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Desprotección y sicología

Años atrás, bueno en el siglo pasado, los chilenos nos reíamos de los argentinos por su manía por el sicoanálisis. El analista, como llamaban al sicólogo, aún en sectores populares era central en sus vidas. Tuve oportunidad de comprobarlo cuando viví en Buenos Aires después de 1973. En esa fecha, supongo que sigue siendo así, hasta las Federaciones Sindicales ofrecían a sus afiliados los servicios profesionales de uno o más sicólogos, junto a los de médicos, dentistas y asistentes sociales. Todos ellos atendían gratuitamente y cumplían jornadas diarias en las sedes sindicales.

 

Los sindicatos en Chile, aún durante la Unidad Popular, nunca lograron la fuerza de las organizaciones argentinas y los sectores medios no se inclinaban, fuera por ideología o ingresos, a acudir a terapias para superar sus problemas. Carezco de información acerca de la relación sicólogo-habitante existente en Europa, pero en EEUU la dependencia es grande y ello se puede observar en los programas de casos familiares de sus canales de televisión.

 

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Estos programas, guiados por leyes y costumbres norteamericanas, en su mayoría se orientan al público hispano y un 90% culmina con la recomendación de recurrir a un sicólogo que ordene las vidas contrariadas de los demandantes. Uno de estos, bastante serio, orientado al público norteamericano, y diseñado para motivar a obesos mórbidos que pesan alrededor de 300 kilos a hacerse una operación de bye-pass gástrico, “Kilos Mortales”, también envía al enfermo al sicólogo para disminuir el apetito. Aun cuando el programa muestra la gordura de todos los miembros de las familias involucradas y el consumo masivo de las familias norteamericanas de comida chatarra barata y accesible.

 

Programas dedicados a trasmitir juicios con validez legal, como el de la Doctora Polo, también recomiendan terapias sicológicas. “¿Quién tiene la razón?”, cuenta con una sicóloga que al final de cada caso da su veredicto y ofrece sus servicios. En todos estos programas se recomienda visitar un sicólogo y no es posible saber si los auspiciadores financian las terapias de los  participantes a cambio de la exposición pública de sus vidas.

 

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En cualquier caso, sea cual sea el interés último de dichos programas, el mundo que nos muestran es espeluznante y son útiles para informarnos que no solo lo que nos rodea se caracteriza por la crueldad, la soledad y la vulnerabilidad. Esa es la realidad de la mayor parte del mundo, acerca de lo cual debemos preguntarnos cómo los sicólogos actualmente existentes darán abasto frente a la nueva demanda, dado que los problemas de las grandes mayorías aumentan día a día y que sus características son cada vez más complejas. Es lícito suponer que se requerirá, a lo menos en Chile, de un número mayor de sicólogos, horas disponibles de terapia y la adaptación de la sicología a las nuevas necesidades de los afectados.

 

Entre lo que a todos nos afecta, y que aumenta cada día, se encuentra la decepción generada por la caída de ídolos. Esta existe en todas partes y ha creado cientos de creyentes religiosos o políticos que han perdido la fe. En la cultura occidental, las redes familiares ya no protegen como antes y la familia nuclear se encuentra casi en una crisis terminal. El Estado, las instituciones, la justicia y la ley son cada vez más cuestionadas y la mayoría de la población cada vez desconfía más de estas. Todo ello aumenta la soledad y sensación de desprotección que tienden a generalizarse y que surge de condiciones estructurales no de una disposición anímica.

 

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En Chile estos sentimientos se expresan en el aumento del suicidio adolescente, del femicidio y de la violencia delictual. Las mafias de comienzos del Siglo XX parecen niños de pecho al lado de los actuales narcotraficantes o traficantes de niños y de órganos. La solidaridad es cada día más escasa y a cada minuto aparecen nuevas formas de crueldad. Las drogas y el alcohol ayudan a que la soledad se acentúe. Muchos jóvenes reemplazan la angustia de sus vidas con vidas paralelas creadas en Internet con avatares o con diferentes juegos donde pueden conseguir recursos como “influencers” si consiguen un número importante de likes. La cuestión es olvidarse de lo que vivimos día a día.

 

Todo comenzó con el avasallamiento realizado por la dictadura en 1973 contra todo lo que los chilenos habíamos ganado en protección y derechos durante más de un siglo. Luego la democracia terminó con la represión y el asesinato político, pero fortaleció un neoliberalismo ortodoxo y cruel, caracterizado por la desaparición del rol del Estado, la ausencia de leyes protectoras, la fragilidad en las fuentes de empleo y la disminución creciente de la fuerza sindical. Ello llevó a crear una economía poderosa en que la libre empresa llegó a ser tan rica como para que un país mínimo como Chile, en tamaño y población, llegara a contar con más de 10 familias entre las más ricas del mundo según los records de Forbes. Con la mujer latina más rica del mundo, Iris Fontbona, viuda de Andrónico Luksic, ubicada en el lugar 74 en estos mismos records. Seguida por Julio Ponce Lerou, el yernísimo, que ahora recibió en Soquimich la propiedad del litio, riqueza natural imprescindible en la electromovilidad. Es anecdótico relatar que nuestro Presidente de la República, Sebastián Piñera, ocupa el quinto lugar entre los chilenos y el 804 en el mundo con una fortuna reconocida de US$2.800 millones, según Forbes, lo que logró levantándose temprano.

 

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Pero la riqueza de unos pocos no necesariamente entristece a los más pobres. Probablemente ni pueden imaginar las cifras mencionadas. Para ellos es fundamental contar con trabajo para mantener a sus familias y tener un lugar para vivir y morir. Grandes mayorías en el mundo carecen de esto; también de salud, educación, y, por tanto, de esperanzas y en Chile todo ello se ha podido comprobar crudamente durante el show de la pandemia.

 

Nuestros gobernantes, que aman la desinformación, probablemente aconsejados por sus sicólogos, tratan de hacernos creer que el encierro ha aumentado el desempleo que habría alcanzado a alrededor de un 13%. Ignoramos cómo han llegado a dichas cifras sin estadísticas, encuestadores ni consultas.

 

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Lo que ocurre en estos días, el aumento de la delincuencia, la violencia y la desesperación no son otra cosa que haber llegado al límite de lo que ya hacía años venía ocurriendo en el empleo en Chile y profundizado, de manera definitiva, con una revolución tecnológica imparable.

 

La fragilidad en el empleo se comenzó a producir en Chile en los 80 cuando las empresas fabriles eliminaron talleres buscando en Asia mano de obra barata. Gran cantidad de empleos fueron reemplazados por trabajo en el domicilio a destajo, por ventas en ferias o trabajo precario en el campo. El Estado creó Casinos de Juego a lo largo de todo el país con lo que se estimuló el trabajo ilegal que, normalmente, se desarrolla alrededor de estos.

Pero la situación se profundizó con la innovación tecnológica que se vive en el mundo y también en Chile. Las innovaciones, que son maravillosas, eliminan miles de fuentes de trabajo. Por ejemplo, los puertos chilenos, privatizados en los 90 con la figura de las concesiones, que no son otra cosa que privatizaciones renovables, fueron modernizados a lo largo de todo el país eliminando miles de empleos. Una grúa, y el trabajo que realiza, ahora se manejan desde un computador y antes requería cientos de estibadores. El trabajo administrativo disminuyó por la atención on line y, posiblemente, el teletrabajo realizado en estos días creará nuevas formas de funcionamiento que abarate costos a las empresas.

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Los gobernantes chilenos ignoran que se requieren planes y apoyo estatal para enfrentar el impacto del desempleo. En primer lugar con una renta básica universal para poder seguir consumiendo sin tener ingresos por concepto de empleo. Preparando la educación para las nuevas necesidades que traen consigo las nuevas tecnologías, como la creación de profesiones, asignaturas, cursos y especializaciones. Ideas y organización para el uso del tiempo libre, puesto que gran cantidad de desempleados no van a poder volver a estudiar o adaptarse a las nuevas tecnologías. Todo ello impulsando formas de cooperación y solidaridad.

 

En países civilizados socialmente como los países nórdicos, Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia, el impacto de las nuevas tecnologías se previó hace años, implementando los preparativos imprescindibles en la población. En países donde ya existían salud y educación gratuitas, donde se informa a la población, donde existe equidad, es muy difícil que estos cambios puedan producir los estallidos que ocurren en América Latina. Los países nombrados están entre los países más equitativos del mundo, contando con un Coeficiente de Gini de 0,25[1], y con cuarentena o sin ella, no necesitarán sicólogo.

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Estamos muy lejos de exigir igualdad, justicia o participación, pero al menos luchemos por la información y tratemos de informarnos entre nosotros.

 

 

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[1] Como ejemplo para tener una referencia, el Coeficiente de Gini del mundo es 0,63 y el de Brasil 0,54

 

 

Por Alicia Gariazzo

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Economista

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