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La profecía de la hierba: De la huerta valenciana al cielo de Nueva York

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La ligereza del triunfo

El fútbol posee una memoria caprichosa. A menudo decide guardar en sus archivos de alta definición goles agónicos en el minuto noventa o regates imposibles ejecutados bajo la presión del espectáculo global. Sin embargo, las imágenes que verdaderamente se quedan a vivir en el inconsciente colectivo suelen ser las más sencillas, aquellas que despojan al juego de su artificio y lo devuelven a su estado de gracia primigenio.

El pasado domingo, tras la consagración de España frente al combinado argentino sobre el césped del MetLife Stadium en Nueva York, la transmisión televisiva nos regaló un cuadro hermoso en su absoluta y pura simplicidad: Lamine Yamal y Nico Williams, tumbados de espaldas sobre el césped, mirando hacia el firmamento. En medio del estruendo, disfrutaban de ese momento cúlmine tal como alguna vez lo evocó el inolvidable verano del 68 en las notas de Pink Floyd —«mis amigos están tirados bajo el sol, ojalá estuviera allí»—, para luego fundirse en un abrazo fraterno.

En un deporte sofocado por las presiones de millones de dólares, contratos de patrocinio, exigencias corporativas y la vorágine anestesiante de las redes sociales, ver a dos muchachos de 19 y 24 años reposando en la hierba poseía la fuerza de la poesía pura. No había allí pose calculada ni una celebración estudiada para el consumo efímero de TikTok. Era, simplemente, la pausa tras la tormenta; la ligereza inefable de quien acaba de tocar la gloria con las manos y, en lugar de erigirse un monumento a sí mismo, prefiere descansar la espalda sobre el pasto.




Esa postal congelada dice mucho más sobre el espíritu del juego contemporáneo que cualquier minucioso análisis táctico. Encarna la irreverencia de una nueva generación que salta al campo como si estuviera en el patio del colegio, ajena al peso de la historia, a la gravedad del entorno y a los viejos fantasmas del pasado. Frente a un rival curtido y experimentado como la albiceleste, ellos no salieron a «sufrir» la final: salieron a habitarla con gozo. Y cuando la batalla llegó a su fin, el premio mayor no fue solo la copa de oro, sino la complicidad de dos amigos compartiendo un respiro en la cúspide del planeta.

Lamine y Nico sobre la hierba nos recordaron las razones primordiales por las cuales nos enamoramos de la pelota cuando éramos niños, suspendiendo por un instante las sombras e irregularidades de este torneo. Nos mostraron que, a veces, la victoria más profunda no consiste en erguirse a recibir el aplauso de la multitud, sino en saber tumbarse a contemplar el cielo con la serenidad de quien lo ha entregado todo y no le teme a nada.

Pero mientras observaba aquella imagen en la pantalla, un estremecimiento recorrió mi piel. Como un eco distante que atraviesa el Atlántico (“aquel gran charco”) y el tiempo, aquella estampa neoyorquina me devolvió de golpe la memoria y la voz premonitoria de nuestro querido amigo valenciano, Enrique.

  1. Las tardes de Rafelbunyol

Enrique, Elisa y Rosita, marzo del 2000, caminando por la costanera del mediterráneo. Crédito: Edison Ortiz.

 

De Nueva York a Valencia. Veinticinco años no son nada, o son el territorio exacto donde los presagios echan raíces. La imagen de esos dos jóvenes de origen africano reinando en el fútbol europeo hizo resurgir en mi retina las extensas conversaciones en Rafelbunyol, en el ardiente y húmedo verano de 2001, en las afueras de Valencia, mientras residía allí por motivos de estudio.

Aquel refugio lo habíamos descubierto gracias a Joaquín Aedo, un exiliado chileno a través de quien conocimos a Enrique Marco Senna —dentista de profesión, hermano mayor de la vida— y a su entrañable familia durante las fiestas de las Fallas en marzo del año anterior. En aquellos domingos inolvidables de la huerta valenciana, el ritual se repetía con la precisión del afecto: beber una pinta mientras Enrique preparaba pausadamente la paella; saborearla luego entre risas y sobremesas interminables, para culminar la jornada disfrutando de un buen café irlandés.

Fue en una de esas tardes, ante la creciente ola migratoria que comenzaba a transformar las costas del Mediterráneo con personas provenientes del África subsahariana, cuando Enrique me ofreció una reflexión que quedaría grabada a fuego. Con voz serena pero profundamente segura, me dijo:

—Edison, ellos algún día dominarán Europa. Fíjate: han atravesado el desierto del Sahara a pie, han cruzado el Mediterráneo en frágiles pateras, dejando a no pocos muertos en el camino, para llegar aquí con las manos vacías y sin un lugar donde dormir, solo para empezar de nuevo.

Esa determinación implacable resonó años después en las propias palabras que pronunció Lamine Yamal al hablar de sus orígenes: «Mi madre me tuvo con 16 años, que eso sí que es presión de verdad. Luego mi padre tuvo que ir a buscarse la vida, ir a coger cosas a la calle para poder traer comida a casa. Eso sí que es presión. Yo lo único que tengo que hacer es jugar y que la gente esté contenta».

Enrique culminó su pensamiento en aquel tórrido verano valenciano con una sentencia que en su momento sonó a audaz conjetura, pero que el tiempo ha terminado por certificar:

—Edison, ellos están desarrollando genes y una fortaleza vital que los harán superiores al hombre blanco europeo en un par de décadas más.

III. El mapa multicolor

Aquel vaticinio, que en 2001 parecía una divagación de sobremesa, cuyas sentencias se volvían más audaces tal vez por el efecto del café irlandés, ha encontrado en la alta competencia deportiva su evidencia más incuestionable. La mutación de las selecciones europeas —Francia, Inglaterra, Alemania o la mismísima España— refleja hoy la fisonomía de un continente mestizo y multicolor.

 

 

La selección de Francia, símbolo del mundo multicolor de hoy. Crédito: https://www.facebook.com

 

Donde antes predominaban alineaciones compuestas exclusivamente por jugadores blancos —basta evocar los cuadros clásicos de Alemania, Inglaterra, Italia o la antigua Yugoslavia—, comenzó a gestarse un proceso irreversible. Aunque los mundiales de 1974 y 1978 mostraron las primeras fisuras con la irrupción de selecciones como Zaire o Haití, y Francia rompió los moldes tradicionales al incorporar a figuras como Marius Trésor, casi medio siglo después la transformación es absoluta. El fútbol europeo, al igual que sus ciudades y sus aulas, es hoy indudablemente diverso. Se confirmó en la Eurocopa de 2024 y ha quedado sellado de forma incontestable en este reciente y debatido mundial.

Al ver a Lamine y a Nico descansando sobre la hierba, no pude sino rendir un homenaje silencioso al presagio de mi amigo valenciano. Enrique ya no está entre nosotros para escucharlo de mis labios, pero su memoria permanece viva a través de su capacidad para comprender la historia antes de que esta sucediera, justo cuando España dejaba atrás los últimos vestigios de su transición y abría sus puertas al mundo.

En su residencia habité un espacio de acogida generosa. Durante semanas, y a veces por más de un mes consecutivo, compartí la vida con un hombre que enriqueció profundamente nuestra existencia, junto a su esposa Elisa y sus hijos Joan y Andrea. Evoco aquellos tiempos junto a Rosita, cuando la cotidianeidad de nuestros amigos valencianos, de sus parientes y vecinos, comenzaba a teñirse de diversidad con la llegada de niños de color adoptados, mientras las pateras arreciaban en el Mediterráneo trayendo a familias como las de Yamal o Williams.

 

Enrique Marco Sena. Crédito: Rosa Acevedo. Fotografía mejorada con IA

Recuerdo con especial devoción la biblioteca de Enrique, situada en el entrepiso de su casa. Se accedía a ella tras cruzar una puerta en cuyo frontis colgaba la imagen de un occiso semidesnudo con una etiqueta amarrada al dedo gordo del pie izquierdo, guiño macabro que delataba su particular humor negro. En su escritorio, donde leía y fumaba incansablemente en su eterna pipa, destacaba un cráneo humano auténtico que, rodeado de libros y humo, perdía toda solemnidad para convertirse en un objeto de grata conversación.

Aquel santuario era para mí un territorio fascinante, repleto de volúmenes que iban desde las gestas medievales de Tirant lo Blanch hasta la literatura contemporánea de Orhan Pamuk o las páginas irónicas de P. G. Wodehouse en ¡Pues vaya!, monumento a la sutileza británica. Aunque jamás se lo dije explícitamente, siempre tuve la certeza de que Enrique ejercía la odontología por necesidad profesional, pero era un intelectual consumado por estricta elección personal.

  1. La distancia y la huella

El tiempo y la vida terminaron por imponer sus distancias. Dejé de ver a la familia en julio de 2009, en medio de vertiginosos viajes de trabajo. Había sido invitado a exponer en las Escuelas de Verano del Centro Extremeño de Cooperación con Iberoamérica (CEXECI) y a participar en un curso sobre comunicación política en la Academia Diplomática de Madrid. En esa ocasión, Rosita permaneció con ellos la mayor parte del tiempo mientras yo cumplía compromisos. No conservo en mi memoria el instante preciso de la última despedida con Enrique y Elisa.

Posteriormente vinieron el nacimiento de mi hijo Agustín y mi proceso de separación. Rosita volvió a visitarlos e incluso residió en su casa cerca de un mes en 2014. Yo regresé a España en 2014 y 2017, pero los senderos no volvieron a cruzarse; las fracturas personales me alejaron temporalmente de su entorno. En 2017, de viaje nuevamente junto a Rosita y mi hijo Agustín, buscaba un reencuentro con esa tierra y con su gente para agradecerles no solo la generosidad material que nos brindaron, sino, sobre todo, la formación integral —en lecturas, cultura, gastronomía y afecto— cultivada en aquella casa de la huerta. Sin embargo, el encuentro no fue posible.

Luego sobrevinieron el estallido social en Chile y la paralización global de la pandemia. A través de Rosita me enteré de que, en medio de esos años convulsos, a Enrique se le había diagnosticado Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), la misma dolencia letal que padeciera el físico Stephen Hawking. Aquella enfermedad fue devastando progresivamente su cuerpo de pies a cabeza, hasta que la muerte lo alcanzó en noviembre de 2023, otorgándole el descanso que tan pacientemente anhelaba. Apenas dos meses antes de su partida, en un viaje relámpago en el que acompañé al entonces ministro de agricultura a inaugurar una escuela de verano en Santander, la premura y la distancia me impidió volver a abrazarlo.

Rosita mantiene hasta hoy una comunicación fluida con Elisa. Yo he conversado con ella en un par de ocasiones, aunque sin haber podido expresarle aún estas palabras que hoy escribo. Las cenizas de Enrique descansan hoy en el jardín de su propiedad, en La Pinada, el mismo rincón donde solía encender su pipa para luego tenderse en la hamaca durante las tardes estivales a conversar de manera «rota e interrumpida», como le gustaba definir a Unamuno.

  1. La belleza de lo inevitable

Pretendemos viajar a España hacia el final del próximo verano. Queremos recorrer la fiesta de las Fallas, reencontrarnos con los amigos de Madrid, Extremadura y Valencia, y acudir finalmente a La Pinada. Allí, sobre la tierra donde reposa, me gustaría decirle a Enrique lo mismo que aquí queda consignado: que aquella tarde del verano de 2001, su lucidez se adelantó un cuarto de siglo a los acontecimientos del mundo.

Pese a la marea de discursos racistas y xenófobos que hoy reflotan tanto en Europa como en Chile y en diversos rincones del planeta, la realidad ha tomado su propio curso. El mundo es hoy irrevocablemente múltiple, diverso y colorido. La visión que un dentista e intelectual valenciano compartió junto a una paella y un café irlandés se ha desplegado ante los ojos del planeta entero.

Dos jóvenes de piel oscura, tumbados sobre el césped de Nueva York y contemplando el infinito tras ganar un mundial, nos devolvieron la fe en la poesía del juego. En esa estampa sencilla y luminosa se condensan la memoria, la profecía de mi amigo y la belleza inapelable de un mundo que ha aprendido a no pesarle a la tierra.

Nico Williams y Lamine Yamal. Campeones del mundo. Crédito: https://www.facebook.com/MundoDeportivo.com

 

Edison Ortiz



Edison Ortiz

Doctor en Historia. Profesor colaborador MGPP, Universidad de Santiago

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