
Libro reciente explica cómo Alemania en 1933 se rindió al nazismo en seis meses
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Johann Chapoutot, historiador francés especializado en el nazismo, publicó el 10 de septiembre en Gallimard “La Bascule. Allemagne, 1933” (El Vuelco. Alemania 1933), continuación directa de “Les Irresponsables” (2025).
Chapoutot es un intelectual riguroso tanto en lo conceptual como en lo analítico: no cae en generalizaciones fáciles, sino que contextualiza cada afirmación en fuentes precisas, e interpela el pasado a partir del presente, sin por ello forzar la historia a calzar en una tesis previa. Si aquel libro explicaba quién entregó el poder a Hitler, este explica qué hicieron los nazis con él.
El recorte temporal es preciso: del 30 de enero al 14 de julio de 1933, día del último Consejo de Ministros antes del receso estival. La tesis central desmonta el propio vocabulario nazi. Chapoutot rechaza la expresión «toma del poder» porque los nazis no tomaron nada: se lo entregaron. Lo que sí hicieron, una vez instalados, fue ocupar el aparato del Estado con tenacidad metódica. El gobierno inicial de Hitler tenía apenas tres ministros nazis sobre doce; en seis meses, esa minoría se convirtió en control total.
Frente a cualquier lectura fatalista, el historiador insiste en la contingencia. Retomando a Brecht, describe el proceso como «eminentemente resistible»: ni una ola ni una avalancha, sino algo a lo que una contrafuerza podía haberse opuesto. A fines de enero de 1933 la alianza entre la derecha tradicional y el nazismo distaba de estar decidida. Esa contingencia se aprecia en los números. En noviembre de 1932 los nazis venían de baja: cayeron del 37,4% de julio al 33,1%. Sumadas, las dos izquierdas —socialdemócratas (20,4%) y comunistas (16,9%)— superaban ese porcentaje. Pero la socialdemocracia no ofrecía alternativa de poder: había respaldado la reelección de Hindenburg frente a Hitler y tolerado, sin gobernar, a cancilleres de derecha como Brüning.
Esa pasividad, más que el peso electoral nazi, allanó el camino de 1933. El libro reconstruye una secuencia casi cronometrada de capitulaciones. El Estado Mayor del ejército se pliega en cuatro días; la Iglesia católica, en mes y medio. A esto se suma lo que Chapoutot llama obediencia anticipada: asociaciones, administraciones, diarios y editoriales que despiden republicanos y publican autores nazis, convencidos de poder domesticar a un régimen que en realidad se alimentaba de esa misma sumisión.
El eje económico, ya presente en Irresponsables, se profundiza aquí. Para el empresariado alemán, el respaldo al nazismo funcionó como una inversión con retorno concreto: protección de intereses patrimoniales y fiscales, y garantía frente al ascenso comunista. Ese retorno no se agotó en 1933: se profundizó con la guerra, cuando empresas como IG Farben, Krupp o Volkswagen recurrieron a mano de obra esclava —prisioneros de guerra, deportados, internos de campos— para sostener su producción bélica.
No todo fue rendición. Chapoutot documenta también las resistencias del mundo obrero: el fracaso del sindicato nazi en las elecciones profesionales y el fracaso del boicot antisemita del 1 de abril de 1933 muestran una sociedad alemana más reticente de lo que el relato nazi impuso después, aunque insuficiente para frenar el proceso. El paralelismo con el presente no es implícito: en entrevistas recientes, el propio autor lo traza sin rodeos. Advierte que los cálculos, las componendas y la sumisión anticipada frente a la extrema derecha actual no la contienen, sino que le abren camino. La historia de 1933, dice, no es una fatalidad sino una advertencia.
Leopoldo Lavín Mujica
