El escritor Manuel Rojas, de innegables simpatías por el anarquismo, en sus obras hizo referencia a las confrontaciones en los sindicatos entre los antiguos dirigentes –adherentes del anarco-sindicalismo– y los que provenían de los entonces nuevos partidos de la izquierda: comunistas y socialistas. “Llegaron los que en sus discursos hablaban según lo que decían Marx y Lenin y desplazaron a los que hablaban por ellos mismos…” parafraseo (ya que no tengo el texto enfrente mío) al genial autor de Hijo de ladrón y otras obras.

 

Pues bien, Rojas y muchos de esos que fueron desplazados de los roles de dirección sindical (con algunas excepciones, como la Federación Obrera del Cuero y el Calzado que se mantuvo con conducción anarquista por muchos años), se sentirían satisfechos con el panorama que hoy se observa en Chile. Me refiero en particular a la estructura y estilo de conducción de la llamada Mesa de Unidad Social, el conglomerado –muy distendido por lo demás– que agrupa a las fuerzas que lanzaron el estallido social.

 

Por cierto, ninguno de los dirigentes principales del actual movimiento se hace llamar anarquista, y quizás se sentirían arbitrariamente encasillados por la caracterización. Pero hay algo más que el estilo horizontal de conducción, muy típico del modelo anarquista. En los hechos hay una visibilidad anarquista, a juzgar por los rayados en muros y monumentos, y muchos de los participantes en las manifestaciones, especialmente jóvenes, que ya sea porque lo consideran cool (o “choro” si hemos de usar una expresión más criolla) o porque es su manera de tomar distancia de los partidos tradicionales de la izquierda, han decidido identificarse como anarquistas. Y así la “A” centrada en un círculo, símbolo gráfico de la anarquía, adquiere inusitada ubicuidad en las paredes de Chile.

 

Claro está, como intercambiaba en un sitio de Facebook con otro contertulio, lo más probable es que ninguno de esos jóvenes haya jamás leído a Bakunin y mucho menos pueda dar una versión medianamente articulada de cuál es la concepción anarquista de la sociedad, pero de todos modos, al calor de la lucha hay un estilo de conducción, horizontal, muy participativa –al menos en teoría– que se asemeja a la propuesta anarquista. Ahora bien, calcular cuál es la real influencia de esa visión anarquista en el proceso, es todavía algo por verse. No hay que olvidar por lo demás, que el anarquismo no es una corriente política unificada y fácil de identificar o encasillar, sino una colección de proyectos de una diversidad abismante.

 

El término anarquismo, aunque se había usado en siglos anteriores tiene a su primer exponente haciéndose llamar “anarquista” en el activista y pensador francés Pierre Joseph Proudhon, en el siglo 19. El anarquismo (del griego an, sin, y archos, autoridad) plantea justamente que la humanidad estaría mejor, más libre, sin autoridades y más concretamente, sin estado. Algunas facciones dentro del anarquismo en los siglos 19 y 20 deciden llevar a la práctica su oposición al estado emprendiendo acciones directas, léase atentados, asesinatos de reyes, presidentes o primeros ministros. Práctica que no resulta muy eficaz ya que como se dice “a rey muerto, rey puesto” y lo mismo vale para otras autoridades, todas pueden ser reemplazadas sin que el estado deje de existir. Pero eso de las bombas y los atentados ejerce una especial atracción en algunos adherentes al anarquismo, incluyendo episodios en años recientes en Chile. Para mala suerte de los anarquistas, históricamente ese entusiasmo por “bombas y fierros” en más de una ocasión los ha hecho fácil blanco de infiltración por parte de los cuerpos policiales, en todas partes del mundo.

 

En Chile, luego que comunistas y socialistas, además de demócrata cristianos y otros partidos, con mejor organización y recursos, desplazaron a los anarquistas de las organizaciones sindicales, estos parecieron desaparecer, reducidos a grupos muy minúsculos bajo la influencia de algunos carismáticos individuos.

 

El anarquismo que también había tenido una importante influencia en las organizaciones estudiantiles, se vio igualmente desplazado de allí, tanto por la DC como por los partidos de izquierda. Aun así, de repente hacía inesperadas, aunque muy transitorias apariciones. En lo personal, mientras estudiaba filosofía en el Pedagógico hacia fines de los años 60 me tocó presenciar la curiosa aparición de un grupo autodenominado Izquierda Revolucionaria Independiente (IRI). Esta  fue una escisión del MIR en el Departamento de Filosofía influida por el entonces profesor Juan Rivano, que había sido jefe del departamento pero obligado a renunciar por presión de docentes y estudiantes debido a una serie de arbitrariedades. (Rivano había sido una figura muy influyente en la entonces Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, un notable profesor de Lógica, y un muy entretenido disertador en algunos de sus cursos de filosofía que dictaba al anochecer, pero también muy individualista y al final terminaría enemistado con todos, excepto por el puñado de incondicionales seguidores del IRI en que figuraban el estudiante John Patillo y el entonces ayudante docente Edison Otero, este último, en la época de la dictadura, haría carrera académica en la universidad en ese tiempo intervenida).

 

Los anarquistas del IRI nunca llegaron a montar acciones armadas, aunque sí empapelaron el Pedagógico con rayados y consignas. (Debo admitir que algunas eran divertidas.  Opositores rotundos al gobierno de la UP, cuando con motivo de la UNCTAD el gobierno de Allende llamó a limpiar la ciudad y evitar los rayados, estos anarquistas escribieron en uno de sus rayados en el campus: “Boicotee la UNCTAD, haga caca en las calles”).  Sin embargo, hasta allí llegó su furibundo discurso anti-autoritario, del dicho al hecho hubo más bien un trecho infinito: después del golpe militar muchos de los anarquistas del IRI se adaptaron bien a las nuevas condiciones, incluyendo a Rivano que siguió haciendo clases en la facultad por un tiempo, aunque eventualmente sería detenido y debió salir al exilio.

 

Saco a colación esa experiencia de anarquismo en los 60s porque ilustra de algún modo las incongruencias de su discurso, las que a su vez tienen un reflejo en su accionar. Y esto último es lo que me produce algunas inquietudes en lo que respecta a la conducción del movimiento social. La horizontalidad de la conducción del movimiento parece atractiva en principio, pero la autonomía y soltura de acción de sus organizaciones integrantes deja algunas interrogantes, tanto sobre la práctica de la democracia interna como la justeza de algunas de sus movidas tácticas: Cuando una de las organizaciones estudiantiles llamó a impedir que se realizara la PSU ¿lo consultó con los directamente afectados, los estudiantes que iban a rendir la prueba? El llamado de marcar AC en el plebiscito –que aunque no anula los votos, sí puede prestarse para intentos de anulación por parte de la derecha (si alguien lo marca muy cerca de la otra opción, por ejemplo) –  ¿fue debidamente discutido por la gente movilizada por una nueva constitución? Esto porque por hacer valer un punto simbólico se puede poner en riesgo algo más importante: el resultado de la votación. ¿Vale la pena? El estilo anarquista de conducción presenta este aspecto de espontaneidad e iniciativa de sus grupos integrantes como un aspecto ventajoso para avanzar la lucha del pueblo, pero esto también entraña el peligro de embarcarse en acciones impulsivas y poco reflexionadas.

 

Sin embargo hay otro punto muy contencioso, por lo menos por parte de algunos anarquistas que asumen una conducta en que “todo vale” y esto significa condonar todo tipo de acciones, incluso algunas innecesariamente violentas, cuando no evidentemente criminales. En los hechos, algunos anarquistas en el siglo 20 llegaron a señalar que todos los que sufren prisión son “presos políticos” estirando al límite la noción de que quien comete delitos lo hace condicionado por el sistema, o que el crimen mismo sería un acto anti-sistema. Ello llevó a algunos grupos anarquistas a desarrollar un trabajo político en las cárceles. Incluso en sus versiones más extremas, algunos llegaron a apuntar a una presunta condición revolucionaria en el accionar del lumpen. ¿Suena familiar? Es lo que algunos han llegado, si no a sostener abiertamente, al menos lo han dejado caer implícitamente al aceptar o aplaudir el accionar de grupos conocidamente del lumpen como son las “barras bravas” del fútbol. Y como bien nos informa la experiencia histórica, el lumpen no es de fiar. ¿O alguien ha olvidado al “Guatón” Romo, dirigente de los pobladores de Lo Hermida que incluso se dio el lujo de increpar a Allende y que luego se revelaría como un notorio agente de la DINA?

 

Al revés de la tradición marxista, en el anarquismo ha persistido una noción según la cual todos los que califican como “los pobres” serían de por sí aliados o incluso protagonistas del cambio social y revolucionario, sin considerar que la cosa es un poco más compleja. Esa caracterización permite a los anarquistas aceptar que elementos del lumpen puedan desempeñar un rol revolucionario, lo cual no es exacto. Hay una condición importante que tanto Marx como teóricos posteriores han subrayado: la conciencia de clase. En el lumpen es ilusorio esperar tal cosa porque sus integrantes se mueven por motivaciones de interés inmediato: pueden participar de las manifestaciones si ello les da oportunidad de saquear tiendas, por ejemplo. En algunos casos puede darse circunstancias puntuales en que coinciden con demandas sociales: la muerte a manos de carabineros de un hincha del club favorito de una de las “barras bravas”.  Sin embargo, en el análisis más sereno y racional hay que concluir que nunca veremos a narcotraficantes, a prostitutas (o trabajadoras sexuales como las llaman los siúticos) ni a los sicarios, marchando por la revolución social, simplemente porque los intereses de todas esas diversas gamas del lumpen residen en la mantención del sistema capitalista. Eso aun cuando mayoritariamente toda esa gente sea pobre, o lo hayan sido en su origen, o su vida misma tenga mucha precariedad en cuanto a su seguridad.

 

Así, curiosa e inesperadamente, como lo fue el estallido social mismo, vemos un súbito resurgimiento del anarquismo, no tanto como propuesta teórica estructurada, sino más que nada como práctica. Hay para quienes algunas de sus acciones se han convertido en objeto casi de culto: la llamada primera línea tiene admiradores por todas partes, y no sin razón, al final, a todo el mundo le gusta un poco de transgresión y sus confrontaciones con las fuerzas policiales ya hacen parte de una suerte de épica de esta revuelta popular. Dada la violencia exhibida por carabineros no deja de dar cierta satisfacción que algunos de ellos al menos reciban algo de su propia medicina. Pero no hay que engañarse, entre las filas de esta primera línea también hay quienes han cometido desmanes, por eso mismo ciertamente debe tener infiltrados, y al fin de cuentas la búsqueda de enfrentamiento con la policía, ya como una suerte de rutina, con mucha adrenalina de por medio, también conduce a la pregunta de si eso ayuda a la causa de las protestas ciudadanas.

 

De pronto el anarquismo se pone de moda nuevamente, y no voy a negar el aura romántica que lo rodea y que lo ha hecho objeto de novelas y películas. Recuerdo y recomiendo el que probablemente es el más hermoso film con una temática anarquista: Zero de conduite (Cero en conducta) de Jean Vigo (1933) prohibida en Francia hasta 1946. Su trama justamente se centra en una rebelión de estudiantes en una escuela francesa de una localidad provinciana, contra las autoridades del establecimiento y de la ciudad. Como emblema de su rebelión izan la bandera negra de los piratas. Lo que me recuerda que los anarquistas del Pedagógico refiriéndose entonces a las agrupaciones marxistas anunciaban con sarcasmo que “el rojo está destiñendo, reivindiquemos el negro”. Y no por casualidad hemos visto proliferar en las recientes manifestaciones, banderas chilenas completamente en color negro. El color del anarquismo. Por cierto, queda por verse si su aporte ha ayudado o no en la consecución de los objetivos de la movilización social.

 

Sergio Martínez (Desde Montreal, Canadá)

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