De nada sirve mirar para otro lado, rezando para que la tormenta no nos pase por encima, con la vana esperanza de que sólo afecte a los que están apenas medio escalón debajo de nosotros. Esperar pasivamente que caigan primero los más débiles, las niñeces, los ancianos, los pueblos negros y originarios es absurdo, porque es sólo cuestión de tiempo para que la tormenta