Recuerdo que mientras finalizaba mi tesis de doctorado en ciencias, en esa oscura década del 80, quedé estupefacta por el caso de un joven brillante y talentoso que había distorsionado datos de sus experimentos para “comprobar” y validar más rápidamente su hipótesis, que resultó del todo falsa y el mismo quedó expulsado del programa de doctorado que cursaba. Nos enfrentábamos a un caso más, pero cercano, de la máxima y más grave tentación para una persona de ciencias. Tan grave como puede serlo en las ciencias sociales, en la salud, en el ejercicio del periodismo, porque digámoslo, en cualquier área y actividad escoger datos de la realidad, intencionalmente, por sesgo o prejuicio ideológico, para defensa de intereses propios o ajenos, tiene graves consecuencias.

Se trata de falta de rigor, de falta de honestidad o directamente, de fraude, en ese orden de gravedad. Evitarlas es un deber, como enseñan las grandes Escuelas y grandes maestros y maestras. Nos obliga esta enseñanza al autoexamen permanente de eventuales errores en el hilo de observación y argumentación, del peligro de reemplazar la realidad por un “artefacto”, de algún paso en falso involuntario que de detectarse, tendría que reconocerse de inmediato, corregirse y enmendarse. Bueno, esto en caso de que hubiera sido un error o una omisión, porque también podría tratarse de un fraude.

Pero, ¿qué motiva un fraude, tan abundantes tanto en la historia como en el presente?: la ambición por el reconocimiento, el prestigio, el dinero, la intención de favorecer intereses, o avanzar forzadamente en una cierta dirección. ¡Cuántos casos se conocen de publicaciones o premios retirados por este vergonzoso motivo!.

Pienso en ese prominente psicólogo social holandés Diederik Stapel que estando en la cima de su carrera y luego de decenas de publicaciones sobre entornos de vida que él relacionaba con conductas xenofóbicas, fue puesto en evidencia el 2011 al descubrirse que su investigación era del todo falsa, desde las encuestas a la recopilación de datos y obviamente, sus conclusiones. Luego de retractarse, se declaró enfermo dejando en aprietos a revistas tan prestigiosas como Science cuyos filtros no habían detectado el fraude. Science también en 2011, retiró una publicación de impacto sobre la relación del síndrome de fatiga crónica con un virus que había derivado en tratamientos específicos pero que luego resultó ser un error por contaminación de las muestras usadas. El primer caso se trató de un fraude, el segundo de un error, y de ambas categorías se pueden encontrar innumerables casos, como la falsa clonación humana que reportó el surcoreano Woo en 2005 y que lo llevó a la cárcel, o los famosísimos “hallazgos” fósiles de eslabón perdido entre humano y mono y entre ave y dinosaurio que resultaron falsificaciones.

 

Un componente adicional, que los agrava, tiene el tipo de falsificación que resulta del intento desde sectores de poder por defender sus intereses: podríamos decir que consiste en la corrupción de la ciencia. El cruce del dinero y el poder con la ciencia es muy peligroso y es posibilitado por la falta de ética de algunos científicos que son comprados para realizar investigaciones por encargo, con resultados y conclusiones predefinidas. Pongo como ejemplo esos nefastos estudios encargados por la industria tabacalera a destacados investigadores norteamericanos para “demostrar científicamente” que fumar cigarrillos no causa ningún daño a la salud. Cuántas décadas perdidas, cuántas personas muertas por causa de la adicción al tabaco y cuántas campañas publicitarias incentivándola. Falta de ética, pero más, corrupción y crimen.

No podemos dejar de lado una categoría adicional. Los personajes fraudulentos, es decir, aquellas figuras que se han constituido asentadas en una imagen de credibilidad, de prestigio, de trayectoria, a la que han debido renunciar al conocerse su doble estándar bien sea por corrupción, financiamiento indebido, falsedad o vida personal incompatible con la imagen pública. De eso también abunda en la historia y en nuestros días.

 

La ciencia y la academia se prestan para ser usadas inescrupulosamente de pantalla y conferir credibilidad injustificada. Pienso en tantas campañas publicitarias basada en esa manida frase “científicamente comprobado” para pretender la inmediata adhesión de un público que se lo considera acrítico, ignorante o crédulo. Al menos, vulnerable al “delantal blanco” y confiado en la indiscutida ética de los hombres y mujeres de ciencia. Tal vez, por estar demasiado confiados en la efectividad de esas enseñanzas éticas de grandes maestros.

 

En estos tiempos de prácticas generalizadas de engaños y mentiras, en tiempos de “fake news” y del debilitamiento de la forma de gobierno democrática por la vía de la manipulación de la opinión pública, en tiempos de instalación de creencias sin fundamento y de una especie de neo oscurantismo (pienso en la cienciología, los movimientos anti vacunas, las sospechas desatadas del conspiracionismo de toda índole), en tiempos de amplio acceso a una información dispareja sin resguardo de ningún tipo excepto el propio discernimiento, es necesario fortalecer la credibilidad y el prestigio de la Ciencia, pero estos, credibilidad y prestigio, no son transferibles y ciertamente no son apropiables como un ropaje por las personas, sean estos científicos o …ministros de ciencia.

 

Por estos aciagos días, cuando en Chile han fallecido más de siete mil persona a causa de covid-19, el Ministro de Ciencia Andrés Couve, primero en la historia de ese recientemente creado Ministerio de Ciencia, un destacado científico de la neurociencia, se encuentra en medio de la controversia por la manipulación de información pública. Pero no se trata sólo de cómo y qué se informaba, asunto también en cuestión, sino que de las decisiones que ese ocultamiento buscaba posibilitar. Mantener una cifra baja de contagiados (no se reportaban los casos sospechosos, asintomáticos, ni aquellos sin confirmación de exámen), y una cifra baja de fallecidos (no se reportaban fallecidos atribuídos a covid, ni los que tenían prevalencias, o las muertes por causas derivadas de covid) permitía una “tranquilidad” aparente y artificial para sostener la actividad productiva y comercial. El problema no ha sido qué y cómo se informa, el problema es la imposición de una estrategia de manejo de esta pandemia totalmente dañina pretendiendo que el contagio de la población confería inmunidad, y que sólo había que enlentecer un poco el ritmo de contagio para no colapsar el sistema de salud. Abundan pruebas y declaraciones: estamos preparados, lo hacemos mejor, no hay más información, sumado a los conceptos “nueva normalidad” y “retorno seguro” apuntaban a construir esa estrategia.

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Es decir, en un flagrante conflicto de interés, el gobierno aplicó la hipótesis de “inmunidad de rebaño”, a la chilena eso sí, bajo la conducción del Presidente Piñera, asesorado principalmente por Larroulet, ejecutada por el Ministro de Salud Mañalich y con la complicidad del Ministro Couve.

 

Es de público conocimiento que el experimento socioepidemiológico, sanitariopoblacional, psicocomunicacional para el manejo de la pandemia con estrategia de contagio amortiguado con represión, es de autoría del equipo Piñera, Larroulet, Mañalich, Couve. Y el fallo de este experimento que Andrés Couve avaló activamente en su dualidad indistinguible de científico-político, ha sido y está siendo catastrófico

 

Así, con estupor vimos al cuestionado Ministro de Salud aparecer flanqueado por el Ministro de Ciencia en las conferencias de prensa, avalando la estrategia en forma y fondo. A esas alturas proliferaban los análisis paralelos, las estimaciones de cifras que luego han sido confirmadas, las sospechas de ocultamiento, las experiencias internacionales fallidas y las exitosas que eran justamente aquellas que habían ido en sentido contrario a lo que nos estaban imponiendo. Todo eso estaba en el debate de medios y redes sociales y todo eso fue desestimado por el gobierno descalificando con dureza a cualquiera que osara una crítica, bien hubiera sido que esta proviniera de los expertos y expertas del Colegio Médico, de científicos de las principales universidades, de periodistas, organizaciones sociales y dirigentes, de ciudadanos y familiares de víctimas.

 

Tal vez el Ministro Couve imagine ser un buen gestor del Ministerio de Ciencias, y así lograr pasar a la historia por ejemplo convenciendo a su gobierno de aumentar recursos que acrecienten los escuálidos e insuficientes fondos concursables, los debilitados presupuestos de las universidades chilenas, el débil financiamiento de los programas de doctorado, pero por ahora nada de eso ha ocurrido; por el contrario, lo concreto es que ha logrado asestar un duro golpe al corazón de la credibilidad de la ciencia y la academia actuando flagrantemente en contra del irrestricto apego a la conducta ética que debía mantener con algo de valentía.

Tal vez el ministro Couve suponga que puede separar su quehacer como ministro ―al que parece haber creído necesario conferir aquellas prácticas de la política que por el bien de la democracia se busca erradicar―, de su quehacer como científico ―de indiscutido gran prestigio, tanto como para llevarlo a su actual cargo―, pero tal pretensión de desacople es del todo ilusoria. Es de público conocimiento que el experimento socioepidemiológico, sanitariopoblacional, psicocomunicacional para el manejo de la pandemia con estrategia de contagio amortiguado con represión, es de autoría del equipo Piñera, Larroulet, Mañalich, Couve. Y el fallo de este experimento que Andrés Couve avaló activamente en su dualidad indistinguible de científico-político, ha sido y está siendo catastrófico, y lamentablemente, dramático y letal. Los más de siete mil muertos permanecerán en nuestra memoria para recordarlo.

 

Es cierto que en el manejo de la Bolsa, el miedo, el nerviosismo, y el deseo o por el contrario, la confianza, cumplen una función relevante. Creer que esa volatilidad y subjetividad es extrapolable a otros ámbitos, es a lo menos, el reflejo de la ignorancia arrogante. El peligro es que esa ignorancia pueda desplegarse sin el contrapeso que puede obtenerse por una oposición fuerte y segura de sus conocimientos. La Ciencia opuesta al economicismo básico es lo que pudo haber representado el Ministerio de Ciencia a cargo de un ministro sólido e íntegro, que no hubiese olvidado que la credibilidad de la ciencia y academia no le pertenecen ni le son transferibles. Es lo que se le reclama a Andrés Couve desde los más diversos ámbitos de la sociedad, porque la Ciencia y su desarrollo es de interés de la sociedad toda. Tendría que mirarse la experiencia internacional en el curso del manejo de la pandemia y destinos de los respectivos asesores científicos en Inglaterra y Suecia, donde siguieron y luego abandonaron la hipótesis infundada de inmunidad de rebaño, o lo que ocurre en Francia, España e Italia, donde familiares de víctimas preparan acusaciones criminales, o la renuncia del ministro de Salud de Brasil por no avalar el descriterio de Bolsonaro, y en Nueva Zelandia, donde se tomaron drásticas medidas inmediatas para proteger a toda la población, sin discriminar, ¡porque todas las vidas importan!.

Una pizca de sentido ético se le reclama, pero Couve guarda silencio, sin asumir que la palabra esperada es perdón, y a estas alturas, también, renuncio. Reconocer el camino fraudulento que nos llevó a la muerte es lo que le ha pedido la comunidad intelectual (o la mitad de ella), “con la esperanza de una palabra venidera del corazón”.

 

Por Roxana Pey

 

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