Política

La importancia de llamarse Sebastián

Se equivocan a mi juicio, quienes desean impulsar una acusación constitucional, destinada a inhabilitar a Sebastián Piñera, como Presidente de la República. Piensan acusarlo de hallarse en manifiesta incapacidad física o mental. Quienes desean promover la acusación constitucional, quieren enviar a Sebastián Piñera, a una clínica siquiátrica o a un gimnasio, para recuperar su físico.

En cambio, deberían proyectar otra acusación más sensata, donde se establezca que ha incurrido en manifiesto abandono de sus obligaciones de presidente y de comprometer la estabilidad democrática del país. De ser así, lo veo en compañía de sus íntimos, rumbo a clases de ética si prospera el libelo. Si otros menos importantes que él, lograron buenas calificaciones por fraudes de maliciosa pillería, no debería Piñera ser reprobado en sus exámenes. Debido a la pandemia del coronavirus, puede concluir encerrado en su hogar, en rigurosa cuarenta, dedicado a escuchar música, leer novelas de Corín Tellado y jugar tenis con el chino Ríos, el académico de la lengua. En la próxima primavera, al finalizar el bochorno de su destitución y cuando el país regrese a la normalidad, podría viajar a Panamá. Le urge verificar el estado de sus depósitos a plazo. De ahí se desplazaría a China, donde hace dos años, en compañía de sus hijos, realizó fructíferos negocios, los cuales molestaron al tío Trump.

Acusarlo de incapacidad física o mental, suena a burla, más bien a una ironía, destinada a recurrir a la vía equivocada. ¿Se le quiere exonerar? Cualquiera así lo estima. Quienes lo asesoran y ven a diario, declaran que el jefe demuestra lucidez, el humor en crisis, y la clara voluntad de continuar al frente de su imperio. Ni atisbos de paranoia, temblor de manos, hipo u olvidos de viejo gagá.

Sebastián Piñera, en calidad de Almirante de una flota de barcos piratas, sembró el terror en el Pacífico sur, depredando las costas de Perú y Chile. Ricas antaño en anchovetas, atunes, jureles y bacalaos de profundidad, hoy escasean, debido a la pesca indiscriminada. Incluso han desaparecido las jaibas y los ostiones. Ni hablar de los locos, antaño moluscos del tamaño de una mano empuñada. Ahora, los hay en conserva y para satisfacer la tripa, es necesario engullir de a cuatro.

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En su oportunidad, el jefe supo asociarse a filibusteros de otros mares y la cosecha marítima, le rindió jugosos frutos. Multiplicó su fortuna en proporción geométrica, no aritmética, utilizando la capacidad empresarial, donde todo es legítimo. En esa realidad, los negocios y el arte de enriquecerse, no reconocen límites. De la mano de la usura, del desbocado abuso, de los intereses leoninos, logró encumbrarse, hasta alcanzar el Olimpo.

Vinculado al grupo de las diez familias más ricas de Chile, a partir de su fugaz huida del Banco de Talca, supo sortear la justicia, ocultándose hasta que finalizara la borrasca. Su capacidad de escabullirse, le dio frutos y al cabo de los años, le sonrió la fortuna. Se le admira ahora por aquella historia y otras, donde se reconocen sus habilidades de escapista.

Ser su amigo es una bendición. No serlo, una deshonra. A poco andar se ha convertido en animita de veneración popular, modelo para ser imitado. Se le idolatra, debido a su natural sagacidad, espíritu emprendedor, aunque emprenda negocios para él solo. Acusarlo ahora de incapacidad mental o física, constituye un despropósito, temeraria burla, destinada a eximirlo de sus pecados.

 

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Walter Garib

 

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