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Joan Garcés reconstruye las horas previas al golpe: el plebiscito de Allende, la caída de Prats y la traición de Pinochet

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El estrecho colaborador de Salvador Allende y uno de los artífices de la detención de Augusto Pinochet en Londres recordó en una entrevista con Faride Zerán los días que precedieron al golpe de Estado. Su relato vincula la salida democrática que preparaba Allende, la renuncia del general Carlos Prats y el papel desempeñado por Pinochet. Garcés sostiene que sobrevivió porque el propio presidente le ordenó abandonar La Moneda para que alguien pudiera contar lo sucedido.

A 53 años del golpe de Estado, Joan Garcés vuelve sobre las horas que precedieron al bombardeo de La Moneda desde una posición excepcional: no como historiador que reconstruye documentos décadas después, sino como uno de los hombres que estuvieron junto a Salvador Allende hasta la mañana del 11 de septiembre de 1973.

En una extensa entrevista concedida a la periodista Faride Zerán en el programa Tiempos que muerden, de Radio Universidad de Chile y U de Chile TV, el jurista y cientista político español reconstruye una secuencia que ayuda a comprender la magnitud de lo ocurrido en aquellas semanas: la crisis que terminó con la renuncia del comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats; el ascenso de Augusto Pinochet; los planes del gobierno para enfrentar una eventual sublevación militar y la decisión de Allende de convocar a los ciudadanos para buscar una salida democrática a la crisis.

Y también revela por qué él pudo contarlo.

“Alguien tiene que contar lo que aquí ha pasado”

Garcés estaba dentro de La Moneda cuando las fuerzas golpistas comenzaron su ataque. Minutos antes del bombardeo, recuerda, Allende reunió a sus colaboradores civiles y les dio libertad para abandonar el palacio. Nadie quiso hacerlo.

Fue entonces cuando el presidente le ordenó personalmente salir.

Garcés relata que se resistió y pidió explicaciones. Una de las razones que Allende le dio fue que alguien debía contar lo sucedido y que él estaba en condiciones de hacerlo porque conocía directamente su estrategia política y muchas de las decisiones adoptadas en los días anteriores.

La escena adquiere otra dimensión cuando Garcés recuerda que varios de quienes permanecieron junto al mandatario serían posteriormente ejecutados.

“Si estoy vivo”, explica en la entrevista, el primer eslabón fue aquella decisión de Salvador Allende.

No se trataba solamente de dejar un testigo. Garcés conocía conversaciones, decisiones y preparativos que habían permanecido en un círculo muy reducido del gobierno.

Entre ellos estaba la salida política que Allende preparaba para el mismo 11 de septiembre.

El plebiscito que no alcanzó a anunciarse

Garcés afirma que dos días antes del golpe Allende había comunicado a altos mandos militares su decisión de “abrir las urnas”, es decir, convocar a la ciudadanía para resolver mediante el voto la crisis política que atravesaba Chile.

La noche del 10 al 11 de septiembre, él mismo participó junto al presidente, los ministros de Defensa e Interior y el director de Televisión Nacional en la preparación del mensaje que Allende debía dirigir al país al día siguiente.

Para Garcés, este dato es decisivo.

“El mundo sabe” que Allende iba a llamar a un plebiscito, sostiene, porque él sobrevivió. La dictadura, agrega, mantuvo oculta esa voluntad de permitir que fueran los ciudadanos quienes escogieran “democrática y pacíficamente” el camino que querían para Chile.

El relato contradice así una imagen repetida durante décadas: la de un gobierno que había llegado a un callejón sin salida y frente al cual la intervención militar constituía la única resolución posible.

Según el testimonio de Garcés, ocurría precisamente lo contrario. Allende preparaba una consulta ciudadana en el mismo momento en que los conspiradores aceleraban el golpe.

La caída de Prats y el ascenso de Pinochet

Uno de los pasajes más reveladores de la entrevista corresponde a las semanas inmediatamente anteriores.

Garcés recuerda los acontecimientos del 21 y 22 de agosto de 1973, cuando una manifestación de mujeres frente a la residencia del comandante en jefe Carlos Prats terminó provocando una grave crisis dentro del Ejército. Entre quienes participaron había, según la información recibida entonces por el gobierno, esposas de generales en servicio activo.

Allende buscó evitar que aquella situación se transformara en el detonante de una sublevación.

En ese contexto aparece Augusto Pinochet, entonces considerado un general constitucionalista y hombre de confianza de Prats.

Según la reconstrucción de Garcés, Prats encargó a Pinochet conversar con los generales cuyas esposas habían participado en las manifestaciones y obtener de ellos una reafirmación de su lealtad al comandante en jefe.

La respuesta que Pinochet transmitió a Prats contribuyó, sostiene Garcés, a convencerlo de que su autoridad había quedado gravemente debilitada. Prats presentó su renuncia.

El episodio tuvo una consecuencia histórica.

Cuando Allende le preguntó quién debía reemplazarlo, Prats recomendó a Pinochet. Garcés recuerda que la confianza que este había construido como militar aparentemente leal a la Constitución era tan profunda que su nombre parecía entonces una garantía de disciplina institucional.

La paradoja es brutal: menos de tres semanas después, el hombre recomendado por Prats encabezaría el golpe que terminaría con la democracia chilena.

Para Garcés, Pinochet comenzó desde su nombramiento a preparar la ruptura.

El Plan Hércules utilizado al revés

Hay otro antecedente poco conocido que Garcés desarrolla en la entrevista: el denominado Plan Hércules.

Según explica, generales constitucionalistas encabezados por Prats y otros oficiales habían trabajado en un dispositivo destinado a reaccionar frente a una eventual insurrección militar. La doctrina era simple: si una parte de las Fuerzas Armadas se sublevaba, los mandos leales debían sofocar el levantamiento y preservar el orden constitucional.

Era, en esencia, un “contragolpe” destinado a defender la democracia.

Algo semejante había ocurrido durante el Tanquetazo de junio de 1973.

Pero el 11 de septiembre sucedió exactamente lo contrario.

“Cuando el bando lo encabeza Pinochet”, explica Garcés, se hace evidente que aquel dispositivo está siendo aplicado “en contra del gobierno, no para sofocar una insurrección, sino para dirigir la insurrección”.

Desde esa perspectiva, las últimas palabras de Allende adquieren para Garcés un significado concreto. Cuando el presidente habla de traición no está recurriendo solamente a una condena moral. Está hablando de mandos militares que habían conocido los mecanismos preparados para defender las instituciones y que terminaron utilizándolos contra esas mismas instituciones.

De La Moneda a Londres

La vida de Garcés volvería a cruzarse con la de Pinochet un cuarto de siglo después.

Como jurista, participó en el proceso que terminó con la detención del exdictador en Londres en 1998 y encabezó un equipo internacional de abogados que representó a miles de víctimas de asesinatos, desapariciones forzadas y torturas.

Para Garcés, la importancia de aquel caso excede ampliamente el destino personal de Pinochet.

Su principal consecuencia fue establecer que los crímenes de esa magnitud son imprescriptibles y que quienes los cometen pueden ser perseguidos fuera de las fronteras del país donde ocurrieron.

El precedente tiene, según él, un efecto disuasorio: cualquier miembro de las Fuerzas Armadas que contemple participar en crímenes semejantes sabe desde entonces que determinadas circunstancias pueden llevarlo a ser detenido y juzgado años más tarde y en otro país.

Pero Garcés atribuye al caso Pinochet otra consecuencia, específicamente chilena.

“Gracias a él los tribunales de Chile abrieron sus puertas a la investigación y a la sanción de estos crímenes”, afirma. Destaca además la posterior autocrítica de sectores de la magistratura respecto de la pasividad de los tribunales durante la dictadura y espera que esa experiencia ayude a sostener hoy el Estado de derecho.

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