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La trampa de Kast: ganó con las demandas de la gente, pero gobierna con las respuestas de la ultraderecha

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La última Cadem muestra algo más profundo que la caída en la evaluación del Gobierno: empleo, salarios, costo de vida y seguridad, las mismas demandas que ayudaron a llevar a José Antonio Kast a La Moneda, siguen sin respuesta. El 58% que obtuvo en segunda vuelta fue una amplia mayoría electoral, pero no necesariamente una mayoría ideológica para el proyecto de la ultraderecha.

José Antonio Kast ganó las elecciones de 2025 prometiendo responder a problemas muy concretos. Empleo, salarios, costo de vida, crecimiento económico, delincuencia, narcotráfico e inmigración estuvieron en el centro de una campaña que logró convertir el malestar acumulado en una amplia mayoría electoral. Seis meses después, varios de esos mismos problemas están regresando como un juicio sobre su gobierno.

La última encuesta Plaza Pública Cadem ofrece una fotografía especialmente reveladora. No solo porque vuelve a registrar el deterioro de la evaluación del Ejecutivo, sino porque permite observar dónde se está produciendo la fractura entre las expectativas creadas por Kast y la experiencia cotidiana de los ciudadanos.

Un 62% considera ahora que el gobierno ha sido peor de lo que esperaba, diez puntos más que en abril, mientras apenas un 8% sostiene que ha sido mejor. Al evaluar los primeros seis meses, los encuestados le ponen una nota promedio de 3,4 y el 51% lo califica con notas entre 1 y 3. Más preocupante para La Moneda puede resultar otro dato: 41% ya no espera cambios positivos durante este gobierno.




No estamos, por tanto, solamente ante una oscilación de popularidad presidencial.

Las promesas vuelven como problemas

Conviene regresar por un momento a diciembre de 2025.

Antes de que Kast asumiera, el 63% de los consultados por Cadem creía que tendría capacidad para hacer crecer la economía y generar empleo; 61% confiaba en que podría enfrentar la delincuencia y el narcotráfico; 60% esperaba que resolviera el problema migratorio y 57% pensaba que adoptaría medidas económicas que aliviarían el bolsillo de las familias.

No eran asuntos secundarios de su campaña. Fueron algunos de los pilares de su victoria.

Kast obtuvo alrededor del 58% de los votos en la segunda vuelta y construyó así una mayoría electoral mucho mayor que el universo republicano o que el sector ideológicamente identificado con la ultraderecha. Millones de personas votaron por él esperando respuestas a problemas materiales que arrastraban desde hacía años.

Ahora son precisamente esas expectativas las que comienzan a volverse contra el Gobierno.

Entre los principales errores de la administración que identifica la nueva Cadem aparecen el traspaso del aumento de los combustibles a los consumidores, con 38%; el bajo crecimiento y aumento del desempleo, con 32%; y haber generado expectativas difíciles de cumplir, con 25%.

La encuesta anterior ya había entregado señales todavía más duras sobre el estado de ánimo de la población. Un 91% evaluaba negativamente la situación del empleo y 82% tenía una percepción negativa de la situación económica para comprar bienes y servicios. El 52% afirmaba que sus ingresos alcanzaban solamente para llegar a fin de mes y otro 36% decía que directamente no alcanzaban.

Solo uno de cada diez podía pagar sus gastos y además ahorrar.

Es difícil encontrar una descripción más clara de las preocupaciones de una sociedad.

El malestar no era necesariamente de derecha

Aquí aparece una cuestión que probablemente Kast y los republicanos deberían observar con mayor atención.

El desempleado que reclama trabajo no está formulando necesariamente una demanda de derecha o de izquierda. Tampoco quien reclama mejores salarios, quien no llega a fin de mes o quien exige seguridad en su barrio. Son necesidades sociales concretas que pueden adquirir diferentes expresiones políticas dependiendo de quién consiga interpretarlas.

Kast tuvo éxito precisamente en esa operación.

Durante la campaña consiguió insertar problemas reales y cotidianos dentro de una explicación ideológica mucho más amplia. La delincuencia fue asociada al debilitamiento de la autoridad; la inmigración, a la pérdida de control de las fronteras; el estancamiento económico, al exceso de Estado, regulaciones e impuestos; y el deterioro general del país, a los gobiernos anteriores y a la izquierda.

El relato era sencillo: restablecer el orden, reducir el Estado, liberar la inversión, endurecer la política migratoria y derrotar políticamente a la izquierda permitiría recuperar crecimiento, empleo, seguridad y bienestar.

Pero gobernar somete ese relato a una prueba que una campaña electoral no tiene.

Seis meses después, la delincuencia sigue siendo una preocupación, el empleo atraviesa una situación crítica, el crecimiento se ha debilitado y una mayoría abrumadora manifiesta dificultades económicas.

Y ya resulta más difícil atribuirlo todo al pasado. Según la nueva Cadem, 54% responsabiliza principalmente al actual Gobierno por la situación económica, mientras 39% apunta a administraciones anteriores.

El tiempo político empieza a correr para Kast.

La paradoja de la megarreforma

La contradicción resulta todavía más interesante porque no puede afirmarse simplemente que Kast haya renunciado a su programa.

En algunos aspectos ha ocurrido exactamente lo contrario.

La megarreforma económica constituye el principal ejemplo. El Gobierno consiguió sacar adelante una transformación tributaria y económica largamente demandada por los grandes grupos empresariales y por la derecha: reducción de impuestos corporativos, reintegración del sistema y fuertes estímulos a la inversión, entre otras disposiciones.

Cadem registra incluso esa percepción. Entre los logros atribuidos al Gobierno aparecen la reducción del gasto público y la disciplina fiscal, con 17%, y la aprobación de la megarreforma, con 16%.

Es decir, Kast está haciendo cosas.

El problema es otro: las medidas que constituyen éxitos desde la perspectiva del programa ideológico republicano no necesariamente están resolviendo los problemas por los cuales una parte importante de la ciudadanía votó por Kast.

Una rebaja de impuestos a las empresas puede ser presentada como una condición para aumentar la inversión futura. Una reducción del gasto puede satisfacer el objetivo de disciplina fiscal. La desregulación puede ser celebrada por el empresariado.

Pero ninguna de esas explicaciones llena hoy el refrigerador de una familia, encuentra empleo para quien lleva meses buscándolo ni aumenta el salario de quien no consigue llegar a fin de mes.

Ahí comienza a abrirse la distancia entre programa y expectativa.

Votaron por Kast, pero no necesariamente por todo su proyecto

Este punto es fundamental para comprender la mayoría de 2025.

Kast no llegó a La Moneda únicamente con los votos republicanos. En segunda vuelta recibió sufragios provenientes de la derecha tradicional, de sectores que anteriormente habían apoyado a Franco Parisi e incluso de electores que difícilmente podrían clasificarse como adherentes ideológicos de la ultraderecha.

Ese voto tenía una condición: resultados.

Ya en junio, la encuesta ICSOH de la Universidad Diego Portales había encontrado una señal significativa. Un 29% de quienes reconocían haber votado por Kast consideraba que su gobierno estaba siendo peor de lo esperado.

Pero el mismo estudio entregaba otro dato todavía más interesante: 70% de los encuestados prefería que el Estado interviniera bastante o mucho en la economía. Esa opinión alcanzaba incluso al 60% entre quienes se identificaban con la derecha.

Hay aquí una contradicción que atraviesa al electorado chileno y que probablemente la campaña republicana consiguió ocultar.

Una persona puede pedir orden público y al mismo tiempo querer un Estado que garantice salud, educación y pensiones. Puede exigir control migratorio y simultáneamente mejores salarios. Puede votar por un candidato de derecha y esperar políticas públicas que doctrinariamente esa misma derecha considera excesivamente estatistas.

El voto no es un contrato ideológico.

Cuando la batalla cultural no alcanza

El problema para Kast es que su Gobierno parece responder al deterioro político reforzando precisamente aquello que moviliza a su núcleo más ideologizado.

La confrontación con la izquierda, el anticomunismo, el revisionismo sobre las últimas décadas, la agenda cultural conservadora, el endurecimiento penal, las disputas en torno a los derechos humanos y las señales hacia sectores que reclaman indultos para condenados por crímenes de la dictadura mantienen cohesionada a una parte de su base.

Pero difícilmente responden a la angustia económica que reflejan las encuestas.

El propio Kast pareció advertir esa contradicción cuando, durante el Foro Madrid, sostuvo que los chilenos no lo habían elegido para derrotar a la izquierda, sino para combatir el crimen organizado, la pobreza, la corrupción y el desempleo.

La frase fue probablemente más importante de lo que pareció entonces.

Porque si ese fue efectivamente el mandato recibido, el Gobierno tendrá que ser evaluado por esos resultados.

No por el número de batallas culturales ganadas. No por cuánto consiga retroceder políticas de administraciones anteriores. No por la satisfacción de los sectores empresariales con una reforma tributaria. Tampoco por la intensidad de su enfrentamiento con la izquierda.

Será evaluado por empleo, salarios, seguridad, crecimiento y condiciones de vida.

Una mayoría electoral no es una mayoría ideológica

Ese puede ser uno de los errores más profundos de lectura del nuevo poder.

El 58% obtenido por Kast en diciembre pasado fue una mayoría electoral extraordinariamente amplia, pero no necesariamente representaba una conversión ideológica equivalente de la sociedad chilena hacia la ultraderecha.

La diferencia es decisiva.

Una mayoría electoral puede construirse alrededor del cansancio, del miedo, de la frustración económica y de la expectativa de cambio. Una mayoría ideológica, en cambio, supone una adhesión mucho más estable a una determinada concepción de la sociedad.

Kast parece haber confundido ambas cosas.

La consecuencia es que mientras el Gobierno intenta transformar su victoria electoral en un mandato para una profunda reconfiguración política, económica e institucional del país, una parte de quienes hicieron posible esa victoria continúa esperando algo bastante más elemental: encontrar trabajo, recibir un salario suficiente, caminar sin miedo por la calle y llegar a fin de mes.

La encuesta Cadem no demuestra todavía una ruptura definitiva entre Kast y esos electores. Seis meses de gobierno son demasiado poco para afirmarlo.

Pero sí muestra algo que puede ser políticamente más importante: las demandas que llevaron a Kast a La Moneda siguen abiertas.

Y comienzan a separarse del proyecto ideológico que prometió resolverlas.

Ahí reside probablemente la mayor fragilidad del Gobierno. Kast ganó porque logró convencer a millones de chilenos de que su proyecto era la respuesta a sus problemas. Si esos problemas permanecen mientras avanza el proyecto, tarde o temprano la ciudadanía tendrá que preguntarse si ambas cosas estaban realmente relacionadas.

Esa pregunta parece haber comenzado.

 

Simón del Valle

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