Opinión política

Textos supuestamente doctos, pero con capucha, del rector Carlos Peña

La relativa brevedad de la vida humana impide a menudo aquilatar individualmente los cambios históricos, cuyas transformaciones en general se desarrollan durante las existencias y las contingencias de varias generaciones. Sin embargo, en el último tiempo la prolongación de esta vida y una aparente aceleración de los cambios históricos producida por múltiples factores, me ha permitido al leer las recientes columnas mercuriales y de otros medios del rector de la Universidad Diego Portales, Don Carlos Peña, incluyendo su reciente columna titulada “Las máscaras de la violencia”, tener una sensación de déjà vu. Déjà vu que a mi juicio inhabilita totalmente la supuesta originalidad intelectual de las ofuscaciones interesadas de dicho rector y la putativa validez de ellas para entender la historia en nuestro país en los últimos meses. Aproximadamente treinta años atrás otro patrono furibundo del status quo y de la violencia estatal como el rector Peña, Don Eugenio Tironi, publicó una obra titulada “Autoritarismo, modernización y marginalidad”, (Editorial Sur, 1990), la cual yo analizara extensivamente en su época (Interciencia, 1993, No 6; Pluma y Pincel, 1994, No 169). En ella el Sr. Tironi, tal como lo hace el Sr. rector años más tarde para explicar la historia reciente (con pulsaciones, emociones, subjetividad y carnavales), usa una serie de pseudo conceptos y entelequias con raíces biológicas y psicológicas para examinar la realidad social y para justificar la violencia de la dictadura.

 

 

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Las columnas del rector, al igual que la obra del Sr. Tironi en su tiempo, hacen difícil entender que en un país con la tradición intelectual de Chile, puedan publicarse textos tan colmados de opiniones injustificadas, primitivos prejuicios, rebatibles creencias y con tantas deficiencias metodológicas, con el único objetivo de justificar la violencia, otrora del régimen militar (Sr. Tironi) y ahora del gobierno de turno (el Sr. rector), además del ordenamiento institucional y económico generado y salvaguardado por esta violencia. Todos estos textos agregan además daño a la injuria, al pretender inmodestamente que sus erráticas disquisiciones, sean científicas y novedosas, y al creerlas capaces de explicar la evolución y el devenir de la historia chilena. El advenimiento de la democracia restringida bajo el tutelaje imperial, en los años 1990, abrió la puerta a la publicación de una serie de textos oportunistas, de obscenas ambiciones intelectuales sin fundamento, en los cuales se trataba de justificar el inconcluso y deforme arreglo político postdictadura, su impunidad, sus abusivas exacciones y sus discriminaciones, su creación de desigualdad y su inherente y creciente corrupción. En ello se empleaban las más bizarras circunvoluciones de la razón y de la lógica acompañadas de una absoluta falta de análisis de la realidad, convirtiéndose estos textos en joyas de una destilada y cultivada deshonestidad y pancismo intelectual. Estos intelectualoides escritos florecían como callampas después de la lluvia, protegidos de desafíos que deshilacharan sus superficiales enramados de delirios filosóficos y sociales por el otrora vigente espectro de la violencia de la dictadura, y por la diezma de los académicos serios de las universidades chilenas producidas por esta misma violencia.

 

 

El país fue inundado por una diarrea de textos celebrados por la prensa de derecha, que, enmascarados detrás de un lenguaje grandilocuente y con una ficticia e inexistente ilustración, disfrazaban su objetivo fétido de ocultar la realidad que afectaba negativamente a la mayoría de la población chilena. Los relatos tan estrafalariamente fabulosos como triviales de los Srs. E. Tironi, José J. Brunner, Edgardo Boeninger, Alejandro Foxley, Sergio Melnick, Joaquín Lavin, Fernando Flores, Ernesto Ottone y Carlos Ominami entre muchos y los generados además por los círculos de supuestos pensadores alrededor de los presidentes R. Lagos y M. Bachelet, repetían incansablemente el falso e interesado mensaje del eficiente modernismo que habría sido introducido al país por la dictadura y el cual perfeccionado con una pequeña cosmética, aseguraría la gobernabilidad y la entrada de Chile al paraíso del desarrollo económico y social. El deterioro producido por la dictadura en la vida intelectual y cultural del país se manifestó, en el hecho que los textos mencionados hayan tenido tanta espuria influencia ya que sus falsedades, verdades a medias, oscurantismo, superficialidades y su renuencia patológica a lidiar con la realidad, inscriben sus contenidos directamente con los de mamotretos fantásticos de la época medieval y precientífica, lo que los hace también fácilmente rebatibles.

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A mi juicio los sibilinos opúsculos pseudo filosóficos y políticos del Sr. rector Peña, sobre la revuelta chilena reciente y los orígenes de la violencia se alimentan de, y continúan con esta primitiva y medieval tradición, y por eso tampoco es casualidad que incorregibles cultores de ella, como los Srs. Brunner y Ottone sirvan como rutilantes profesores de la universidad que el dirige. La sordidez intelectual de los escritos del Sr. rector se nos revela en toda su magnitud en una columna en la cual, para traer agua al molino de sus fantasiosas elaboraciones, el abandona su tradicional elogio de Kant por uno del original filosofo marxista alemán Walter Benjamin, usándolo para justificar la violencia “legítima” y “legal” del estado en contra de sus ciudadanos. Desgraciadamente para las tesis del Sr. rector, el filósofo W. Benjamin fue creador y justificó un concepto que el denominara la “violencia divina”. La “violencia divina” según W. Benjamin es aquella de los ciudadanos que se antepone a la violencia legal, pero ilegítima del estado, y que en ese desafío pretende la abolición de leyes injustas que provocan el arbitrario sufrimiento de millones, abogando además por la recuperación y la protección de su sagrada condición humana. La agresiva amputación y tergiversación del pensamiento filosófico de W. Benjamín con bastardos fines políticos en el texto del Sr. rector lo convierte a mi juicio en un afiebrado encapuchado intelectual. Además, nos ayuda a entender porqué alumnos de su casa de estudios al parecer han perdido la confianza en su habilidad para liderar una institución cuyo objetivo es impartir una educación balanceada, libre de prejuicios y carente de potencialmente lucrativos disfraces ideológicos.

 

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Respecto de la revuelta social chilena podríamos terminar con lo que dijera generosamente Kant (el filósofo preferido del Sr. rector) acerca de la Revolución Francesa: “la revuelta en un país rico en espíritu, puede ser exitosa o fracasar, tal vez acumular miseria y atrocidades, sin embargo, ella despierta en el corazón de sus testigos un entusiasmo que pudiendo encerrar peligros, trasunta una disposición humana hacia la moralidad”.

 

 

 

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Por Felipe Cabello

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