que obliga a revisar las preguntas
Durante décadas, Chile ha discutido educación alrededor de cuestiones fundamentales: segregación, financiamiento, selección, educación pública, condiciones laborales docentes, acceso a la universidad y desigualdad.
Nada de eso ha perdido relevancia.
Pero PISA 2025 sugiere que quizá se ha agregado otra dimensión que todavía no ocupa un lugar equivalente en el debate: qué está ocurriendo con las condiciones culturales y cognitivas necesarias para aprender.
No basta con estar escolarizado. Tampoco basta con tener un computador, acceso a internet o incluso un buen profesor.
Aprender exige concentración, memoria, lectura, perseverancia, curiosidad y capacidad para permanecer frente a una dificultad sin recibir inmediatamente una recompensa.
Son precisamente capacidades que chocan con una cultura digital organizada alrededor de la velocidad, la interrupción y la gratificación instantánea.
La expansión de las prohibiciones de teléfonos dentro de las escuelas ofrece una señal de que los propios sistemas educativos comienzan a reconocer el problema. En 2022, el 34% de los estudiantes de la OCDE asistía a establecimientos donde los celulares estaban prohibidos. En 2025 la proporción se aproxima ya a la mitad. Los alumnos de esas escuelas reportan menores niveles de distracción digital, aunque eso tampoco demuestra por sí solo que la prohibición mejore los aprendizajes.
PISA no entrega todavía una respuesta definitiva. Y probablemente sería un error buscar una sola.
Pero deja una advertencia extraordinariamente poderosa. Cuando los estudiantes pobres siguen rezagados y, al mismo tiempo, los privilegiados comienzan a caer, la crisis ya no puede explicarse solamente por quién tiene más y quién tiene menos.
Tal vez haya que comenzar a preguntarse también qué estamos haciendo con la atención de los jóvenes, cuánto leen, cómo leen, cuánto tiempo pueden concentrarse, qué tareas intelectuales estamos entregando a las máquinas y qué entendemos hoy por aprender.
Porque una sociedad puede repartir de manera más equitativa sus oportunidades educativas y, sin embargo, terminar repartiendo también de manera más equitativa un aprendizaje cada vez más pobre.

Felipe Portales says:
Sin duda que las desigualdades sociales se reflejan mucho en la educación; y ello -en países como Chile con tanta desigualdad- tiene pésimas consecuencias. Esto, en definitiva, nos habla ¡una vez más! de la necesidad de sustituir el «modelo chileno». Pero además -como ha sido señalado por los expertos- es claro que la absurda permisividad en los sistemas escolares del mundo respecto del uso de celulares está «pasando la cuenta». ¡Cómo se llegó a tamaña torpeza! Es obvio que las nuevas tecnologías no están hechas para la escuela, tanto porque impiden realmente aprender a pensar y calcular; como por la distracción que conlleva su uso. ¡Habría sido como si en décadas pasadas se hubiese autorizado que los alumnos llevaran a los liceos o colegios radios a pila, calculadoras o equipos electrónicos musicales!