
Cuando las crisis dejan de ser excepciones
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La política no cambia necesariamente por una gran crisis. Cambia cuando la ciudadanía comienza a interpretar hechos distintos como parte de un mismo problema. Ese proceso parece comenzar a instalarse en torno al Gobierno de José Antonio Kast.
Los gobiernos no comienzan a desgastarse porque enfrenten una crisis. Todos los gobiernos las enfrentan. Lo que marca un cambio de ciclo es otra cosa: el momento en que cada nuevo episodio deja de ser interpretado como un hecho aislado y pasa a confirmar una percepción que ya empieza a instalarse en la opinión pública.
Ese parece ser el desafío que enfrenta hoy el Gobierno del presidente José Antonio Kast.
En pocos días se han sucedido acontecimientos de naturaleza muy distinta: la aprobación de una megarreforma profundamente divisiva; el deterioro de las encuestas de aprobación presidencial; el peor registro de expectativas sobre el futuro desde que Cadem inició esa medición en 2015; las críticas por la respuesta inicial frente al sistema frontal; la salida del subsecretario de Hacienda tras un test positivo de drogas; el mantenimiento de los aranceles impuestos por Estados Unidos a productos chilenos; la investigación que afectó a un seremi y motivó su salida del cargo; y ahora un incendio en un tren del Metro de Santiago que alteró el funcionamiento de una parte importante del transporte capitalino.
No todos esos hechos tienen el mismo origen.
No todos dependen del Gobierno.
No todos poseen la misma gravedad.
Sin embargo, la política rara vez funciona como un expediente judicial donde cada caso se analiza por separado.
La ciudadanía tiende a construir relatos.
Y son esos relatos los que terminan definiendo el clima político.
Ese cambio resulta especialmente delicado para una administración cuya principal promesa electoral fue el orden.
José Antonio Kast no llegó a La Moneda prometiendo únicamente crecimiento económico o reformas tributarias. Su propuesta se articuló sobre una idea más amplia: restablecer el orden en la seguridad pública, en la administración del Estado, en las cuentas fiscales y en el funcionamiento de las instituciones. El orden no era un programa sectorial. Era el eje que daba coherencia a todo el proyecto político.
Por eso el problema que comienza a enfrentar el Ejecutivo no consiste únicamente en resolver cada controversia.
Consiste en evitar que todas ellas empiecen a ser leídas como expresiones de una misma dificultad para conducir el país.
En política, la percepción suele adquirir tanta importancia como los hechos.
Un incendio en el Metro puede obedecer a una falla técnica o a múltiples causas que deberán establecer las investigaciones correspondientes. La renuncia de un seremi puede responder a circunstancias individuales. Una emergencia climática siempre implica desafíos extraordinarios para cualquier administración.
Pero cuando esos episodios se acumulan en un corto período, dejan de ser evaluados únicamente por sus características propias. Empiezan a incorporarse a una narrativa más amplia sobre la capacidad del Gobierno para ejercer liderazgo.
Eso explica la rapidez con que la oposición intenta construir un nuevo marco interpretativo.
El diputado socialista Daniel Manouchehri resumió esa estrategia al afirmar que «el Gobierno que prometió orden está perdiendo el control«. Más allá del juicio político contenido en esa frase, su importancia radica en otra dimensión: intenta redefinir el atributo central con el que el oficialismo construyó su identidad ante la ciudadanía.
Las encuestas muestran que ese intento encuentra un contexto particularmente favorable.
La última medición de Cadem no solo refleja un aumento de la desaprobación presidencial. También registra el peor nivel de expectativas sobre el futuro desde 2015 y una capacidad de ahorro de los hogares que permanece extraordinariamente baja.
Ese dato merece una atención especial.
Las sociedades no cambian únicamente cuando empeoran los indicadores económicos.
Cambian cuando dejan de creer que el futuro será mejor.
John Maynard Keynes llamó animal spirits a esa combinación de confianza, optimismo y expectativas que impulsa las decisiones económicas. Décadas después, George Akerlof y Robert Shiller demostraron que esos factores psicológicos pueden resultar tan decisivos como las variables estrictamente económicas.
La política conoce desde hace tiempo ese mismo fenómeno.
Cuando predominan las expectativas positivas, los gobiernos disponen de mayor margen para administrar errores, enfrentar contingencias y pedir tiempo para que sus reformas produzcan resultados.
Cuando las expectativas se deterioran ocurre exactamente lo contrario.
Cada nuevo problema pesa más que el anterior.
Cada explicación resulta menos convincente.
Cada crisis encuentra una ciudadanía más predispuesta a interpretarla como confirmación de una percepción ya instalada.
Es precisamente ese cambio de clima el que comienza a insinuarse.
La aprobación de la megarreforma constituye una paradoja reveladora. El Gobierno consiguió sacar adelante la iniciativa económica más importante de su mandato, pero no logró traducir ese triunfo legislativo en una recuperación de la confianza ciudadana. El optimismo prometido por el Ejecutivo no aparece en las encuestas. Por el contrario, el pesimismo alcanza niveles inéditos.
Eso obliga a formular una pregunta distinta.
Ya no basta con preguntarse si la megarreforma atraerá inversiones o acelerará el crecimiento.
La cuestión política consiste en determinar si los ciudadanos percibirán que esos beneficios llegarán efectivamente a sus hogares o si continuarán considerando que las principales ventajas recaen sobre las grandes empresas mientras la economía familiar permanece estancada.
Los próximos días serán decisivos.
No porque un nuevo episodio determine por sí solo el destino del Gobierno.
Sino porque permitirán observar si continúa consolidándose un fenómeno más profundo: la transformación del clima político.
Los gobiernos no suelen perder legitimidad por una sola crisis.
Empiezan a perderla cuando la ciudadanía deja de ver las crisis como excepciones y comienza a reconocer en ellas un patrón.
Ese es el momento en que cambia el relato.
Y cuando cambia el relato, comienza a cambiar también la política.
Simón del Valle





