El actual presidente de Chile viene de una vertiente distinta del político tradicional y, por tanto, es completamente ajeno y lejano de lo que se podría definir como un estadista.  Su trayectoria de vida se caracteriza, más bien, por haber estado ligado a la actividad empresarial en el área de los negocios y la especulación financiera. De ahí que su relación con la política sea casi inexistente, en lo que se entiende como el escenario donde diversos actores, sociales, económicos y políticos   buscan acuerdos para crear condiciones en que las diversas fuerzas que allí confluyen puedan lograr algún punto de equilibrio para proyectarse en la búsqueda del bien común.

Piñera, en cambio, producto de su experiencia exhibe –por decir lo menos- un estilo gerencial que oscila entre lo displicente y autoritario.  Les habla a sus opositores políticos desde un pedestal imaginario/real que le hace sentirse todopoderoso y siempre sueña con dejar un legado que lo distinga de sus antecesores, apoyado por el exacerbado presidencialismo que rige en la actual Constitución. A consecuencia de lo anterior, don Sebastián muestra un profundo desprecio por el pueblo, por sus organizaciones sociales y todo aquello que no huela a oligarquía y/o aristocracia, al punto que cada vez que ha tenido oportunidad de mostrar “su incontrarrestable poder” ha dejado de manifiesto ese desprecio de las más diversas formas.

En línea con lo anterior, Sebastián Piñera viene desde hace  un tiempo mostrando una voluntad política disociadora que atenta contra el sentido común y que consiste en designar en cargos de alta responsabilidad de la nación a oscuros y cuestionados personajes, ligados de distinta manera a la dictadura de Pinochet y lo que es más grave aún, estos cargos son  ejercidos en ministerios relacionados temas de  Derechos Humanos, equidad de género, situación de menores en riesgo social y otros temas extremadamente sensibles para la comunidad.

La designación de Hernán Larraín como ministro de Justicia y Derechos Humanos, es una  muestra  de  la indolencia y provocación que don Sebastián con frecuencia utiliza. La historia política de Larraín es vastamente conocida desde tiempos en que formó parte del equipo de cercanos a Jaime Guzmán y cuya participación durante la dictadura militar no deja lugar a dudas acerca de su pensamiento y compromiso con una dictadura que violó sistemáticamente los Derechos Humanos en el país. Si a eso agregamos los nexos que mantuvo el actual ministro de Justicia con Colonia Dignidad, lugar que visitó en varias ocasiones, y más tarde defendió públicamente, lo hecho por Piñera, al designarlo ministro, justo en esa secretaría, deja claro que el presidente había decidido ampliar su equipo de colaboradores para esta ocasión, incluyendo a quienes en su primer mandato había señalado como cómplices activos o pasivos de la dictadura.

En la misma línea de lo anterior, pero esta vez buscando ampliar el arco hacia otros sectores políticos, don Sebastián decidió incluir en su gabinete a renegados o “conversos” como ellos mismos se definen, a fin construir una imagen triunfalista que lo proyectara por sobre los opositores, exhibiendo figuras relativamente conocidas –como autores de libros confesionales de pecados cometidos al servicio de la izquierda- los  que a su juicio contribuiría a desprestigiar a la oposición y de paso dejaría de manifiesto su incuestionable poder de decisión en el plano interno y, en lo internacional, marcaría un hito que lo proyectaría como líder continental.

En conformidad con lo anterior, don Sebastián, procedió a nombrar a Roberto Ampuero  como ministro de Relaciones Exteriores y a Mauricio Rojas como ministro de Cultura.

En ambos casos, el fracaso de don Sebastián fue rotundo: su ministro de Relaciones Exteriores, lo acompañó a la ciudad colombiana de Cúcuta a fin de promover un golde de Estado contra Nicolás Maduro – ordenado por Trump-  y cuyo intento resultó en un fracaso. Se podría decir con justicia que Piñera y Ampuero   “fueron por  lana y volvieron trasquilados.”  La experiencia con el ministro de Cultura resultó aún peor. A raíz de unas injuriosas y perversas frases vertidas en contra de lo que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos representa para la mayoría de los chilenos, su ministro no pudo sostenerse en el cargo más que por “un fin de semana”.

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Don Sebastián no se rinde y aprovecha cualquier situación para dejar en claro que él es invencible.  Cuando se desató el estallido social en octubre pasado, apareció en los medios de comunicación agradeciendo el enorme respaldo recibido en aquella manifestación pública. Cuando quedó claro que aquellas manifestaciones eran justamente en protesta por todo lo que él representa –incluido el neoliberalismo- cambió el discurso. Una noche de toque de queda en Santiago, posó sentado sobre el símbolo de las protestas sociales, en Plaza Dignidad, en un claro mensaje que Él, don Sebastián, estaba por encima de todo. Tal como escribió en el libro de visitas en Alemania, ahora adaptado a su propio reino “Sebastián über alles”. (“Sebastián por sobre todos”)

De manera reciente, don Sebastián da otra muestra de desprecio por quienes él considera inferiores.  Acaba de designar como ministra de la Mujer y Equidad de Género a doña Macarena Santelices Cañas, militante de la UDI y sobrina nieta del criminal dictador Ausgusto Pinochet. El hecho no es casual, el Movimiento Feminista en Chile había dado muestras de ser capaces de generar una enorme convocatoria para demandar cambios estructurales en la sociedad chilena, cuestionando no sólo la sociedad patriarcal, sino también el neoliberalismo asfixiante para las mayorías. Don Sebastián estuvo presto y –aprovechando el tiempo de pandemia que restringe las manifestaciones públicas-  mandó otra señal de su poder y desprecio por la ciudadanía designando –cual monarca o dictador- en uno de los ministerios más sensibles para la comunidad, a una persona que mejor representa las posturas opuestas a las demandas ciudadanas.

Si todo lo anterior no fuera suficientemente claro y explícito, don Sebastián remacha su faena de reafirmación de su todopoderosa voluntad, con la designación de otro símbolo del rechazo ciudadano, Rdrigo Ubilla, cuestionado por su actuación en el conflicto del Estado de Chile con las comunidades indígenas del sur y la muerte de comunero mapuche Camilo Catrillanca, además de la adquisición irregular de tierras indígenas, por parte de Ubilla, en territorios reservados para esos pueblos. Con todo lo anterior y, por eso mismo, don Sebastián decreta el retorno de Ubilla a la Moneda, esta vez como asesor, en otra muestra de su desprecio por los “plebeyos”.

Don Sebastián es imperturbable en sus decisiones y demostraciones de fuerza y rigor en contra de las personas humildes del país. No tiene problemas para ordenar la represión en contra de ciudadanos pacíficos. Sólo una fuerza política en todo el territorio puede hacer que Piñera preste oídos a sus opiniones y esa fuerza reside en la UDI, porque tiene claro que su destino como empresario está íntimamente ligado al brazo político –UDI- del grupo neoliberal que se apropió de las riquezas de Chile después del golpe de Estado.

 

  Por Higinio Delgado Fuentealba

 

 

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