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La democracia secuestrada

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No debiera constituir sorpresa alguna que varios medidores mundiales sobre opinión pública coincidan en la decepción de millones de ciudadanos respecto de la democracia y su posibilidad de servir realmente a los intereses de sus naciones. Los políticos y partidos llamados a administrar los gobiernos hoy están en tela de juicio cuando tienen como principal objetivo arribar o mantenerse en el poder más que servir a ideas y programas que representan la voluntad soberana del pueblo. Esto es lo que piensan y desean los que votan por ellos.

A los ciudadanos le es cada vez más indiferente o irritante el comportamiento de quienes debieran ser sus líderes y conductores. Tanto en Europa como en los Estados Unidos la avidez de sus dirigentes y colectividades marca el auge y caída de las múltiples esperanzas electorales. Especialmente, cuando los perfiles ideológicos de las colectividades se desdibujan en el pragmatismo y, de alguna manera, se rinden a la idea de que todo va a seguir igual en la economía como en las perspectivas de desarrollo de sus poblaciones. Tal es así que ya da lo mismo elegir a republicanos o demócratas, a conservadores o socialdemócratas, cuando el triunfo en las urnas de partidos progresistas, como ocurriera en Grecia hace algunos años, llevara posteriormente a los elegidos a aplicar las mismas medidas que quienes los antecedieron en sus cargos. Es decir, acatando las recomendaciones del Banco Mundial y otras entidades internacionales.

Ya se vio antes cómo los archirrivales partidos políticos alemanes consolidaron un acuerdo para gobernar al país y repartirse amigablemente los cargos de la administración pública. Incluso ahora el arribo de una neofascista en Francia lo más probable es que se comporte de la misma manera que sus antecesores. Es decir, que todo lo deje muy parecido.

En América Latina está por verse que el gobierno de Petro, en Colombia, o de Lula, en Brasil, vayan a representar un cambio de rumbo real en el modelo económico que rige al Continente. Y no suceda lo que pasó en Argentina de Macri a Fernández en que solo se ha profundizado la crisis, la desigualdad social, la corrupción y la misma desesperanza popular.




Ya vemos cómo en Chile poco a poco las promesas de los partidos de izquierda que eligieron a Gabriel Boric empiezan a tropezar con la realidad, con el poder y los dictámenes de quienes se siguen sintiendo los dueños del país, por más que antes el triunfo de la Concertación y ahora de esa infinidad de expresiones vanguardistas les haya causado temor o escozor.

Una vez en La Moneda, el nuevo mandatario nombra como ministro de Hacienda a quien le dio plenas garantías al mundo empresarial y a los políticos de derecha que valoran el él su ponderación, prudencia y otros atributos que garantizan que el orden heredado de la Dictadura Militar y de sus sucesores no sería trastocado, como tanto se prometió en la contienda electoral. Y aunque se habla de que tendremos reformas previsional y tributaria, todos los días se nos advierte de que éstas solo podrán avanzar en la “medida de lo posible”, que tendrán sí o sí que ser negociadas con un parlamento de oposición y con ese conjunto de gremios patronales que manejan con sus poderosos medios de comunicación e influyen muy determinantemente en una población de pobre espíritu cívico. Tanto así que el propio proceso constituyente culminó con una inmensa oposición ciudadana que, como se sabe, prefirió pasarle la cuenta a los primeros meses del nuevo gobierno, a sus innegables desprolijidades y a su incapacidad de frenar la acción de la delincuencia desenfrenada, lo que hoy, sin duda, continúa siendo lo que más preocupa a los chilenos. Por sobre la inflación, el aumento del desempleo y el grave deterioro del poder adquisitivo de la población.

Es evidente que luego del fracaso por dotarnos de una nueva Constitución en que los que realmente trabajaron en una propuesta fueron elegidos por la ciudadanía, lo que tenemos hoy es la colusión de todos los partidos de derecha, centro e izquierda que se han concertado en el Parlamento por un nuevo intento de reforma constitucional que será esta vez estrictamente acotado en sus márgenes o “bordes” de acción, puesto que le reservará a tres instancias superiores nominadas a dedo por las cúpulas políticas la aceptación y redacción definitiva de una  “buena”carta magna, como tanto se proclama. Ello significa que el texto que debe evacuar la nueva entidad constituyente “elegida por el pueblo” podrá ser enmendado parcial o fundamentalmente por los representantes de los legisladores y los acuerdos partidistas prácticamente de todo el espectro político.

Ciertamente, se trata de una defección democrática escandalosa que, sin embargo, pudiera nuevamente ser abortada en el llamado “plebiscito de salida” que se le reserva finalmente a los ciudadanos y donde podrán decir solo si o no al texto que resulte de todos los filtros ya señalados  para que finalmente resguarde el sistema institucional heredado, con algunas enmiendas o retoques, la Constitución Pinochet Lagos que todavía nos rige.

A punto de salir de vacaciones, la clase política está eufórica y se apresta a enfrentar un nuevo proceso electoral para elegir a los nuevos constituyentes en un proceso de nominación de candidatos que solo le corresponde ahora a los partidos y ya nada a los referentes sociales. Así como que en esta oportunidad solo se aceptarán a candidatos independientes que sean nominados por los partidos. Aunque la paridad, al menos, será respetada de tal manera que lo que resulte como Constituyente tendrá el mismo número de hombres y mujeres. La única decisión podríamos señalar democrática, además el voto ciudadano obligatorio, que se ha instaurado después de estos últimos procesos. Lo que ciertamente inquieta a los partidos y maquinarias por lo complejo que resulta prever los resultados electorales con tantos sufragantes.

Aunque todo está ahora bien normado y acotado por una democracia que sigue secuestrada, es poco previsible que en este nuevo año la popularidad del gobierno de Boric vaya a remontar de sus alicaídas cifras. Cuando el nuevo Presidente viene desahuciado tanto sus promesas y se encuentra empeñado en hacer todo por consenso con la oposición y los poderes fácticos. Incluso a remover ministras y otras personas de su confianza presionado por los medios informativos y una derecha que se taima y se retira de las mesas de diálogo con el Ejecutivo.

 

Por Juan Pablo Cárdenas

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Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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