
Desempleo llega al 9,5%: la economía chilena destruye empleo formal y enciende nuevas señales de alerta
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La desocupación alcanzó su nivel más alto en cinco años y ya no puede explicarse solamente por factores estacionales. Caen los ocupados y el empleo asalariado formal, mientras aumenta la informalidad. El dato se conoce después de que el PIB retrocediera 0,2% durante el segundo trimestre y agrega una nueva señal de debilidad a una economía que todavía no logra transformar las expectativas de inversión en crecimiento y puestos de trabajo.
La tasa de desempleo en Chile llegó a 9,5% durante el trimestre mayo-julio de 2026, su nivel más alto en cinco años y un nuevo signo del deterioro que viene mostrando el mercado laboral.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Empleo publicada este viernes por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la desocupación aumentó 0,8 puntos porcentuales en doce meses, desde el 8,7% registrado en igual período del año pasado.
La cifra iguala niveles que no se observaban desde 2021, cuando el país todavía atravesaba las consecuencias económicas y laborales de la pandemia.
Pero posiblemente más relevante que el 9,5% sea lo que está ocurriendo debajo de esa cifra.
La fuerza de trabajo aumentó 0,7% durante los últimos doce meses, mientras el número de personas ocupadas cayó 0,2%. Como consecuencia, los desocupados aumentaron nada menos que 10,4%, impulsados por un incremento de 9,4% entre quienes habían perdido su empleo y de 20,9% entre quienes buscan trabajo por primera vez.
Es decir, no estamos solamente ante un aumento estadístico provocado por la incorporación de más personas al mercado laboral. La economía está destruyendo puestos de trabajo en términos interanuales.
El empleo formal retrocede
Otro indicador permite observar con mayor precisión la profundidad del problema.
Los asalariados formales disminuyeron 2,4% en doce meses, mientras la tasa de ocupación informal llegó al 26,5%, medio punto porcentual por encima de la registrada hace un año.
La combinación resulta especialmente significativa: mientras disminuye el empleo formal, aumenta el número de trabajadores informales.
Por sectores económicos, las mayores caídas de ocupación se registraron en información y comunicaciones (-14,6%), enseñanza (-3,3%) e industria manufacturera (-2,7%).
También disminuyó la cantidad de trabajo efectivamente realizado. El volumen total de horas trabajadas cayó 1,8% en doce meses y el promedio de horas trabajadas retrocedió 1,7%, hasta 36,4 horas semanales.
Son indicadores que describen un mercado laboral bastante más débil de lo que podría sugerir únicamente la tasa de desempleo.
Las mujeres continúan siendo las más afectadas. Su tasa de desocupación alcanzó 10,3%, frente al 8,9% de los hombres.
Una tendencia que se viene instalando
El nuevo registro tampoco aparece de manera repentina.
En marzo-mayo el desempleo había llegado a 9,4% y durante abril-junio se mantuvo en ese mismo nivel. Ahora avanza hasta 9,5%.
Son ya cuatro trimestres móviles consecutivos con una tasa superior al 9%.
El deterioro coincide además con el debilitamiento de la actividad económica observado durante los primeros meses del gobierno de José Antonio Kast.
Las últimas Cuentas Nacionales publicadas por el Banco Central mostraron que el PIB cayó 0,2% interanual durante el segundo trimestre de 2026. La economía tampoco creció respecto del trimestre anterior una vez descontados los factores estacionales.
El retroceso estuvo influido especialmente por la minería y la caída de las exportaciones. El PIB no minero, en cambio, mostró crecimiento gracias principalmente a servicios personales y comercio.
Junio entregó una señal algo más favorable: el Imacec aumentó 2,4% interanual y 0,6% respecto del mes anterior en términos desestacionalizados. Pero ese repunte todavía no alcanza para modificar el cuadro general del primer semestre.
Consumo e inversión pierden fuerza
El problema laboral adquiere mayor importancia porque comienza a interactuar con otras variables.
El Banco Central ya había advertido en su Informe de Política Monetaria de junio que la creación de empleo era débil y que varios de los fundamentos que sostienen el consumo de los hogares se estaban deteriorando.
Por eso redujo su proyección de crecimiento para 2026 desde el rango de 1,5%-2,5% previsto en marzo a apenas 1%-1,75%.
También revisó a la baja sus estimaciones de consumo privado e inversión para este año.
Los datos posteriores han confirmado parte de esas señales. Durante el segundo trimestre el consumo privado perdió dinamismo y la formación bruta de capital fijo dejó de crecer interanualmente.
Se configura así un circuito conocido: menos empleo formal significa menor seguridad de ingresos; ello contiene el consumo de los hogares y una demanda más débil reduce a su vez los incentivos de las empresas para contratar e invertir.
Existe, sin embargo, una señal diferente en el horizonte de mediano plazo. Los catastros de grandes proyectos muestran importantes inversiones previstas para los próximos años, particularmente en minería y energía. El problema es el desfase entre esas expectativas y lo que ocurre actualmente en el mercado laboral.
Salarios reales suben, pero para quienes conservan su empleo
No todos los indicadores son negativos.
Las remuneraciones reales aumentaron 3,2% interanual en junio, según el INE, mientras la inflación anual se situó en 3,5% en julio.
Los trabajadores que mantienen empleos formales han experimentado, por tanto, cierta recuperación de su poder adquisitivo.
Pero esa mejoría convive con una reducción de los asalariados formales y un aumento del desempleo y la informalidad. El resultado es una economía laboral cada vez más fragmentada: quienes conservan empleos estables pueden recuperar ingresos reales mientras una parte creciente de la población encuentra mayores dificultades para ingresar o permanecer en el mercado formal.
La promesa de la reactivación
El dato conocido este viernes toca directamente uno de los principales argumentos económicos del gobierno.
La administración de José Antonio Kast ha presentado su denominada megarreforma económica como el instrumento destinado a recuperar la inversión, acelerar el crecimiento y generar empleo mediante rebajas tributarias, incentivos al capital y nuevas condiciones para grandes proyectos.
La hipótesis oficial es que una mayor rentabilidad esperada para la inversión privada terminará expandiendo la actividad y el empleo.
Pero existe inevitablemente un problema de tiempos.
Los incentivos pueden eventualmente producir inversiones futuras, pero los hogares necesitan empleo e ingresos ahora. Y durante los primeros meses del nuevo gobierno los indicadores laborales han avanzado precisamente en la dirección contraria.
El propio Banco Central ha advertido además que el consumo privado enfrenta fundamentos menos favorables debido a la débil creación de empleo, mientras la inversión perdió dinamismo durante la primera mitad del año.
A ello se agrega la política fiscal. El Ejecutivo se comprometió a reducir progresivamente el déficit estructural y mantener la deuda pública bajo un ancla de 45% del PIB, estrategia que supone restricciones al crecimiento del gasto mientras simultáneamente se reducen determinados ingresos tributarios.
La discusión económica que comienza a instalarse, por tanto, no consiste solamente en determinar si las reformas gubernamentales favorecerán inversiones en algunos años. También obliga a preguntar qué ocurrirá durante el período intermedio y quién absorberá el costo del ajuste.
Del crecimiento prometido al empleo perdido
Un desempleo de 9,5% no permite por sí solo afirmar que Chile atraviese una crisis económica. La inflación está bastante más controlada que en años anteriores, los salarios reales han crecido y existen importantes proyectos de inversión en carpeta.
Pero tampoco resulta razonable interpretar el mercado laboral como una anomalía separada del resto de la economía.
El PIB retrocedió durante el segundo trimestre, la inversión perdió dinamismo, el consumo de los hogares se debilitó, disminuyó el número de ocupados y ahora también cae el empleo asalariado formal.
La cifra de este viernes introduce, por ello, una señal especialmente relevante.
Durante meses la discusión económica ha girado alrededor de expectativas: confianza empresarial, proyectos futuros, rebajas tributarias, permisos de inversión y una eventual aceleración del crecimiento.
El mercado laboral comienza a devolver la discusión al presente.
Detrás del 9,5% hay menos ocupados, menos asalariados formales, más personas buscando empleo y más trabajadores desplazándose hacia la informalidad.
Y esa diferencia entre la economía que se promete y la economía que efectivamente encuentran los hogares puede convertirse, si la tendencia continúa, en uno de los principales problemas económicos y políticos del gobierno durante la segunda mitad de 2026.





