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COVID-19: caos, violencia y muertes

El análisis educado de las medidas de salud pública para prevenir y morigerar la evolución de la masiva epidemia de COVID-19 en Chile es prácticamente imposible, ya que, desde el comienzo de ella a fines de marzo, su historia y su conducción han estado caracterizadas por una serie de irracionalidades y omisiones inexplicables, alejadas de los cánones técnico-epidemiológicos, científicos y éticos modernos. Entre ellas, como ya lo señaláramos, en esa fecha, el centrar el diagnóstico del número de nuevas infecciones solamente en aquellos casos diagnosticados por laboratorio, sabiendo desde la biología del virus que este tiene un alto número de infectados asintomáticos y que, en Chile, a pesar de la propaganda de la prensa pro gubernamental, existen aún limitaciones severas en el número y en el procesamiento rápido y eficiente de estas herramientas diagnosticas, que con estas limitaciones detectan probablemente solo a un décimo a un quinto de los casos activamente infecciosos. La superstición de que pueda manejarse de manera adecuada una epidemia, concentrándose solamente en datos, que captan una fracción del real universo epidémico, es similar en concepto, a que se considere que un borracho, padeciendo de una circunscrita visión de túnel y además borrosa, pueda conducir un vehículo motorizado sin una inminente catástrofe. Como las razones para las restricciones científico técnicas para abordar la epidemia escapan del campo de la ciencia, ellas tienen que buscarse en otras esferas y en otros campos de la actividad social y económica, y quizás contenidos de estas últimas puedan ayudarnos a entender este maligno y desorientador proceso.

Probablemente para los chilenos que viven en el Siglo XXI, será sorprendente que se pueda comparar este abandono de lo científico en los procedimientos del gobierno de turno para batallar contra la epidemia, a lo que sucedió con Galileo durante el Siglo XVI en el Renacimiento y sus descubrimientos del movimiento de los cuerpos celestes en el sistema solar, incluyendo la tierra. En aquella época, la Iglesia temerosa de una potencial pérdida de autoridad por los descubrimientos de Galileo, que destronaban a los humanos y a la tierra como los centros del universo, trató de obliterar sin éxito la aplicación de las matemáticas y de la astronomía a la comprensión de los movimientos de los planetas y astros. Galileo fue exiliado, torturado, obligado a abjurar de sus descubrimientos y, como sucede ahora con la ciencia epidemiológica en Chile, impedido de practicar su arte en beneficio del bien común. Si en aquella época era la Iglesia el poder fáctico que se sentía amenazado por la ciencia galileana, hoy día en Chile son los caballeros de la industria y del comercio los que al parecer ven amenazados sus dividendos por la aplicación de la ciencia epidemiológica necesaria para neutralizar y detener la propagación del virus por medio de inversiones para el aislamiento físico, con cuarentenas con imprescindible apoyo económico y para implementar medios de diagnóstico y de trazabilidad sin restricciones. De allí las amenazas ignorantes y viles de Don Juan Pablo Swett (Multigremial Nacional) de que “Hay que quitarle las llaves de la economía al ministro Paris” (La Tercera, diciembre 14).

Incidentalmente, la trágica situación epidemiológica por la que atraviesa el país, se debe en gran parte a la obsecuencia miope de las autoridades sanitarias, que hasta ahora han sacrificado en el altar de las potenciales ganancias económicas a la ciencia médica y a su ética, y con ello el bienestar de la población. Pero esto, aun no es suficiente para el Sr. Swett y otros, que cuales modernos Molochs quieren continuar sacrificando la salud y la vida de más chilenos en las llamas de la hoguera viral, con el objetivo avaricioso y bastardo de mantener inalterado el ritmo de sus utilidades. La presencia en el país de estos conflictos violentos y caóticos, entre políticas por la vida y otras por la muerte, son en mi opinión manifestaciones de una profunda degradación de la moral social y además el que ellos existan sin ser identificados, llamados de manera clara por su nombre y resistidos frontalmente, evidencian también una descomposición de los nexos aglutinantes de una sana convivencia social. Galileo soporto estoicamente los embates de la violencia eclesiástica y su entereza se manifestó entre otros en su famoso dictum, refiriéndose a la tierra “Y sin embargo se mueve”. En Chile pareciera, que, gracias a los poderes fácticos, lo único que continúa moviéndose sin control a través de la población debido a sus asombrosas propiedades biológicas, es el virus y su estela de sufrimientos, que medidas fragmentarias e incompletas se demuestran incapaces de neutralizar.

Sin duda, la pandemia y las profundas crisis sociales y económicas que han resultado de ella, nos indican, que estamos viviendo tiempos excepcionales, y presenciando también actividades inusitadas, en las cuales el arco del quehacer humano se manifiesta en toda su variada riqueza, desde las más indignas a las más generosas. Semanas antes de la elección presidencial en los EE. UU., publicaciones médicas y científicas de gran tradición como el Scientific American y el New England Journal of Medicine (NEJM) se pronunciaron drásticamente en contra de la reelección del gobierno del Sr. Trump debido a su manejo caótico, irresponsable y letal de la epidemia. Esta última revista médica, la más prestigiosa del mundo, rompió con más de 200 años de su llamado apoliticismo para decir en un editorial, “cualquiera persona que haya dilapidado vidas humanas y dinero de esta manera estaría expuesto a sufrir el peso de la ley por sus responsabilidades legales” y porque además “han transformado una crisis en una tragedia”, para terminar diciendo, “no podemos justificar y permitir la muerte de miles de nuestros compatriotas manteniendo a estas personas en el gobierno”. La mortalidad por COVID-19 es en los EE.UU. de aproximadamente 95.00 x 100 000 habitantes y en Chile de 117.00 x 100 000, un 23% más alta que en los EE.UU.

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Reacciones similares a las de las profesiones científicas y médicas estadounidenses se aprecian en nuestro país, ilustradas por ejemplo por la reelección de la lista de la Dra. Izquia Siches como directivos del Colegio Médico, ya que en este momento epidémico ellos parecieran representar y defender los mejores valores de la profesión médica, de la salud pública y de sus éticas. Sin embargo, llama la atención en esta elección, el alto porcentaje de votos obtenido por la lista alternativa, la cual, al parecer, detrás de su fingido apoliticismo, condonaba las erradas y deletéreas políticas epidemiológicas del gobierno. Esto indicaría a mi juicio que las ciencias relativas al virus y a su prevención y manejo aún no ha pasado a formar parte del acervo profesional de una parte importante de la profesión médica, la cual necesitaría probablemente de más educación al respecto, para estar mejor preparados para la segura próxima epidemia. El editorial del NEJM también denunciaba a la administración Trump por haber reemplazado en la lucha contra la epidemia el uso de la ciencia por el de las opiniones de “personalidades opinantes y charlatanes que ocultan la verdad y promulgan mentiras”. Cualquiera que haya leído los pronunciamientos de ciertas autoridades en las crónicas de El Mercurio y de La Tercera acerca de la epidemia, en los últimos once meses y especialmente al comienzo de ella, se dará cuenta que nuestro país al igual que los EE.UU., ha sufrido también, además del virus, de una plaga de faramalleros. Esta segunda plaga pareciera ser por sus resultados, tan o más funesta que la viral, ya que ha inhibido la prevención de miles de casos y de muertes evitables. Desgraciadamente, confirmando lo que Galileo dijera ya en su época, “respecto de las materias que requieren conocimiento y buen juicio, cuanto menos la gente las entiende, con más derecho y desparpajo se sienten para dar sus infundadas opiniones”.

 

Por Felipe Cabello C.*

*Escrito a la memoria de mi padre, fallecido hace 25 años atrás, y quien me enseñara a distinguir la paja del trigo

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