
A lo maldito: cuando la cultura mata
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La cultura no es un conjunto de artes o dominios específicos o eruditos. Es una herramienta fundamental de poder por medio de la cual la clase dominante controla a la sociedad logrando que sus valores e ideología sean aceptados como sentido común, como si así fueran las cosas sin otras opciones, según define Antonio Gramsci. Así, nada que se cree en la sociedad queda fuera de lo que se entiende por cultura.
Por ejemplo, la delincuencia que impera hoy en nuestro país es la que corresponde a este orden y en este estado de desarrollo capitalista neoliberal. Como la educación, la salud, la inexistencia de seguridad social, lo que vemos en la tv picante, la oferta culinaria de los centros comerciales y el comercio ambulante.
Los medios de comunicación se emplean a fondo cuando se trata de un grupo de delincuentes menores de edad que comete la atrocidad de asesinar a un niño de doce años al momento de robar a su familia.
La discusión que sigue tiene que ver con procedimientos, leyes, sanciones, organismos policiales e investigadores, jueces y sentencias.
Pocas veces y pocas personas se detienen para preguntarse qué tipo de sociedad, que tipo de cultura permite que muchachos que deberían estar en la escuela anden armados asaltando a lo que se le cruce y maten sin piedad si les parece necesario.
Como resulta obvio, para que un joven de catorce años ande en esas andanzas, debe haber una serie de sucesos previos que permitieron una aberración que no se puede explicar solo desde el punto de vista de las leyes y la diligencia de policías, fiscales y jueces.
Si por ventura las instituciones relacionadas con la cuestión relativa a la delincuencia juvenil decidieran aventurarse a fondo para buscar las reales causas de este tipo de dramas sociales, no llegarían muy lejos antes de ser acusados de comunistas, activistas, resentidos, agentes del caos que quieren destruir lo que se ha logrado: descubrirían que es el sistema el que crea las condiciones necesarias para que sea bien visto ser malo.
Si se quiere en verdad saber por qué un joven de tercero medio mata por gusto, el investigador va a llegar al corazón de una sociedad a la que le interesa bien poco o nada lo que suceda con un escolar que anda asesinando y robando lo que se le cruce.
Muy en el fondo de esta sopa que permite crímenes que denigran lo que conocemos por decencia, hay una sociedad en esencia injusta, naturalmente violenta, estudiadamente marginada y vergonzosamente aceptada por el consenso político que da forma al Estado y a su administración.
De cierta manera, aunque no lo digan a los que mandan esta sociedad corrupta desde la madre, al orden le interesa la existencia de un estado de ánimo crispado por la rabia, alterado por el miedo y necesitado de otra violencia como medio aparentemente único de prevenir, perseguir y castigar esos crímenes horrendos, y de paso, y he ahí algo esencial: es un recado a los disconformes del sistema y críticos del orden, a quienes de común se los trata de delincuentes.
La primera violencia, la madre de las otras, la pone el Estado neoliberal mediante una pobreza estructural, con sueldos que condenan a la pobreza eterna, pensiones de vergüenza, educación miserable y una vida marginada de los beneficios que genera el supuesto avance civilizatorio.
La violencia primigenia sucede cuando no se ve un futuro, cuando todo cuesta y caro, cuando ir a la escuela o no da lo mismo, cuando el Estado abandona a sus niños a una miseria con celulares, antenas parabólicas, centros comerciales al alcance de la mano, automóviles baratos, y muchos personajes violentos a los que emular.
Otra forma estructural de violencia es la que genera el no saber qué va a pasar mañana, qué educación tenemos para nuestros hijos, qué va a pasar si en el tercio final de nuestras vidas nos enfermamos, cuánto cuesta a parejas jóvenes hacerse de un lugar para fundar su familia, cuánto de lejos quedan las superiores formas del arte y cuán a la mano están aquellos sucedáneos que incitan al lujo, desbordado, al lucimiento de cosas que brillan, al despilfarro del dinero, joyas, drogas, vehículos de lujo y cuan bien visto es el tatuaje vistoso, la música machacona y ramplona y lucirse armado en videos de redes sociales. Sería bueno indagar en esos niños asesinos qué quieren en sus vidas, cuál es su proyecto.
El lenguaje de la delincuencia tiene la gracia de graficar la evolución del delito y de los delincuentes. Y de lo que pasa en esa parte de la sociedad que no aparece en la glorificación neoliberal.
Ser de menores, por ejemplo, es una expresión que se luce con orgullo entre estos muchachos que comenzaron su vida delictual en esas cárceles de niños que se suponen para atajar en edad temprana a las criaturas vulneradas en sus derechos y que nacieron en una circunstancia en que por delante no tienen ninguna otra opción que ser delincuentes toda su vida, normalmente corta.
Vivo, se llama el delincuente que manda en un banda y es, por lo general, el más inteligente y violento al momento de enfrentar un delito. Es quien no la piensa mucho al momento de balear o acuchillar a sus víctimas lo que, en breve, le permite ser el que la lleva en el grupo.
Y se llega así a la cumbre cultural de la formación económica neoliberal cuando estos muchos atacan a lo maldito. Es decir, sin mostrar la más mínima empatía ni clemencia ni pena por la persona a la que va a matar así sea una mujer de edad, un hombre minusválido o un niño de cortos años.
Y cuando ese proceso culmina con muertos, heridos y personas normales profunda e irreversiblemente violentados, el mismo Estado que dio vida a estos delincuentes, que generó las condiciones antes incluso de sus nacimientos, solo se preocupa de la última parte de un proceso que comenzó mucho antes. Las familias de esos muchachos, de común, hicieron el mismo recorrido delincuencial.
Los criminales que mataron al niño de doce años ya habían pasado varias veces por las instituciones que se hicieron cargo de ellos por delitos anteriores. A la luz de los trágicos acontecimientos que terminaron con la vida de ese niño y la destrucción de una familia, el sistema no se hace cargo del fracaso de esas instituciones porque están hechas para fracasar.
Porque no se trata cuestiones administrativas, ni siquiera judiciales ni de la sociología ni la psicología: esto es política. Es en ese campo donde se cambia la cultura o se mantiene aquella que mata.
Ricardo Candia Cares
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