Corrientes Culturales

Patricio Guzmán, el cineasta que filmó la historia para que Chile no pudiera olvidarla

Tiempo de lectura aprox: 5 minutos, 51 segundos

El autor de La batalla de Chile murió este martes en París a los 85 años. Durante más de medio siglo convirtió el golpe de Estado, la dictadura, el exilio, los desaparecidos y las persistencias de la memoria en una obra cinematográfica reconocida mundialmente. Su muerte, apenas cuatro días después de un nuevo aniversario del 11 de septiembre, vuelve a colocar ante Chile aquello que su cine sostuvo obstinadamente: el pasado puede ser silenciado, pero no borrado.

Patricio Guzmán murió este martes 15 de septiembre en París, a los 85 años. Un paro cardiorrespiratorio terminó con la vida de uno de los grandes documentalistas latinoamericanos y del cineasta que probablemente construyó el registro audiovisual más persistente de la historia política chilena del último medio siglo.

Murió lejos de Chile, como transcurrió buena parte de su vida. Pero resulta difícil encontrar otro realizador cuya obra haya permanecido tan obsesivamente ligada al país que dejó después del golpe de Estado de 1973.

Guzmán filmó Chile cuando la historia todavía estaba ocurriendo. Después pasó medio siglo preguntándose qué había quedado de ella.




Ese recorrido comenzó mucho antes de que la memoria se convirtiera en una política pública, una categoría académica o un terreno permanente de disputa política. Comenzó con una cámara de 16 milímetros en las calles de Santiago.

Filmar antes de que todo desapareciera

Guzmán había nacido en Santiago en 1941 y estudiado cine en Madrid. Regresó a Chile cuando comenzaba el gobierno de Salvador Allende y encontró un país extraordinariamente movilizado. Las fábricas, las poblaciones, las concentraciones, los sindicatos, los partidos y las discusiones callejeras desplazaron rápidamente sus proyectos de ficción.

De allí surgió El primer año, estrenado en 1972, dedicado a los primeros doce meses del gobierno de la Unidad Popular. Pero la aceleración de los acontecimientos le hizo comprender que frente a su cámara se estaba desarrollando un proceso histórico que debía ser registrado.

A comienzos de 1973 reunió un pequeño equipo. Jorge Müller quedó a cargo de la cámara y fotografía; Bernardo Menz, del sonido; Federico Elton, de la producción, y José Bartolomé fue asistente de dirección. Pedro Chaskel sería después una figura fundamental en el montaje.

Tenían voluntad y urgencia, pero les faltaba algo elemental: película.

El cineasta francés Chris Marker ayudó a conseguir el material virgen necesario para continuar filmando. Y el equipo salió a registrar un país que avanzaba aceleradamente hacia el quiebre: elecciones, huelgas, concentraciones, discusiones políticas, fábricas, cordones industriales, el Tanquetazo, las calles y finalmente el golpe.

No estaban reconstruyendo la historia.

Estaban dentro de ella.

De aquellas imágenes surgiría posteriormente La batalla de Chile: la lucha de un pueblo sin armas, dividida en tres partes: La insurrección de la burguesía, El golpe de Estado y El poder popular. La trilogía se transformaría en una de las obras fundamentales del documental político latinoamericano y alcanzaría una circulación internacional que el cine documental chileno pocas veces había conocido.

Pero detrás de esas imágenes hay también una tragedia.

Después del golpe, Guzmán fue detenido y llevado al Estadio Nacional. Permaneció cerca de dos semanas incomunicado antes de recuperar la libertad y partir al exilio. El material filmado debía también salir de Chile. Los negativos fueron finalmente sacados del país y terminaron en Cuba, donde Guzmán y Pedro Chaskel emprendieron el montaje de la trilogía.

Jorge Müller, el hombre que había sostenido la cámara y registrado muchas de aquellas imágenes, no pudo salir.

La DINA lo detuvo junto a su compañera, la actriz y cineasta Carmen Bueno, el 29 de noviembre de 1974. Ambos fueron hechos desaparecer.

Cada vez que volvemos a mirar La batalla de Chile estamos mirando también a través de los ojos de un detenido desaparecido.

Del registro de la historia a la memoria

Guzmán pudo haber quedado para siempre identificado con aquella obra monumental. No ocurrió.

Su cine fue cambiando junto con él.

Si durante la Unidad Popular había intentado registrar los acontecimientos antes de que desaparecieran, con los años comenzó a preguntarse qué ocurría cuando un país intentaba convivir con aquello que había sucedido.

En Chile, la memoria obstinada, estrenada en 1997, regresó a los protagonistas y a las imágenes de La batalla de Chile. Mostró aquellas secuencias a jóvenes que no habían vivido el golpe y buscó a hombres y mujeres que aparecían en sus películas veinte años antes.

La pregunta ya era otra.

No qué ocurrió, sino qué hacemos con lo que ocurrió.

Esa interrogación atravesaría desde entonces casi toda su obra.

En El caso Pinochet siguió el proceso judicial abierto contra el dictador después de su detención en Londres. En Salvador Allende volvió sobre el presidente cuya experiencia política había acompañado el nacimiento de su propio cine. En En nombre de Dios había registrado anteriormente la resistencia de sectores de la Iglesia y los organismos de derechos humanos durante la dictadura.

Pero sería durante las décadas siguientes cuando Guzmán desarrollaría una de las dimensiones más singulares de su cinematografía.

La memoria dejó de estar solamente en las personas y comenzó a aparecer también en el territorio.

El desierto, el agua y la cordillera

En Nostalgia de la luz, de 2010, Guzmán llevó su cámara al desierto de Atacama.

Allí los astrónomos observan el cielo buscando señales procedentes de un pasado ocurrido hace millones de años. A pocos kilómetros, mujeres familiares de detenidos desaparecidos continúan caminando por el desierto buscando diminutos restos humanos de quienes fueron asesinados por la dictadura.

El pasado cósmico y el pasado político aparecen sobre un mismo territorio.

En El botón de nácar, de 2015, el agua y la Patagonia le permitieron conectar el exterminio y despojo de los pueblos originarios con la violencia política del siglo XX. La película recibió el Oso de Plata al mejor guion en el Festival de Berlín.

Después llegó La cordillera de los sueños, en 2019. Los Andes, esa enorme presencia geográfica que acompaña silenciosamente a Santiago, se transformaron en otro testigo de la historia. La película recibió el Ojo de Oro en Cannes y posteriormente el Goya a mejor película iberoamericana.

Desierto, océano, cordillera.

Guzmán terminó construyendo una geografía de la memoria.

Porque para su cine la memoria no estaba encerrada únicamente en archivos, monumentos o testimonios. También estaba inscrita en el paisaje.

El territorio recuerda.

Y esa intuición adquiere hoy una particular fuerza en Chile, donde las huellas de la dictadura permanecen repartidas por todo el país: centros de detención, lugares de ejecución, antiguas cárceles, regimientos, comisarías, caminos, ríos, minas, quebradas y sitios donde todavía se buscan cuerpos.

Volver a encontrar un país

Su última película, Mi país imaginario, estrenada en 2022, llevó nuevamente a Guzmán hacia las calles.

Habían transcurrido casi cincuenta años desde aquellas imágenes de trabajadores, estudiantes y pobladores que llenaban Santiago durante la Unidad Popular. Ahora eran otros jóvenes quienes ocupaban la ciudad durante el estallido social iniciado en octubre de 2019.

Guzmán, ya octogenario, volvió a encontrarse con algo que conocía bien: la historia desarrollándose frente a una cámara.

No era el Chile de 1970 ni podía serlo. Tampoco pretendió que lo fuera. Pero aquel movimiento social le permitió volver a preguntarse por las posibilidades de transformación de un país al que había observado desde la distancia durante buena parte de su vida.

Fue su último largometraje.

Reconocido afuera, tardíamente reconocido en Chile

Durante décadas existió una paradoja difícil de ignorar.

Mientras Guzmán acumulaba reconocimientos en festivales internacionales y sus películas eran estudiadas y exhibidas en Europa y otras partes del mundo, su obra tuvo una presencia mucho más limitada en Chile. Él mismo habló en distintas oportunidades de esa distancia y de la dificultad del país para enfrentarse a su propia historia.

En 1997 fundó el Festival Internacional de Documentales de Santiago, FIDOCS, que terminaría convirtiéndose en un espacio decisivo para nuevas generaciones de documentalistas. En 2013 entregó parte importante de su obra a la Cineteca Nacional.

Solo en 2023, cuando tenía 82 años, Chile le otorgó el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales.

Para entonces el reconocimiento internacional llevaba décadas acumulándose.

Tras conocerse su muerte, el cineasta Miguel Littín, compañero de generación y amigo de Guzmán, expresó su profunda tristeza y destacó una trayectoria marcada por el compromiso con Chile y por la experiencia común de una generación atravesada por el golpe y el exilio.

Morir en septiembre

Hay algo inevitablemente simbólico en la fecha.

Patricio Guzmán murió el 15 de septiembre de 2026, apenas cuatro días después del 53º aniversario del golpe de Estado que atravesó su vida y su obra.

Y murió cuando Chile vuelve a discutir intensamente sobre su memoria.

Este 11 de septiembre fue el primero desde el retorno a la democracia sin una conmemoración oficial organizada por el gobierno. Al mismo tiempo, permanece abierta la controversia sobre las solicitudes de indulto presentadas por más de un centenar de condenados, muchas de ellas relacionadas con hechos ocurridos durante la dictadura.

Son discusiones políticas del presente y seguirán teniendo sus propios desarrollos.

La obra de Guzmán pertenece a otro tiempo histórico y, precisamente por eso, plantea un problema más profundo.

Un gobierno puede decidir no realizar una ceremonia.

Un sector político puede intentar reinterpretar el pasado.

Una generación puede cansarse de escucharlo.

Pero las imágenes permanecen.

Allí siguen los trabajadores entrando a las fábricas. Las mujeres haciendo filas. Los discursos de Allende. Los camioneros en huelga. Los militares avanzando. Los pobladores organizándose. El humo sobre La Moneda. Las discusiones en los cordones industriales. Los rostros de quienes creían que estaban construyendo un país diferente.

Y detrás de muchas de esas imágenes continúa estando Jorge Müller, desaparecido desde 1974.

Quizás esa sea finalmente la dimensión política más poderosa del trabajo que Patricio Guzmán dejó a Chile.

No dijo simplemente que había que recordar.

Conservó aquello que podía ser olvidado.

Durante más de medio siglo volvió sobre esas imágenes, interrogándolas desde el exilio, desde el desierto, desde el océano, desde la cordillera y finalmente desde las calles de un país que seguía cambiando.

Patricio Guzmán murió en París.

Pero dejó algo mucho más difícil de hacer desaparecer: las imágenes con las que Chile puede volver a mirar su propia historia.

 

 

Autor



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Proceso en España a los crímenes de la dictadura

 Proceso judicial y antecedentes del caso Pinochet

Historia y litigio por la confiscación de El Clarín

 Entrevistas, escritos y discursos de Salvador Allende

 Fondos recuperados del caso Riggs destinados a víctimas de la dictadura

El Clarín de Chile · Aviso legal Privacidad Política de cookies
Danzai Software