La tramitación recién comienza y el proyecto todavía puede ser modificado en su discusión particular. Es posible —y quizás necesario— que el Congreso introduzca restricciones claras respecto de los delitos excluidos de estos beneficios.
El Presidente ha optado por cerrar filas con su ministro y sostener que Chile decidirá “de manera soberana”. Puede discutirse la estrategia, los tiempos o la comunicación. Lo que no puede discutirse es el derecho del Estado chileno a evaluar proyectos sin tutelaje. La pregunta de fondo no es si el cable debe aprobarse o rechazarse. La pregunta es quién tiene la última palabra.
Chile tiene una historia suficientemente compleja con las “preocupaciones” externas como para trivializar los gestos. No se trata de dramatizar ni de sobreactuar. Se trata de recordar que la soberanía no es una consigna; es una práctica cotidiana que se ejerce incluso cuando incomoda a aliados.
Las recientes declaraciones del economista Jorge Quiroz sobre el déficit fiscal no son un simple ejercicio técnico ni una advertencia neutral. Son, más bien, el primer acto de una obra conocida: la instalación del relato que busca naturalizar una política de ajuste, recortes y contracción del gasto público
El discurso del “orden”, de la “lealtad gubernamental” y de la crítica a la “cancelación” —encarnado con particular dureza por Carolina Tohá— parece olvidar un dato esencial: no se está discutiendo un matiz técnico, sino una ley que hoy permite que un agente del Estado que dejó ciego a un manifestante quede absuelto.
Hay entrevistas que no buscan convencer, sino dejar constancia. No son un acto de persuasión, sino de despedida. La extensa conversación de Gabriel Boric con El País pertenece a esa categoría: no es un intento de explicar la derrota, sino de ordenar el relato antes de abandonar la escena. Y, sin embargo, en ese intento de equilibrio, se filtran verdades incómodas que
En Chile no ganó la ultraderecha. No ganó el pinochetismo. No ganó un proyecto autoritario. Según nuestros grandes medios, ganó “la alternancia”, “el orden”, “la democracia funcionando”. Nada grave. Nada excepcional. Nada que pensar demasiado.
Ese es el verdadero escándalo.
La pregunta, entonces, no es qué hará ahora esa generación en la oposición. La pregunta es si será capaz de mirarse sin autoengaño. Porque mientras siga explicando su giro como una imposición externa y no como una renuncia interna, seguirá sin entender por qué perdió.
La derrota del progresismo este domingo no cayó del cielo ni fue un accidente de última hora. Fue preparada durante cuatro años, lentamente, decisión tras decisión, renuncia tras renuncia. El triunfo de José Antonio Kast no puede comprenderse sin mirar de frente la decepción profunda que generó el gobierno de Gabriel Boric.