Hannah Arendt describía muy bien en “la banalidad del mal”, que la labor de los SS consistía en administrar una empresa dedicada a la fábrica de cadáveres, a los cuales deberían sacarle la mayor rentabilidad posible, (por ejemplo, los dientes de oro, las joyas, los cabellos…).

Los gobiernos capitalistas latinoamericanos, (son la mayoría), también administran una “fábrica de pobres” que, generalmente, se ubican en la periferia de las grandes ciudades: en (Caracas), en Petares; en Colombia, en Ciudad Bolívar, (Bogotá); en Río de Janeiro, en las favelas; en Santiago de Chile, en los campamentos y en las cités; en Buenos Aires, en las Villas Miseria; en Perú, en Barrios Altos).

El aplicar la cuarentena total en barrios donde viven los ricos y la clase media alta siempre da resultados positivos: los viejos mayores de 75 años hacen la cuarentena por voluntad propia, pues no quieren morir entubados; algunos pocos jóvenes se pueden dar el lujo de burlarse del Covid-19, incluso, tomar en arriendo un avión privado o bien, usar los helicópteros de su papá.

En la Villas Miseria, las favelas, los campamentos, los Barrios Altos de Lima, Petares y Ciudad Bolívar, entre otros, debido a condiciones insalubres de hacinamiento y hambre, es imposible y, hasta absurdo, aislar a personas que no tienen qué comer, viven en piezas de 20 a 30 metros para seis o más personas. Resulta ridículo pedir a estas personas que se duchen y se cambien de ropa cada vez que salen a la calle, que se laven las manos siete veces al día cuando, en la mayoría de los casos, no cuentan con ni agua, menos con servicios higiénicos requeridos, pero más ofensivo aún es el pedir que guarden una distancia de dos metros entre ellos.

No es que el virus sea clasista, sino que en la extrema pobreza los pobres están obligados a buscarlo; no es que tengan que elegir entre el hambre y el virus, sino que, de seguro, a alguno de ellos lo conducirá a la muerte, arrastrando tras de sí a sus familiares.

Las Villas Miseria y también en los campamentos, en Chile, las ocupaciones, en Colombia, el virus se ha multiplicado. En el caso de las Villas Miseria, las más pobladas, las condiciones se han agravado como consecuencia del default de 2001 y, de ahí en adelante, ha proliferado la pobreza, especialmente durante el gobierno de Mauricio Macri.

La forma de supervivencia de los pobres en América Latina ha sido siempre la solidaridad entre ellos mismos, (“el pueblo ayuda al pueblo”), encuentra su sentido más profundo en esta actitud, por el contrario, la principal preocupación de los ricos es el individualismo y el “sálvese quien pueda”.

La forma de supervivencia del pobre es siempre social, es decir, las ollas comunes, los comedores populares, “el comprando juntos”, y otros, a tal grado que, por ejemplo, los pobladores protegen a las cocineras y cocineros, a fin de evitarles el contagio.

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En estas últimas semanas del mes de mayo el número de infectados en Brasil, Perú, Chile y Argentina, por ejemplo, han tenido un crecimiento exponencial, especialmente en Río de Janeiro y Sao Pablo, Lima, Santiago y Buenos Aires. Además del contraste entre el número de infectados entre las capitales y las ciudades de provincia, también se muestra una brecha visible entre las comunas ricas y las pobres.

No es lo mismo el número de contagiados en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, si se compara con el casco urbano; lo mismo ocurre con las comunas de la zona sur de Santiago y las del oriente. Si verdaderamente se quiere luchar contra la propagación del virus no cabe duda que debería centrarse todo el esfuerzo y la artillería en las zonas donde el virus se propaga casi sin obstáculos.

No hace falta contar con la sabiduría del doctor Abarca, por ejemplo, y menos tener la especialidad y dotes didácticas del doctor Ugarte y de otros especialistas consumados. Basta tener el sentido común para atacar el bicho donde se disemina con mayor fuerza, y se supone que los test tienen como finalidad detectar el virus y aislar a los portadores sintomáticos o asintomáticos.

Los útiles para un análisis sociológico no son iguales que los usados por los médicos: cualquier sociólogo captaría, con un mínimo de sentido común, que ningún habitante de poblaciones marginales va a declarar ante un médico salubrista que tiene síntomas propios de Coronavirus; (el decir, por ejemplo, que tiene fiebre y dolores musculares, pues con mucha razón teme que lo conduzcan a un hospital o a una casa de aislamiento, dejando su casa en manos de los ladrones).

En Argentina, Brasil, Perú y Chile cada día se constata un nuevo récord en número de infectados y de fallecidos, lo cual es evidente pues, justamente, se está testeando más en los barrios donde habitan los pobres y los marginales, que es donde los distintos virus y bacterias tienen sus fiestas.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

 

25/05/2020

 

 

 

 

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