
El sistema político advierte su decadencia. Aumenta su debilidad en la medida de que no es capaz de dar respuesta a la necesidad de un Estado que tambalea atrapado en su jibarización, en la corrupción generalizada, en la delincuencia que adopta nuevas formas de operar, en la ineficacia de unas policías que sufren la ausencia de una doctrina democrática, un sistema judicial














