
La imagen país
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A todos los países les interesa mostrar, frente al resto de la comunidad internacional, la mejor imagen de sí mismos. Así, por ejemplo, cada país trata de mostrar que sus playas, selvas, lagos o montañas son las más bellas del mundo, o que sus ciudades son seguras y que la justicia y la policía funcionan con rapidez, eficiencia y honradez, tanto en el control como en la represión de la delincuencia, que sus empresas estales o privadas, son serias en sus tratos comerciales, que la economía del país funciona bien, y que sus instituciones estatales funcionan con eficiencia en aras de proteger los derechos de todos los ciudadanos nacionales o extranjeros, que su manifestaciones culturales son de alta calidad, que la recepción y trato a los extranjeros es fraterna y cariñosa, que se respetan todos los acuerdos y tratados internacionales, que impera la más irrestricta libertad de prensa, de reunión y de opinión, etc., etc. Mostrar, en general, todos los atributos positivos que se tienen o que se puede sostener que se tienen.
La imagen país es así, un activo que todos los países tratan de mantener e incrementar, pues de él dependen, en alta medida, su comercio internacional, su recepción de inversiones, la llegada de turistas, su capacidad crediticia, sus relaciones diplomáticas y, en general, el respeto de la comunidad internacional.
Es bastante poco usual, por lo tanto, que un gobierno – que debería ser la primera instancia encargada de potenciar la imagen país, para lo cual cuenta, entre otras cosas, con todo su despliegue diplomático – haga afirmaciones que rápidamente recorren el mundo, diciendo que su economía está en crisis, que sus arcas fiscales están vacías, que la delincuencia está desatada y que su principal empresa exportadora está cuestionada en sus niveles de eficiencia y de rentabilidad. Decir todas esas cosas pensando solo en su impacto Interno, es un grave error, que atenta gravemente contra la imagen y los intereses del país, en un mundo como el actual altamente intercomunicado.
A pesar de ello la imagen país de Chile no es mala, lo cual se pone en evidencia a la luz de varios indicadores económicos relevantes. Así, por ejemplo, Chile goza de una muy baja tasa de riesgo país, la segunda en la región, superada solo por Uruguay, lo cual significa que los bonos soberanos del país gozan de alta aceptación en los mercados financieros internacionales. Además, la deuda pública, como porcentaje del PIB, es una de las más bajas de América Latina, siendo de un 41 % , en circunstancias que Brasil exhibe en ese indicador un nivel de 92.6 %, México un 55.1%, Argentina un 110,3 % y Colombia 60.7 %, para mencionar solo los países con los cuajes parece valido comparar a nuestro país.
Chile recibe hoy en día montos de inversión extranjera directa que representan más del 4.0 % de su PIB, mientras que Brasil, aun siendo un país de mayor dimensión geográfica, económica y demográfica, recibe montos equivalentes solo al 3.1 % de su PIB, y México de 2.6 % y Argentina de 2.1%.
Todo esto sucede aun cuando la tasa de impuesto empresarial en Chile es 27 %, y en Colombia es de 35 %, en Argentina 35 %, en Brasil de 34 % y en México de 30 %. Por lo tanto, la buena imagen país – que todavía se conserva – y sus eventuales consecuencias positivas – sobre todo en cuanto a la atracción de capital extranjero – no parecen estar relacionada, ni mucho menos depender, de la tasa de impuesto corporativo. Haría bien el gobierno de tener en cuenta el conjunto de las variables que determinan la inversión, Incluida la imagen país, y no pensar tanto en que la inversión depende en forma mecánica y única de la tasa de impuesto, lo cual no tiene sustento teórico ni empírico.
Sergio Arancibia





