En todo el mundo el fracaso de la política y de los políticos ha conducido al triunfo de la ultraderecha nacionalista que, lógicamente, lleva a algunas formas de dictadura. En los antiguos países de socialismo real, de la llamada “dictadura del proletariado” se ha pasado a gobiernos ultra reaccionarios, con un Estado autoritario, déspota y autócrata – el caso de Hungría y Polonia…- y, además, de partidos nazis poderosos – como el Partido de gobierno de Austria -.

A 75 años de la derrota del nazismo por parte de los aliados, esta doctrina criminal y demencial está resurgiendo en la mayoría de los países de Europa. El fracaso de los políticos clásicos de la posguerra sólo ha servido para que la ciudadanía, declarada anti política haya decidido inclinar su voto en favor líderes aventureros de ultraderecha.

Los ciudadanos anti políticos, que dicen odiar y despreciar a quienes se dedican al “servicio público”, están muy lejos de lo que significa ser revolucionario y progresista. En el fondo, el apolítico no existe, y quien afirme que no le interesa la política, no es más que un analfabeto consumado, cuyas ideas y fobias sólo alimentan a la ultraderecha política.

Adolf Hitler y Benito Mussolini aprovecharon el fracaso de la Socialdemocracia alemana y el miedo al comunismo para hacerse del poder absoluto. Por lo demás, ningún alemán puede alegar ignorancia, pues Hitler advirtió, desde un comienzo, que el Nacional Socialismo, iba a constituirse como Partido único. (Al igual que Donald Trump, que trata con cariño y condescendencia a sus colegas tiranos y, en el caso del nazismo, a pesar de declararse anticomunista, trataba de igual manera a Stalin, justamente en el tiempo en que eliminaba a la vieja guardia de Lenin).

Mussolini, por su parte, en la “marcha sobre Roma” logró congregar gran parte del lumpen, que antes había sido atraído por los grandes latifundistas, aterrados por el avance del socialismo. Las revoluciones fracasadas en gran parte siempre han conducido al triunfo del fascismo-nazismo y, en el caso italiano, las tomas de fábricas en Torino, abrieron el camino al surgimiento del partido fascista.

En América Latina ha ocurrido algo similar a lo acaecido en Europa: el fracaso de la izquierda brasileña, por ejemplo, abrió el camino a los golpes mediáticos de los partidos de ultraderecha, dueños de los medios de comunicación de masas, para llevar a cabo un juicio político contra Dilma Rousseff, que se convirtió en el primer paso en el camino que terminó en la toma del poder por parte de Jair Bolsonaro, un capitán hasta entonces desconocido en el ambiente político.

En El Salvador, una larga lucha política entre los Partidos Arena y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional facilitó el triunfo, en primera vuelta, de un joven ex alcalde de San Salvador, Nayid Bukele quien, con el objetivo de aniquilar a las mafias, atropella los derechos humanos y gobierna como autócrata.

En Chile, los partidos políticos, el Congreso e, incluso, el Poder Judicial, tienen un muy bajo apoyo de la ciudadanía, instituciones a las cuales hay que sumar también a la Iglesia, Carabineros y Las Fuerzas Armadas.

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Durante el llamado “estallido social”, que se inició el 18 de octubre de 2019, hubo prácticamente un vacío de poder, pues ante la inexistencia del Ejecutivo – sabemos que en Chile es monárquico – asomó un parlamentarismo sui generis, en que partidos de oposición en el parlamento salvaron la cabeza del “rey”, (en este caso, Sebastián Piñera tuvo más suerte que el rey de Francia, Louis XVI, y ni siquiera contó con la necesidad de comprarse a un Mirabeau o un Danton).

Que los parlamentarios chilenos tengan mala fama, es más antiguo que hilo negro, pero ahora se acentúa, primero con el estallido social y, actualmente, con la pandemia.

Desde que llegaron al Parlamento los diputados Boric y Jackson han pretendido bajar la inmoral dieta parlamentaria; a causa de las sistemáticas y concurridas protestas sociales el miedo, que es cosa viva, llevó a los parlamentarios más renuentes a aprobar el 50% de rebaja de la dieta, pero ahora, que no le tienen miedo ni a la mismísima muerte, se aferran a mantener la billetera incólume, como si el sueldo pagado por los chilenos los acompañara hasta más allá de la muerte, (es muy sospechoso que el virus visite a los principales dirigentes políticos, incluido el Primer Ministro Johnson,  incluso a Carlos, el príncipe heredero del trono en Inglaterra, pero a ningún parlamentario chileno, posiblemente goza de una extraña inmunidad ). Nadie desea ningún mal a los padres de la patria y nos alegra que estén sanos y salvos.

 

Para quedar bien con sus votantes y conservar intacta su billetera hay que recurrir a inteligentes argucias: algunos dicen que la mitad de su dieta la entregan al Partido al cual pertenecen, y si algo sobra, lo depositan en su cuenta de ahorros, por si acaso  los ciudadanos no los reeligen; otros parlamentarios postergan este proyecto de ley de rebaja de la dieta por algunos meses más, a la espera de que el Consejo de Administración Pública los salve, con el solo 10% de rebajo en sus salarios.

Nada más fácil si los parlamentarios quieren convertirse en filántropos, (como Bill Gates), y donan un cheque a los hogares de ancianos, incluso, a nadie le molestaría que, como Francisco Vidal y Joaquín Lavín, aparecieran todos los días a tiempo completo, en los Matinales pues, al fin y al cabo, nadie está dispuesto a regalar dinero sólo por amor al prójimo.

La anti política, de todas maneras, es peor que la mezquindad de los parlamentarios chilenos.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

11/05/2020

 

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