Crónicas de un país anormal Portada

El supremacismo blanco en la previa del debate presidencial

Para la historiadora francesa Sylvie Laurent, los blancos norteamericanos siempre se han sentido perseguidos y minusvalorados: desde la época de la Colonia, el pequeño grupo de europeos que poblaron Estados Unidos vivían aterrados ante la posibilidad de ser asaltados por los indios, por consiguiente, tomaron el camino de su exterminio como vía para ´poder dormir tranquilos´.

Más tarde llegaron los negros, provenientes del África, en calidad de esclavos, y nuevamente sus amos sintieron terror de una posible revuelta. Con la guerra de secesión y, posteriormente, con las políticas de Lindon B. Johnson quien abrió camino al voto de los negros, los blancos empezaron a sentirse discriminados por las políticas de igualdad racial que proponía dicho gobernante.

La elección del Republicano Richard Nixon representó una venganza de los “pobres blancos” que, según ellos, antes estaban abandonados por los gobiernos de los demócratas.

En su libro, la historiadora francesa utiliza una frase genial para definir a los blancos que apoyan a Trump: “este candidato se encuentra entre Carlos Marx y la Cadena de noticias Fox”. Es falso el creer que Trump ganó las elecciones presidenciales de 2016 por el voto de los blancos pobres; más bien fue capaz de representar el resentimiento de blancos anglosajones y evangélicos frente a negros norteamericanos, como también de latinos, todos ellos favorecidos por las políticas de asistencia social implementados por los distintos estados.

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Según Nietzsche, el resentimiento es una fuerza histórica fundamental que puede mover a las masas; basta estudiar el triunfo del cristianismo en el derrumbe de Imperio Romano para comprender el aserto de este gran profesor de la Universidad de Basilea.

La propuesta de Donald Trump durante su candidatura a la presidencia de la nación, de construir un muro que separara a México de Estados Unidos, fue muy bien acogida por los blancos, pues expresaba su temor y resentimiento frente a negros e hispanos.

Los blancos padecieron la crisis ´sub prime´, con la pérdida de sus casas y de sus trabajos, y como sabemos que se sienten desamparados por el Estado y, además, atropellados por afroamericanos e inmigrantes latinos, buscaron un Presidente que los pudiera salvar de la miseria.

Ninguna de las ideas del programa de gobierno de Trump son nuevas en ese país, (“América primero” no es una invención de Trump, sino de Nixon, y si vamos más lejos, a Monroe, “América para los americanos”). El aislacionismo fue propagado por el Presidente W. Wilson, que le fue útil para ganar las elecciones presidenciales y, luego, participar en la Primera Guerra Mundial.

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Si dejamos en paréntesis el libro de la historiadora francesa y su idea del “pequeño blanco”, explotado y presionado por los inmigrantes, sería necesario adentrarnos en las características del clivaje actual: la “ley y el orden”, por parte de Donald Trump, y el “progresismo” de Joe Biden, dos posturas netamente contrapuestas que dejan muy poco espacio para el voto de centro.

Hasta ahora, en la mayoría de las encuestas aparece como ganador Joe Biden, incluso en aquellos estados en disputa; el número de indecisos es, apenas, el 5%, y el primero de octubre comenzarán a votar los ciudadanos que lo hacen por correo. En elecciones pasadas Florida, con un fuerte contingente latino, ha sido un estado decisivo, (hay que considerar que el voto latino, que normalmente favorece a los demócratas, en el caso de Florida está dividido, pues cubanos y venezolanos, principalmente, lo hacen por los Republicanos).

Dos noticias de último momento marcan la previa al primer debate presidencial, que tendrá lugar hoy, 29 de septiembre, (22 horas en Chile). En primer lugar, el conocimiento de que el candidato Trump, según el informe publicado en el New York Times, en el año 2016 sólo pagó 750 dólares de impuestos, (mucho menos que el de un inmigrante cualquiera); En segundo lugar, la vacancia en la Corte Suprema, a raíz de la muerte de la feminista y antirracista jueza, Ruth Ginsburg, muy admirada por los norteamericanos. En un primer momento, Trump demostró cierta pena y declaró duelo nacional, pero luego se apresuró a nominar a una jueza reemplazante, Emy Core Baret, católica carismática y tremendamente reaccionaria. Normalmente, cuando se produce una vacancia, a sólo 40 días de las elecciones presidenciales, debiera esperarse que lo hiciera el próximo Presidente, y el nombre fuera ratificado por del senado recién elegido, y como sabemos que Trump está cuestionando la elección por correo, es muy posible que sea la Suprema Corte la que decida al respecto. Hay un precedente en que el senado, con mayoría republicana, impidió que el Presidente Barack Obama nombrara el reemplazante de un juez conservador.

En Estados Unidos el Ejecutivo es representado por el Presidente, el Legislativo por el Senado y la Cámara de Representantes y el Judicial por la Suprema Corte. Este último Organismo está compuesto por nueve jueces que se mantienen de por vida en su cargo, y la mayoría de ellos tiene, aproximadamente, cincuenta años, por consiguiente, muchos Presidentes pasarán por la duración de su mandato. En la actualidad quedan ocho ministros: seis de ellos son conservadores republicanos y sólo dos son demócratas.

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Dentro de las facultades de la Suprema Corte están los temas más importantes que interesan a los ciudadanos norteamericanos, entre ellos, la compraventa libre de armas y, sobre todo, el aborto. Trump prometió a los evangélicos que, durante su mandato, se proponía que la Suprema Corte, con mayoría conservadora, suprimiera el aborto.

Si en Estados Unidos no hubiera inmigrantes y, además, que todos fueran blancos, anglosajones y evangélicos, se seguro, Trump ganaría las próximas elecciones.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

29/09/2020

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