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“No hay disparo al rostro que ciegue nuestros sueños”: Matías Orellana denuncia ante la ONU las violaciones a los derechos humanos cometidas en Chile

Era la madrugada del 1 de enero cuando Matías Orellana, profesor de Educación Física, perdió un ojo debido a una bomba lacrimógena que le impactó en su rostro. Hoy, Matías se encuentra en una gira por Europa para denunciar las violaciones de los derechos humanos y el terrorismo de Estado que se está cumpliendo hoy en día en Chile, así como para explicar la importancia de la movilización ciudadana.

Empezó en Génova la gira de Matías Orellana por Europa, exactamente el 21 de febrero. El objetivo, visibilizar las graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos que están ocurriendo actualmente en Chile.

Bruselas, Londres, Madrid y Berlín, unas de las ciudades de la gira. En la agenda están previstos varios encuentros, entre otros, una intervención en la ONU, en un evento paralelo organizado por la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (FEDEFAM) en el contexto de la 43° sesión del Consejo de Derechos Humanos, que se está realizando actualmente en la sede de las Naciones Unidas de Ginebra.

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“Entre el turismo, las playas y los restaurantes que se encuentran en la costanera, miles de personas viven sin agua o luz acampadas en los cerros. Hoy vengo a relatar mi historia como testigo de la violencia de carabineros, ejército, y la marina de Chile. Soy la victima 401 de traumas oculares severos que han ocurrido desde el Estallido, pero he sido golpeado y reprimido desde antes de nacer como la mayoría de mis compatriotas”. Empieza así su discurso el joven profesor de Educación Física, víctima durante la noche del año nuevo de la violencia policial de Carabineros de Chile.

Matías Orellana

“Quería ir al Cerro Alegre después de medianoche. Nos juntamos con mis amigos en el cerro Barón y caminamos por Brasil. Llegando a la feria de artesanía a la altura de la plaza cívica nos damos cuenta que habían muchísimos carabineros, fuerzas especiales, guanacos y zorrillos. Nos dimos la vuelta por Condell, pero allí tampoco había un camino seguro. Teníamos miedo que nos hicieran una encerrona. El enfrentamiento estaba súper fuerte, y nos quedamos mirando un rato. Veo un destello muy fuerte como fuego artificial y me tiro al piso por acto reflejo. No por la lacrimógena sino que por susto”, nos comparte Matías Orellana, recordándose de la noche en la que perdió su ojo derecho.

“Lo último que alcancé a ver fue un mar de sangre por todos lados.  Sentí como si mi sangre me estuviera ahogando. Allí me transportaron y sentaron en la pérgola. Pedí a todos que me apretaran, pero nadie se atrevía a ponerme la mano sobre la herida. Sentía mi polera súper pesada por la sangre. Es allí cuando llega un chico y me venda, eso fue el alivio máximo”, sigue relatando Matías Orellana.

“Como pueden imaginar esta injusta agresión y sus dolorosas consecuencia me han hecho pensar mucho en las circunstancia de mi vida. Nací y crecí escuchando las historias de las dictaduras y viendo el miedo que sigue causando en mis padres. Sin embargo, en mi generación, el sentimiento es distinto: poco a poco la sumisión se ha ido tornando en indignación. Esta energía se manifiesta bajo el Estallido social, en su masividad y duración. Esta energía reúne la mal llamada clase media, la clase trabajadora, que ha visto familiares morir esperando durante meses horas de atención en el hospital, y las familias que han pasado toda la vida ahorrando por una vivienda que jamás podrán comprar”, sigue Matías Orellana.

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“Eso no es algo nuevo de la historia chilena. La historia de nuestro país desde la invasión española es marcada por masacres y matanzas, primero de indígenas, luego de obreros y, hoy en 2020, de pobladores y ciudadanos”, se exprime Matías Orellana ante las Naciones Unidas.

“Cada vez que el pueblo y la clase trabajadores ha intentado de organizarse para obtener mejores políticas públicas y el respeto de sus derechos la respuesta del gobierno siempre ha sido la represión. Lo que cometieron los españoles, y luego el ejército, hoy lo comete la policía militarizada a través de los carabineros”, termina el joven profesor.

“¿Cómo explicaré a mis estudiantes de 7, 8 o 9 años que me falta un ojo? ¿Se asustará la gente de noche cuando me verá con la cara cortada? ¿Podré encontrar trabajo nuevamente?” Esas preguntan rodean en la cabeza de la joven víctima del terrorismo de Estado, desde esta fatídica noche de año nuevo cuando un disparo estuvo a un paso de quitarle la vida por el solo crimen de caminar en una noche de verano.

 

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Por Elena Rusca

En Ginebra

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