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El colapso ya llegó: mientras gobiernos hablan de “seguridad” y de IA, el planeta se vuelve inhabitable

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Estamos viviendo en el colapso. No es una profecía apocalíptica ni una advertencia para un futuro lejano: nos cayó encima sin pedir permiso. Europa atraviesa un verano de calor extremo, sequías e incendios; la Organización Meteorológica Mundial registra temperaturas récord en tierra y mar, junto con incendios e inundaciones. La emergencia climática dejó de ser una noticia extraordinaria. Hay de qué alarmarse. Exigir rendimiento de cuentas a los Estados.

El Mediterráneo arde, los ríos europeos alcanzan niveles extraordinariamente bajos y las olas de calor cobran vidas que rara vez aparecen en los titulares como víctimas del cambio climático. Solo en Europa, las cuatro olas consecutivas de calor de este verano habrían provocado al menos 35.000 muertes adicionales, según estimaciones preliminares. Mientras tanto, más de 627.000 hectáreas habían ardido en la Unión Europea hasta el 25 de agosto. Y la serie inhabitual de terremotos provoca incertidumbre. ¿Cuántas catástrofes más necesitamos para admitir que no estamos ante episodios aislados?

El Himalaya acaba de entregar una imagen brutal de este nuevo mundo. El colapso de un glaciar en la frontera entre Nepal y Tíbet desencadenó una avalancha de agua, barro y rocas que arrasó pueblos enteros. El balance disponible este jueves 27 de agosto alcanza al menos 180 muertos y más de 1.300 desaparecidos, aunque otras actualizaciones elevan considerablemente la cifra de fallecidos mientras continúan los rescates. El US Geological Survey determinó que el fenómeno fue provocado por el colapso glaciar y el flujo de escombros, no por un terremoto convencional.

Chile tampoco está fuera de esta nueva geografía de la catástrofe. En agosto, las lluvias asociadas a un río atmosférico provocaron inundaciones, activación de quebradas y flujos de barro desde el norte hasta la zona centro-sur; en Arica y Parinacota y Coquimbo, SENAPRED registró más de un millar de personas albergadas, 580 damnificadas y una persona fallecida. El problema no es solamente la intensidad de cada fenómeno: es que nuestras ciudades, carreteras, viviendas, sistemas de agua y territorios fueron diseñados para un clima que ya no existe.




Aquí aparece la responsabilidad política. Los Estados siguen reaccionando después del desastre, enviando maquinaria, evacuando poblaciones y contando muertos, cuando deberían anticiparse a ellos. Chile no carece completamente de propuestas ambientales: el programa de Kast contiene compromisos en energía, agua, bosques y adaptación, y un informe de la UC identifica 55 compromisos ambientales para 2026-2030. Pero precisamente ahí está la crítica: en plena crisis ecológica, la cuestión climática no ocupa el centro de la agenda política, económica y presupuestaria del país.

La ultraderecha representa un riesgo todavía mayor cuando convierte la protección ambiental en una supuesta traba al crecimiento capitalista y privilegia la desregulación, la explotación de recursos y la velocidad de las inversiones. Y mientras hace gárgaras con la seguridad y la utiliza para proyectos de tiranía liberticida. El problema no es únicamente el gobierno de Kast: es una concepción política que subordina la supervivencia ecológica a la rentabilidad inmediata. Pero tampoco la izquierda y los gobiernos progresistas pueden eludir su responsabilidad: durante años administraron la emergencia sin convertirla en una transformación estructural de la economía, del transporte, de las ciudades, del agua y del territorio.

El espectáculo de la catástrofe ecológica es obsceno. Mientras gobiernos, empresas y medios celebran cada nuevo salto de la inteligencia artificial, millones de seres humanos enfrentan calor extremo, incendios, sequías, inundaciones y desplazamientos. Discutimos quién dominará los algoritmos mientras el planeta pierde las condiciones materiales que permiten vivir dignamente.

Por eso hay que abandonar la idea tranquilizadora de que el colapso está por venir: el colapso ya está aquí. La impotencia ciudadana no puede transformarse en resignación; debe convertirse en exigencia democrática. Los gobiernos tienen que tratar la emergencia climática como una cuestión de seguridad humana: prevención, infraestructura resiliente, protección del agua y los glaciares, ordenamiento territorial, transición energética, vivienda segura y enormes recursos para adaptación. Porque cuando los Estados continúan gobernando como si el viejo clima siguiera existiendo, la negligencia deja de ser un error: se convierte en una forma de irresponsabilidad política.

 

Leopoldo Lavín Mujica

 

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Leopoldo Lavín

B.A. en philosophie et journalisme, M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec, Canadá.

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