El respeto a los derechos humanos muchas veces es más declarativo que real. El joven diputado francés Robespierre, durante una sesión en la Asamblea Constituyente, hacía ver la contradicción del art. 1 de la Declaración de los Derechos del Ciudadano “los hombres nacen iguales y continúan siéndolo”. En la Francia de 1789 muchos de los miembros del “Tercer Estado” eran dueños de esclavos, en la Isla de Santo Domingo, el mismo Robespierre era contrario a la pena de muerte, y cuando se le recordó su contradicción dijo, muy suelto de cuerpo, los “tiempos cambian”.

La Declaración de los Derechos Humanos sostiene que todos somos iguales ante la ley y la justicia, pero este principio no se aplica en ninguna parte del mundo: hay una justicia para los ricos y poderosos, que es ciega y blanda, mientras que para los pobres es dura y encarcela.

En “el antiguo régimen” en Europa, los nobles y clérigos llevaban a la cárcel a sus sirvientes y preparaban los alimentos para sus amos, pues existían cárceles para ricos y otras para pobres. En el caso de la aplicación de la pena de muerte, los nobles y clérigos eran decapitados, mientras que los pobres eran colgados y, a veces, como lo relata Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar, se refiere a un caso en que el condenado fue arrastrado por cuatro caballos por las plazas de la ciudad, a fin de que sirviera de escarmiento; (por fortuna, una vez instituida la guillotina, la pena de mueras igual para todos).

En Chile, los cargos en la Magistratura eran repartidos entre los partidos políticos: el Partido Liberal Democrático balmacedista instalaba a sus militantes en la mayoría de los cargos del poder judicial, y muchos de los jueces eran prevaricadores, (el más conocido entre ellos era el juez Astorquiza).

En la primera mitad del siglo XX, el único magistrado, Rivas, que se atrevió a condenar a la pena de muerte en contra de Roberto Barceló, un aristócrata que había asesinado a su mujer, Rebeca Larraín. (Al cadalso lo acompañó el sacerdote jesuita Alberto Hurtado).

La máxima pena para los delincuentes de cuello y corbata consistía en ser conducido al antiguo convento de los Capuchinos, un lugar cómodo que, incluso, contaba con una piscina. Muchos de los presos no querían salir de la cárcel, pues ahí se hacían los mejores negocios y amistades, y los más pobres les servían de mozos.

El “insolente” poeta, Vicente Huidobro, en El balance patriótico describía que ´la justicia estaba podrida y que siempre se inclinaba al lado del queso´.

El senador Quinteros, (víctima del impronunciable y raro nombre que sus padres dieron a su hijo, Rabindranath), se encuentra contagiado por el Coronavirus y sólo resta desearle que se salve de esta implacable enfermedad. Quinteros ha cometido una serie de errores y negligencias, entre ellas la de haber besado a la senadora Ximena Rincón, hablado y tosido sin mascarilla, durante una sesión de la Comisión de salud, en el senado y, para rematar, viajó en un avión antes de conocer el resultado del PCR.

Al menos Quinteros, a diferencia de sus colegas, no buscó un chivo expiatorio, y reconoció su error y se puso a disposición del fiscal del caso. El gobierno, haciendo alarde de severidad, se querelló contra un joven que viajó en avión en plena cuarentena, mientras que en el caso Quinteros el ministro Mañalich decidió no presentar querella alguna.

Advertisement

La peligrosidad para el contagio de los otros es igual en el caso de Quinteros que el del joven – que también viajó en avión – pero la ley para los senadores y diputados no es la misma que para un   ciudadano común y corriente.

Los padres conscriptos pueden realizarse exámenes preventivos del Covid-19 cuantas veces quieran, incluso sin tener los síntomas, mientras que, en la comuna de La Pintana, Puente Alto, La Florida y otras cuantas comunas de las zonas más vulnerables, se han reducido los reactivos de PCR, y las pruebas serían de 20 por comuna, mientras los más adinerados pueden pagar en las clínicas privadas por dicho examen y su eventual tratamiento.

Nuestra oligarquía en el poder no comprende nada: no quiere renunciar a ninguno a sus privilegios: buscan cualquier argucia para no rebajar los millones que gasta el senado en asesorías, viajes, pago de sedes, incluso, como bien lo denunció el diputado Renato Garín, en los comedores se deleitan con vino francés de marca, y se come unos finos biftecs con acompañamientos dignos de la mejor comida francesa, sin contar el pago de hoteles, celulares, bencina, choferes, que cualquier empleado común no puede gozar, ni siquiera, de lo mínimo, pues tiene que pagar todo de su bolsillo, incluso el monto del transporte.

Vicente Huidobro decía que “en el Congreso se tomaban ricas onces y que hacían pésimas leyes…” (Personalmente, no estoy totalmente de acuerdo con el diputado Garín, pues eran mejores los helados de chirimoya, que se servían en los comedores del Congreso en la época republicana, que la comida a la cual alguna vez me invitó mi sobrino Marco, cuando era diputado, que consistía en un Chacarero, mil veces más malo que el del Club Inglés, de Valparaíso).

Es cierto que los diputados no tenían antes una oficina personal, y todos debían reunirse en la sala destinada a los Comités; los senadores sí contaban con una oficina que, aun cuando pequeña, era personal y compartía con su secretaria. (Salvador Allende, conocido por las dotes de galán, iba a visitar con frecuencia la oficina de mi padre, pues tenía una secretaria muy buena moza).

Además de Quinteros, se ha contagiado el senador Jorge Pizarro, y unos ministros se encuentran en cuarentena por posibles contagios; el senado se cierra, por ahora, lo cual es loable, pues no sirve para nada, y Chile podría funcionar con una Asamblea Nacional y la supresión definitiva de la Cámara Alta.

Quizás, algo positivo que aportó don Arturo Alessandri Palma fue la idea de suprimir el senado, o bien, mantenerlo como un “club de viejos pavo-reales designados”.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas, (El Viejo)

18/05/2020

 

 

Advertisement
Síguenos:
error1
Tweet 20