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Cuando las encuestas comienzan a gobernar

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Las encuestas no sólo registran el estado de la opinión pública. Cuando sus resultados se acumulan y convergen con otros indicadores económicos y políticos, comienzan a moldear la percepción de ciudadanos, medios, inversionistas y dirigentes. Más que reflejar la realidad, contribuyen a construir el clima político en el que un gobierno debe ejercer el poder.

 

Durante años se repitió una frase casi como un mantra: las encuestas son una fotografía del momento. La afirmación es correcta, pero incompleta. En determinados contextos políticos, las encuestas dejan de ser una simple fotografía y pasan a convertirse en un actor que modifica la escena que pretende retratar.

Eso parece estar ocurriendo con el gobierno de José Antonio Kast.

La última encuesta Cadem volvió a registrar una caída en la aprobación presidencial y un aumento de la desaprobación. Más importante aún, retrocedieron prácticamente todos los atributos personales y de gestión que la propia medición evalúa: liderazgo, capacidad para enfrentar la delincuencia, manejo económico, control de la inmigración y conducción de la coalición oficialista. Son precisamente las áreas sobre las cuales el Presidente construyó su identidad política durante la campaña.




Sin embargo, el dato más revelador aparece en un gráfico que probablemente pasó inadvertido para buena parte de los lectores. La comparación histórica de la aprobación de los presidentes durante sus primeros meses muestra que sólo dos gobiernos experimentaron un deterioro tan rápido: el de Gabriel Boric y el de José Antonio Kast.

La comparación no pretende establecer una equivalencia entre ambos proyectos políticos. Representan propuestas casi opuestas para el país. Lo interesante es que ambos llegaron al poder prometiendo cambios profundos y ambos chocaron tempranamente con las restricciones de la realidad económica, institucional y social.

En el caso de Boric, el obstáculo inicial fue la crisis de seguridad y poco más tarde el fracaso del proceso constitucional. En el caso de Kast, las dificultades provienen del bajo crecimiento económico, el deterioro del empleo, las tensiones dentro de su propia mayoría y la distancia creciente entre las promesas de campaña y los resultados concretos.

Hasta aquí hablamos de política.

Pero hay un segundo fenómeno, mucho menos visible y quizá más importante.

Las encuestas no sólo registran el estado de la opinión pública. También ayudan a construirlo.

Desde hace décadas, la ciencia política y la sociología electoral estudian un fenómeno conocido: cuando una determinada interpretación comienza a instalarse como dominante, los actores políticos empiezan a comportarse como si esa interpretación ya fuera un hecho consumado.

Si un gobierno aparece fuerte, los parlamentarios oficialistas disciplinan sus diferencias, los empresarios proyectan estabilidad, los mercados reducen la incertidumbre y la prensa tiende a interpretar los acontecimientos bajo esa lógica.

Cuando ocurre lo contrario, el proceso se invierte.

Los legisladores comienzan a pensar en su propia supervivencia electoral antes que en la disciplina partidaria. Los aliados se vuelven más exigentes. Los adversarios perciben una oportunidad. Las disputas internas dejan de resolverse discretamente y pasan a ventilarse públicamente. Incluso decisiones administrativas menores adquieren la apariencia de una crisis política.

No porque la encuesta produzca esos hechos por sí sola.

Sino porque entrega un marco común desde el cual todos comienzan a interpretar la realidad.

El sociólogo estadounidense William I. Thomas formuló hace más de un siglo un principio que conserva plena vigencia: cuando las personas definen una situación como real, esa definición termina produciendo consecuencias reales.

Las encuestas operan muchas veces de esa manera.

No inventan la realidad política, pero contribuyen decisivamente a organizar su percepción.

Y en política la percepción nunca es un asunto secundario.

La historia chilena ofrece varios ejemplos. Las prolongadas caídas en las encuestas de Eduardo Frei Ruiz-Tagle durante la crisis asiática, de Michelle Bachelet tras el caso Caval o de Sebastián Piñera después del estallido social terminaron condicionando la capacidad de sus gobiernos para impulsar reformas, ordenar a sus coaliciones o recuperar la iniciativa pública.

No fue únicamente la encuesta la que debilitó esos gobiernos.

Fue el clima político que las encuestas ayudaron a consolidar.

Por eso resulta un error frecuente discutir únicamente si Cadem, Criteria o CEP acertaron en uno o dos puntos porcentuales. Esa discusión metodológica, siendo importante, deja fuera el aspecto central.

Lo verdaderamente relevante es que millones de personas —políticos, empresarios, periodistas, inversionistas y ciudadanos— utilizan esos datos para interpretar el momento político.

Las encuestas no sólo reflejan el clima de opinión.

Contribuyen a crearlo.

En el caso del gobierno de Kast, el problema es que la caída registrada esta semana no aparece aislada. Se suma a una sucesión de indicadores económicos desfavorables, a un aumento del desempleo, a señales de desaceleración de la actividad, a dificultades legislativas y a crecientes tensiones dentro del oficialismo.

Cuando distintos indicadores comienzan a apuntar en la misma dirección, dejan de ser episodios dispersos y empiezan a formar un relato.

Y en política los relatos importan.

Porque un gobierno puede conservar formalmente todas sus atribuciones constitucionales, pero si pierde la capacidad de instalar una narrativa de fortaleza y conducción, comienza a gobernar en condiciones mucho más difíciles.

Las encuestas no eligen presidentes ni reemplazan el juicio ciudadano expresado en las urnas.

Pero sí influyen en el ambiente político en el que esos gobiernos deben ejercer el poder.

Y cuando ese ambiente cambia de manera persistente, las encuestas dejan de ser simples instrumentos de medición.

Empiezan, silenciosamente, a participar en el gobierno de los acontecimientos.

 

Simón del Valle



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Simon Del Valle

Periodista

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