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Lula y el regreso del pueblo a las calles: una victoria que da un respiro a América Latina, pero no derrota a la ultraderecha

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La histórica remontada electoral de Luiz Inácio Lula da Silva interrumpió una sucesión de triunfos de la derecha latinoamericana y frustró la posibilidad de que Donald Trump sumara un aliado en Brasilia. La movilización popular y una inédita organización digital contribuyeron a revertir las tendencias electorales. Pero el presidente reelegido deberá gobernar frente a un Congreso dominado por sus adversarios, un bolsonarismo que desconoce su derrota y una sociedad profundamente dividida.

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil tiene una dimensión que excede largamente las fronteras del país. No se trata solamente de la reelección de un presidente de izquierda, ni siquiera de una remontada electoral que parecía improbable tres semanas atrás. Lo ocurrido este domingo 25 de octubre revela que la expansión política de la derecha radical en América Latina encuentra resistencias sociales capaces de alterar el curso de los acontecimientos. Pero también confirma que ganar una elección no significa necesariamente conquistar el poder suficiente para transformar una sociedad.

Lula obtuvo 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79% de los sufragios válidos, frente a los 59.826.041 votos, el 48,21%, de Flávio Bolsonaro. La diferencia fue de 4,43 millones de votos. Es la primera vez desde la instauración del sistema de segunda vuelta, en 1989, que un candidato brasileño consigue la Presidencia después de haber terminado segundo en la primera ronda.

La magnitud de la remontada resulta todavía más significativa al observar la evolución de los votos. Entre ambas vueltas, Lula incorporó más de diez millones de sufragios, mientras Bolsonaro sumó aproximadamente 3,7 millones. La abstención, que había alcanzado el 21,08% en la primera vuelta, descendió al 19,21%.




¿Qué ocurrió durante esas tres semanas? ¿Cómo pudo cambiar una tendencia que parecía consolidada y que buena parte de las encuestas finales no logró anticipar?

La respuesta comienza en las calles.

Cuando la sociedad desborda a los partidos

Durante la primera vuelta, la campaña de Lula había mostrado síntomas de agotamiento. Su apuesta descansaba en los logros de gobierno, la defensa de la democracia y la capacidad electoral de una figura que domina la política brasileña desde hace cuatro décadas. Pero esos argumentos no bastaron para impedir que Flávio Bolsonaro obtuviera la primera mayoría.

La derrota parcial produjo un cambio. Organizaciones estudiantiles, movimientos sociales, trabajadores, colectivos culturales y ciudadanos que hasta entonces habían permanecido al margen de la campaña comenzaron a movilizarse con una intensidad que sorprendió incluso a la dirigencia del Partido de los Trabajadores.

La avenida Paulista, en São Paulo, se convirtió en el escenario más visible de ese fenómeno. La multitud reunida el sábado anterior a la votación ocupó numerosas cuadras y ofreció una imagen que contrastaba con el ambiente de resignación posterior a la primera vuelta.

El propio Lula reconoció que aquellas manifestaciones no habían sido organizadas exclusivamente por los partidos, los sindicatos o su comando electoral. Había surgido una iniciativa social más amplia.

Este elemento merece atención. La movilización no puede reducirse a una reacción emocional ante la posibilidad de una victoria bolsonarista. También expresó la recuperación de demandas concretas: el costo de la vida, los salarios, el endeudamiento familiar, los programas sociales y la reducción de la jornada laboral.

El politólogo André Singer, profesor de la Universidad de São Paulo y uno de los principales estudiosos del lulismo, ha destacado precisamente esta recuperación de la agenda popular. A diferencia de 2022, cuando Lula construyó una amplia alianza con sectores empresariales y dirigentes moderados, la remontada de 2026 encontró una de sus principales fuerzas en la movilización de las bases sociales de la izquierda.

La diferencia no es menor. En 2022 se trataba de construir una coalición electoral para derrotar al entonces presidente Jair Bolsonaro. En 2026, la campaña terminó transformándose también en una expresión de organización social desde abajo.

André Janones y el nuevo territorio de la política

Uno de los personajes más relevantes de esta segunda vuelta fue el diputado federal André Janones, cuya presencia junto a Lula durante la noche electoral simbolizó un cambio en la estrategia de campaña.

Janones asumió un papel central en la reorganización de la comunicación digital. El canal de WhatsApp denominado Exército do Lula reunió a más de diez millones de seguidores, articulando mensajes, videos, intervenciones políticas y convocatorias a actividades presenciales.

La experiencia demuestra que las redes sociales no son necesariamente un territorio reservado a la derecha radical, que durante años ha obtenido importantes ventajas mediante estrategias de comunicación directa, emocional y descentralizada.

Pero el fenómeno Janones resulta interesante por una razón adicional. Su trabajo no consistió simplemente en producir propaganda para internet. Contribuyó a conectar la comunicación digital con una movilización que se expresaba simultáneamente en barrios, universidades y grandes concentraciones públicas.

El desafío es determinar si esta organización podrá sobrevivir a la campaña electoral. Una comunidad digital de millones de personas no constituye automáticamente un movimiento social permanente. Para ello necesita continuidad, participación efectiva, objetivos compartidos y capacidad de intervención más allá de las elecciones.

Janones ha anunciado su intención de mantener activa esa red, incluso para seguir las decisiones del Congreso. Si logra hacerlo, podría contribuir a modificar las relaciones entre el gobierno, sus bases y las instituciones parlamentarias.

Lula pareció comprender la importancia de esta transformación. En su discurso de victoria prometió cambiar su manera de gobernar, ampliar la participación popular y establecer una comunicación digital más directa con la ciudadanía.

La pregunta es si esa promesa podrá convertirse en una práctica política duradera.

Un revés para Trump y la derecha latinoamericana

La reelección de Lula interrumpe una sucesión de siete derrotas presidenciales de la izquierda latinoamericana y altera el escenario regional en un momento de creciente influencia de Donald Trump.

El presidente estadounidense había respaldado políticamente al entorno de Bolsonaro, cuya orientación internacional prometía una relación mucho más estrecha con Washington.

La victoria de Lula impide que Estados Unidos incorpore a Brasil, la mayor economía de América Latina, a un bloque de gobiernos políticamente alineados con la Casa Blanca.

Brasil tiene una importancia estratégica que trasciende su dimensión económica. Es un actor fundamental en el Mercosur, participa en los BRICS, mantiene estrechas relaciones comerciales con China y posee recursos naturales de enorme relevancia para la transición energética y las nuevas tecnologías.

La continuidad de Lula preserva un espacio de autonomía diplomática en una región sometida a crecientes presiones geopolíticas.

Sin embargo, sería exagerado interpretar su victoria como el comienzo de un nuevo ciclo progresista continental. Los gobiernos conservadores mantienen una presencia considerable y las condiciones políticas que favorecieron su ascenso no han desaparecido.

La elección brasileña introduce una interrupción en esa tendencia, no necesariamente su reversión definitiva.

Las reacciones diplomáticas también resultan reveladoras. Presidentes de distintas orientaciones políticas felicitaron a Lula. Entre ellos estuvo José Antonio Kast, quien, pese a sus afinidades ideológicas con el bolsonarismo, reconoció el resultado y manifestó su disposición a mantener la cooperación bilateral.

El gesto confirma una realidad elemental de las relaciones internacionales: el peso de Brasil obliga a sus vecinos a mantener vínculos institucionales más allá de las preferencias partidarias.

La situación es diferente en el caso de Donald Trump y Javier Milei, cuyas posiciones frente al resultado han sido objeto de especial atención por sus relaciones políticas con el bolsonarismo.

En cualquier caso, el principal efecto internacional de la elección no reside solamente en los mensajes de felicitación. Está en la continuidad de un gobierno que reivindica la soberanía nacional, la integración regional y una política exterior no subordinada exclusivamente a Washington.

Bolsonaro pierde las elecciones, pero conserva una enorme fuerza

Flávio Bolsonaro se negó a reconocer la victoria de Lula y anunció que solicitará la anulación de la segunda vuelta.

El candidato derrotado cuestionó la decisión del Supremo Tribunal Federal de prolongar hasta las 19 horas la votación, adoptada después de denuncias sobre dificultades de transporte que habrían impedido a numerosos ciudadanos llegar a sus centros electorales.

La controversia deberá resolverse por las vías institucionales. Hasta ahora, las denuncias no constituyen una demostración de irregularidades capaces de invalidar el resultado nacional.

Pero el desconocimiento de la derrota tiene una dimensión política que no debe subestimarse.

Bolsonaro obtuvo casi sesenta millones de votos. El bolsonarismo conserva una implantación territorial considerable, influencia en sectores empresariales, organizaciones religiosas y redes digitales, además de una importante representación parlamentaria.

La elección también abre interrogantes sobre el futuro liderazgo de la derecha brasileña. La candidatura de Flávio fue una apuesta de continuidad familiar impulsada por Jair Bolsonaro, pero su derrota podría fortalecer a otras figuras, entre ellas el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas.

La derecha brasileña no ha sido derrotada como fuerza social ni como proyecto político. Perdió el gobierno federal, pero conserva instrumentos importantes para disputar el rumbo del país.

Una Presidencia frente a un Congreso adverso

Esta es probablemente la contradicción más importante del nuevo escenario brasileño.

Lula consiguió la Presidencia gracias a una extraordinaria movilización electoral, pero deberá gobernar con un Congreso en el que predominan fuerzas conservadoras y de derecha.

Las elecciones legislativas fortalecieron a los sectores opositores, que cuentan con posiciones decisivas tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado.

La consecuencia es evidente: buena parte de la agenda del nuevo gobierno dependerá de negociaciones con fuerzas políticas que no comparten sus prioridades económicas y sociales.

El llamado centrão, conjunto heterogéneo de partidos y parlamentarios que suele negociar apoyos a cambio de influencia presupuestaria y administrativa, volverá a desempeñar un papel determinante.

El problema es que las demandas que impulsaron la movilización popular no necesariamente coinciden con los intereses de esas fuerzas parlamentarias.

¿Cómo responder a las expectativas de mejores salarios, protección social, reducción de la jornada laboral y mayor inversión pública cuando el Congreso puede bloquear iniciativas, imponer condiciones presupuestarias o limitar el margen de acción del Ejecutivo?

El analista Igor Gielow, de Folha de S.Paulo, advierte que Lula deberá enfrentar simultáneamente un ambiente político hostil, tensiones fiscales y el problema de su propia sucesión. La movilización que le permitió recuperar la iniciativa electoral no resuelve automáticamente esas dificultades.

El politólogo Gilberto Maringoni plantea otra dimensión del problema: la posibilidad de que Lula utilice la participación popular como un contrapeso frente a las resistencias institucionales.

Ambas perspectivas muestran los límites y las posibilidades del nuevo mandato.

Lula necesitará negociar para gobernar, pero una política basada exclusivamente en acuerdos parlamentarios podría terminar desmovilizando a quienes hicieron posible su victoria.

A la inversa, sostener una relación activa con las organizaciones sociales puede ampliar su capacidad de iniciativa, aunque también elevará las expectativas sobre transformaciones que el equilibrio institucional dificulta.

Una victoria que abre una disputa, no que la concluye

La elección brasileña deja una enseñanza que trasciende a Lula y al Partido de los Trabajadores.

Durante los últimos años, numerosos análisis han presentado el avance de la ultraderecha como una tendencia casi inevitable, alimentada por el desencanto con las instituciones, las desigualdades sociales, la inseguridad y la eficacia de nuevas formas de comunicación política.

Brasil demuestra que esas tendencias pueden encontrar resistencias electorales significativas cuando las organizaciones políticas consiguen reconectarse con las demandas concretas de la población y cuando la ciudadanía recupera la iniciativa.

Pero también demuestra que la polarización no desaparece con una victoria presidencial.

La derecha brasileña conserva poder económico, parlamentario, territorial y comunicacional. Los problemas estructurales que favorecieron su crecimiento siguen presentes. Y la continuidad de Lula no garantiza, por sí sola, que las expectativas sociales puedan satisfacerse.

Hay, sin embargo, una novedad que podría resultar más duradera que el propio resultado electoral: la recuperación de la capacidad de movilización de amplios sectores populares.

Si esa energía se extingue después de la celebración, Lula quedará frente a un Congreso adverso y a las restricciones habituales de la política institucional. Si logra mantenerse organizada, podría abrir una etapa diferente en la relación entre el gobierno y la sociedad brasileña.

La victoria de Lula ofrece un respiro a América Latina y constituye un revés político para el proyecto regional de Donald Trump. Pero no representa una derrota definitiva de la ultraderecha.

La disputa continúa. La diferencia es que, después de esta elección, las calles brasileñas han vuelto a demostrar que también pueden modificar su curso.

 

Redacción del Clarín

 

Fuentes: Folha de Sao Paulo, El País, Tribunal Superior Electoral, CNN Brasil.

 

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