
Cuando el sentido común cambia de lado: las señales de repliegue del Gobierno de Kast
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La caída de José Antonio Kast en las encuestas coincide con un fenómeno político más profundo: las principales reformas que buscaban redefinir el modelo económico y social del país también comienzan a perder respaldo ciudadano. Mientras La Moneda marca distancia de algunas propuestas impulsadas por el Partido Republicano y el Partido Nacional Libertario, se abre una interrogante sobre la capacidad del Gobierno para instalar su proyecto como el nuevo sentido común de Chile. Los límites de su batalla cultural.
Toda coalición que llega al poder aspira a algo más que gobernar. Aspira a instalar una nueva forma de entender la realidad. A convertir sus prioridades en las prioridades del país. A que sus ideas dejen de ser patrimonio de un sector político para transformarse en aquello que la mayoría considera razonable, natural o inevitable.
Cinco meses después de asumir el poder, el gobierno de José Antonio Kast enfrenta precisamente el desafío contrario.
La nueva encuesta Pulso Ciudadano no sólo registra la aprobación presidencial más baja desde el inicio de la administración —28,9%—. Lo verdaderamente significativo es que también aparecen debilitadas varias de las iniciativas que constituían el corazón de su proyecto político.
La ciudadanía rechaza mayoritariamente la rebaja del impuesto corporativo, la invariabilidad tributaria para grandes inversiones, la flexibilización de la jornada laboral de 40 horas y el proyecto «Escucha su corazón«. No son proyectos secundarios. Son las piezas que expresan la concepción económica y cultural con la que la derecha llegó a La Moneda.
Cuando las ideas centrales de un gobierno dejan de generar adhesión social, el problema deja de ser comunicacional. Comienza a ser político.
Del triunfo electoral al consenso social
Las elecciones entregan poder institucional. El sentido común se construye de otra manera.
Un gobierno puede ganar ampliamente una elección y, sin embargo, descubrir meses después que la sociedad no está dispuesta a acompañarlo en todas sus transformaciones.
Eso parece comenzar a ocurrir con la administración Kast.
Durante los primeros meses el Ejecutivo sostuvo que la baja en las encuestas respondía al costo inevitable de iniciar reformas profundas. Era una explicación plausible para una administración recién instalada.
Sin embargo, los datos comienzan a mostrar algo distinto.
No sólo disminuye la aprobación presidencial. También retrocede el respaldo a las políticas concretas que debían expresar el nuevo rumbo económico y cultural del país.
La discusión ya no gira únicamente sobre quién gobierna, sino sobre hacia dónde quiere avanzar Chile.
La economía ya no basta
La llamada «Reconstrucción Nacional» fue presentada como un cambio de paradigma.
Reducción de impuestos a las empresas, garantías de estabilidad tributaria por largos períodos, flexibilización laboral y mayor protagonismo del sector privado componían una visión según la cual el crecimiento económico terminaría beneficiando al conjunto de la sociedad.
Pero esa narrativa comienza a encontrar resistencia.
La persistencia del desempleo, el deterioro de las expectativas económicas y la sensación de estancamiento han dificultado que ese relato consiga legitimidad social.
Cuando la incertidumbre aumenta, la ciudadanía suele demandar mayor protección. El Gobierno, en cambio, ha insistido en reformas que muchos perciben como beneficios concentrados en las grandes empresas o como una flexibilización de derechos laborales.
Esa distancia comienza a reflejarse en las encuestas.
La batalla cultural tampoco despega
Algo similar ocurre con la agenda valórica.
El proyecto «Escucha su corazón» fue concebido por sectores del oficialismo como una forma de reabrir el debate sobre el aborto sin derogar directamente la ley de las tres causales.
Sin embargo, la encuesta muestra un rechazo superior al 50%.
No es un dato menor.
Chile ha demostrado en la última década que puede mantener posiciones moderadas en materias valóricas incluso cuando el electorado gira hacia la derecha en otros ámbitos.
Confundir mayoría electoral con mayoría cultural suele ser uno de los errores más frecuentes de los gobiernos recién llegados.
Las primeras señales de moderación
Quizás el dato político más interesante de las últimas semanas no proviene de las encuestas.
Proviene del propio Gobierno.
Mientras parlamentarios del Partido Republicano y del Partido Nacional Libertario han promovido iniciativas como privatizar Codelco, restringir aún más el aborto mediante el proyecto «Escucha su corazón», reducir el número de diputados, eliminar el Instituto Nacional de Derechos Humanos o impulsar indultos para condenados por violaciones a los derechos humanos durante el estallido social, La Moneda ha comenzado a marcar cierta distancia respecto de algunas de esas propuestas.
No significa una ruptura con sus aliados.
Significa algo probablemente más relevante: el Ejecutivo parece comprender que no toda la agenda del oficialismo encuentra respaldo ciudadano.
Es un movimiento habitual en los gobiernos cuando advierten que determinadas banderas movilizan a su base política, pero alejan al electorado más amplio que necesitan para sostener gobernabilidad.
La disputa que recién comienza
Antonio Gramsci sostenía que gobernar consiste también en construir hegemonía: lograr que determinadas ideas aparezcan como el sentido común de una época.
Toda administración intenta hacerlo.
Los primeros meses del gobierno Kast parecían orientados precisamente en esa dirección: redefinir el modelo económico, reinstalar una agenda conservadora en materias culturales y desplazar el eje del debate político hacia la seguridad y el crecimiento.
Cinco meses después, los resultados comienzan a sugerir que esa operación encuentra límites importantes.
El Presidente conserva el poder institucional que le otorgaron las urnas.
Lo que comienza a erosionarse es algo distinto: la capacidad de convencer a una mayoría de que ese proyecto representa el camino natural para el país.
Y cuando un gobierno empieza a perder la disputa por el sentido común, suele verse obligado a administrar con más pragmatismo que convicción.
Simón del Valle





