
Cuando un Presidente pierde la perspectiva
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Un niño le negó el saludo al presidente José Antonio Kast durante una actividad pública en Villarrica. El gesto duró apenas un instante. Pudo haber quedado ahí: una anécdota menor, una escena más de las muchas que ocurren cuando una autoridad recorre el país. Sin embargo, fue el propio Presidente quien decidió transformar ese momento en un incidente político.
Primero se dirigió al menor con una frase de corrección: «Lo cortés no quita lo valiente». Después preguntó por su madre, discutió con ella y, cuando ya se retiraba, volvió a dirigirse al niño para decirle: «Que su mamá no lo use». Finalmente, se alejó gritando «¡Viva la libertad!».
La posterior detención de la madre por órdenes judiciales pendientes es un hecho distinto que deberá analizarse por separado. No modifica lo esencial del episodio ni responde a la pregunta política que éste plantea: ¿cómo reacciona un jefe de Estado cuando enfrenta un acto de rechazo, por pequeño que sea?
Ese es el verdadero asunto.
Porque un Presidente no es un dirigente de campaña. Tampoco un comentarista de redes sociales. Mucho menos un ciudadano cualquiera que puede permitirse responder emocionalmente a cada gesto de desaprobación. Un jefe de Estado representa a toda la ciudadanía, incluidos quienes no votaron por él, quienes lo critican y quienes simplemente no desean estrechar su mano.
La política democrática exige precisamente esa capacidad: convivir con el disenso sin convertir cada desacuerdo en una confrontación personal.
Lo llamativo del episodio no es que un niño se negara a saludar al Presidente. Lo llamativo es que el Presidente no fuera capaz de dejar pasar un hecho tan insignificante.
Existe una evidente desproporción entre el estímulo y la respuesta.
El rechazo del saludo fue un gesto espontáneo de un menor. La confrontación posterior fue una decisión consciente del mandatario. Nadie lo obligó a prolongar el intercambio. Pudo sonreír, seguir caminando o responder con una frase amable. Optó por otra cosa: convirtió un momento trivial en una discusión pública con un niño y luego con su madre.
Eso revela un problema político más profundo.
Gobernar supone administrar tensiones permanentemente. Todos los presidentes enfrentan protestas, críticas, insultos y actos de rechazo. La experiencia demuestra que la fortaleza de un liderazgo no reside en responder a cada provocación, sino en saber distinguir cuáles merecen una respuesta y cuáles simplemente deben quedar atrás.
La autoridad también se expresa en la capacidad de ignorar aquello que no tiene importancia.
En ese sentido, el episodio transmite una imagen de escasa templanza. Más que la serenidad esperable de quien ejerce la máxima magistratura, muestra una reacción impulsiva frente a una situación menor. La política exige autocontrol precisamente porque el poder amplifica cada gesto. Lo que en un ciudadano común podría parecer una discusión cotidiana, en un Presidente adquiere inevitablemente otra dimensión.
También resulta llamativo que Kast dirigiera buena parte de sus palabras al niño y no exclusivamente a la adulta con la que terminó discutiendo.
No es un detalle menor.
Las autoridades tienen una responsabilidad especial cuando interactúan con menores de edad. Más aún cuando las cámaras registran cada movimiento. Convertir a un niño en interlocutor de una controversia política es una decisión difícil de justificar desde la perspectiva del rol institucional que corresponde a un Presidente.
Hay además un elemento simbólico.
Cuando Kast se retira gritando «¡Viva la libertad!», la consigna aparece descontextualizada. ¿Qué libertad estaba en discusión? Nadie impedía al Presidente expresarse ni desarrollar su actividad. Tampoco el niño ejercía otra cosa que la libertad de no estrechar una mano.
La frase parece responder más a un reflejo identitario de campaña que a una lectura de la situación concreta. Es un eslogan utilizado para cerrar una escena incómoda, pero sin relación evidente con lo ocurrido.
Y quizá allí aparece otro rasgo del liderazgo de Kast.
Desde que asumió la Presidencia, varias de sus intervenciones públicas han estado marcadas por respuestas improvisadas, frases desafortunadas o polémicas que él mismo contribuye a escalar. Más que errores aislados, estos episodios comienzan a dibujar un estilo político: la dificultad para desactivar conflictos menores antes de que se conviertan en problemas mayores.
La política moderna exige una virtud que suele pasar inadvertida: saber cuándo no responder.
No toda crítica merece réplica. No toda provocación exige una reacción. No toda descortesía requiere una lección pública.
Un Presidente que entra en una disputa con un niño termina perdiendo inevitablemente la perspectiva del cargo que representa.
Porque la autoridad no se demuestra imponiéndose en una discusión. La verdadera autoridad se manifiesta cuando el poder no necesita demostrar, a cada instante, que lo posee.
Simón del Valle
Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín





