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Un psicólogo en confinamiento: diario de sobrevivencia

1.- El paraíso perdido

 

Nunca fue el paraíso, al menos no como el que nos vendían, tal vez lo fue para algunos, pero no para una mayoría. Sin embargo era lo que teníamos, frente a ello ya nos habíamos rebelado y convertido en un enemigo poderoso e implacable. Chile era un bullente trance y laboratorio social desde octubre del año pasado, todos estábamos conversando y debatiendo acerca de nuestro destino como nación. La calle se caminaba distinto, estábamos llenos de aires de cambio. Pero todo eso, paradojalmente, cambió en otro sentido con la llegada del coronavirus, ahora el enemigo poderoso e implacable es un virus pequeño pero letal, un bicho de pocos micrones, una proteína, ahora un enemigo común a todos, sin distinción: los poderosos e implacables y el resto.

En la consulta psicoterapéutica estos trances sociales se han expresado en la mayoría de las historias que me llegan a sesión. Al principio del estallido fue la angustia, el no saber, y ahora, con el virus, ha sido el miedo a contagiarse, a estar separado, a morir solo. Por supuesto cada uno toma lo que quiere, de los miedos, de los suyos o de los otros, y los afronta como quiera o pueda, según sus propios recursos, emocionales o cognitivos, sociales, relacionales. El sentido de responsabilidad colectiva o comunitaria se hace urgente.

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A todos nos toca la amenaza y cada uno actúa de acuerdo a sus miedos y sus –supuestas (aunque, veamos cómo nos va)- seguridades, fortalezas o debilidades. Sabemos que el virus también mata no solo población mayor, sino que también a veces se ceba con niños, jóvenes o gente saludable. Entonces nada nos asegura que tal vez a nosotros, si tenemos mala suerte, en fin… llega la angustia.

Para poder sobrevivir a la amenaza no solo del virus sino también de nuestros propios estados mentales persecutorios, a veces requeriremos de capacidad de introspección, de sentir nuestras emociones y también de afinar nuestra capacidad de observar y considerar las necesidades de los demás y ser proactivos. Ayudando nos ayudamos.

También es imperioso observar los procesos de cambio que vamos viviendo durante esta contingencia, nuestras capacidades de adaptación y transformación empática hacia el bien propio y común. Por eso es preciso afinar –y no confinar- nuestra capacidad de reparar. Durante esta contingencia varios profesionales de la salud mental han hablado de poder disponer de un tiempo para sí mismo, como una medida para enfrentar de mejor manera el encierro. Me parece bien ese acento pero además tenemos que considerar la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades de convivir con el otro.

 

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2.- Telones de fondo en psicoterapia

¿Cuántas veces hemos creído que nuestras vidas discurren aparte de los sucesos sociales, que no han sido tocadas por ellos? El individualista cree que lo que le sucede en su entorno no lo afecta, pero en Chile hemos visto cuánto nos han impactado en este último tiempo dos inmensas crisis, una política y la otra viral. Y eso –el estallido y la pandemia- ha sido para todos, compartido.

Las sesiones de psicoterapia ahora transcurren por videollamada, lo mismo con la vida social de la mayoría (algunos la pasan solos y son los que más están inmunizados o afectados por estas crisis). En ambas crisis –la social y la viral- aparece la discontinuidad, el antes-ahora, y el futuro se visualiza como incierto, y puede vislumbrarse un halo de esperanza o, al contrario, de destino funesto.

A mi, como psicoterapeuta, me toca destrabar el discurso, abrir sentidos, acompañar, sugerir, ayudar, aunque con el paciente compartimos una situación sustantiva como telón de fondo. La identificación es total con las circunstancias del paciente. Los procesos de empatía y de conocimiento común implícito se ven favorecidos.

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Estas dos crisis nos han enseñado a convivir con ellas y han revolucionado nuestros tiempos, las semanas pasan rápido. También estas crisis han transformado o condicionado nuestros lazos previos. Por ejemplo en la crisis social que arrastrábamos desde octubre del año pasado fue muy usual escenarios de crisis en las relaciones de grupos de amigos que se tenían en las redes, como en WhatsApp, o en redes sociales más públicas.

Estos han sido nuestros escenarios, ambos conflictivos. Podríamos preguntarnos cómo nos han afectado y de qué maneras, qué hemos aprendido de ellos, cómo hemos ido aprendiendo a resolverlos. Más urgente se ha tornado resolver esto en los tiempos actuales, pues se trata de una situación que asociamos a la amenaza.

Las crisis emocionales fuertes, en estos días, están más expuestas a profundizarse, sobre todo cuando el individuo no dispone de una red social contenedora y nutritiva, que lo sostenga y amortigüe en su caída.

Para los que están solos de antes, o de mucho antes, esta crisis pasa colada, pero depende, los escenarios mentales varían y cada uno tiene sus propios personajes interiores, y su relación con ellos, sus demonios. El encierro y la soledad pueden gatillar, en el que vive solo, que irrumpan estos demonios y no disponer de herramientas para lidiar con ellos. Por eso, primeramente, es tan importante el ajuste social, la puesta en común de nuestros pensamientos, donde la mirada del otro es fundamental. Incluso para el individualista. El lazo social se hace urgente y pone en evidencia nuestras necesidades básicas, como la de amar y ser amado, aceptado sin condiciones. De otras maneras se hace más difícil convivir, incluso con uno mismo.

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3.- ¿Y ahora qué?

Algunas estadísticas parecen mostrar que la tasa de muertos y contagios está tendiendo a bajar. Esto tiende a dar esperanza y a hacernos pensar cómo será el reencuentro, cómo volveremos a vivir después del coronavirus, cómo cambiarán nuestras costumbres, el antes y después de todo esto.

No deja de ser angustiante, lo seguro deja de serlo y nos quedamos con lo esencial, nuestras relaciones significativas, nuestros lazos primordiales, pero hay un área de indeterminación que queda librada a nuestra fantasía y que está a la espera de su realización.

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Lo que angustia es no saber, perder lo conocido o tener que ceder parte suya a una transformación, a un devenir incierto pero seguro, finalmente, porque no puede ser de otro modo. Ya nos dimos cuenta de lo esencial: tener buena salud, no exponerse, cuidarse, cuidar a los otros, en todas las esferas posibles.

¿Y ahora qué, entonces? Ahora es muchas cosas: saber esperar, añorar y aprender, siempre aprender de nosotros, del otro, de los otros, de la vida y de sus vicisitudes y de cómo aprendemos a enfrentarlas. Una de las cosas que tenemos que tener siempre presente en estos tiempos de confinamiento es que la extrema cotidianeidad es un espacio a explorar y sujeto a permanente posibilidad de reparación y de creación. Ese es nuestro desafío hoy en día, mantenernos vivos, mentalmente, emocionalmente y relacionalmente, es urgente el sentido de comunidad y de responsabilidad comunitaria, la idea de cuidarnos entre todos, tener y disponer de nuestra red social y estar dispuestos a hacerla crecer y florecer.

 

 

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Por Patricio Araya Arenas

 

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