Política Global

Israel: los partidos árabes pueden decidir el futuro de Netanyahu, pero no el de Palestina

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El avance de la representación palestina en las elecciones israelíes ha dejado a Benjamin Netanyahu sin una mayoría asegurada, pero tampoco garantiza su salida del poder. La oposición necesita negociar con partidos árabes a los que algunos de sus dirigentes se resisten a reconocer como socios de gobierno. Mientras la antigua izquierda laborista exige romper esa exclusión, el futuro de Gaza y Cisjordania permanece fuera de los grandes consensos políticos israelíes.

Israel ha votado, pero todavía no sabe quién lo gobernará. Las elecciones del martes 27 de octubre dejaron una Knéset fragmentada, sin una mayoría parlamentaria asegurada para Benjamin Netanyahu ni para su principal adversario, el exjefe militar Gadi Eisenkot. El resultado ha colocado en el centro de las negociaciones a los partidos árabes, que registraron un avance significativo y podrían disponer de los votos necesarios para facilitar un cambio de gobierno.

Sin embargo, la aritmética parlamentaria no resuelve el problema político. Los partidos que se oponen a Netanyahu no constituyen un bloque homogéneo y varios de sus dirigentes rechazan depender de los representantes de la población palestina con ciudadanía israelí.

La paradoja es considerable. Los votos árabes podrían resultar indispensables para sustituir a Netanyahu, pero quienes necesitan esos votos no necesariamente están dispuestos a reconocer a sus representantes como socios legítimos.




El escrutinio parcial de este miércoles ha mostrado variaciones en la distribución proyectada de los 120 escaños. En distintos momentos de la mañana, el bloque de Netanyahu se situó entre 54 y 56 diputados, mientras las fuerzas encabezadas por Eisenkot reunían aproximadamente entre 47 y 49. Los partidos árabes se movían entre 16 y 19 representantes.

Ninguno de los dos grandes bloques alcanza por sí solo los 61 diputados necesarios para asegurar una mayoría parlamentaria.

El Likud continúa siendo la primera fuerza individual. Pero Netanyahu necesita aliados adicionales para formar un nuevo gobierno, mientras Eisenkot requiere una combinación de apoyos que sus propios socios todavía no han aceptado.

En estas circunstancias, la continuidad del primer ministro puede depender menos de una victoria electoral concluyente que de la incapacidad de sus adversarios para ponerse de acuerdo.

Los partidos árabes, protagonistas inesperados

Uno de los hechos más significativos de la elección es la elevada participación de los ciudadanos árabes israelíes, mayoritariamente palestinos que permanecieron dentro de las fronteras del Estado creado en 1948 y cuyos descendientes poseen ciudadanía israelí.

Representan aproximadamente una quinta parte de la población del país. Pueden votar y elegir diputados, aunque sus comunidades denuncian desde hace décadas desigualdades estructurales en materia de vivienda, presupuestos municipales, servicios públicos y reconocimiento de localidades.

Su situación es distinta de la de los palestinos de Gaza y Cisjordania ocupada, quienes no participan en las elecciones parlamentarias israelíes.

Dos agrupaciones concentran buena parte de esta representación.

La Lista Conjunta reúne corrientes nacionalistas palestinas y de izquierda, entre ellas Hadash, de tradición comunista y con participación de militantes judíos y árabes. Ra’am, dirigida por Mansur Abbas, representa una corriente islamista pragmática, especialmente orientada a obtener mejoras materiales y reconocimiento institucional para las comunidades árabes.

Ambas tienen diferencias ideológicas y estratégicas, pero coinciden en reclamar que sus votos no sean excluidos de las decisiones parlamentarias.

Ahmad Tibi, uno de los dirigentes de la Lista Conjunta, sostuvo este miércoles que la elevada participación árabe impidió que el bloque de Netanyahu alcanzara una mayoría. También manifestó disposición a contribuir a su sustitución si las demás fuerzas opositoras aceptan negociar.

La posibilidad no es completamente nueva. En 2021, Ra’am participó en la coalición encabezada por Naftali Bennett y Yair Lapid, que puso fin temporalmente a un largo período de gobiernos de Netanyahu.

Aquella experiencia demostró que un partido árabe puede integrar un gobierno israelí. También evidenció las dificultades de sostener una alianza que reúne a sectores de derecha nacionalista, liberales, centristas e islamistas.

Ahora el desafío es mayor, porque la representación árabe podría resultar necesaria no solo para completar una mayoría, sino para construirla desde el comienzo.

La oposición y el límite de su propio proyecto

Gadi Eisenkot ha emergido como el principal adversario electoral de Netanyahu. Exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, participó en el gabinete de guerra formado después de los ataques del 7 de octubre de 2023, antes de distanciarse del primer ministro por diferencias sobre la conducción del conflicto.

Su partido, Yashar, reúne sectores de centro y centroderecha. Junto a él se encuentran otras fuerzas que buscan desplazar a Netanyahu, entre ellas las encabezadas por Naftali Bennett, Avigdor Lieberman y Yair Golan.

Pero la oposición no tiene una posición común respecto de los partidos árabes.

Eisenkot ha planteado condiciones para cooperar con ellos relacionadas con el reconocimiento de Israel como Estado judío y democrático, la condena de Hamás y las obligaciones cívicas y militares. Algunas de esas exigencias son rechazadas por representantes palestinos, que consideran que cualquier negociación debe realizarse entre fuerzas parlamentarias con igual legitimidad.

Otros dirigentes de derecha que se oponen a Netanyahu también han descartado participar en una coalición sostenida por partidos árabes.

La dificultad no es meramente táctica. Se relaciona con una de las contradicciones más profundas del sistema político israelí: la coexistencia de una ciudadanía formalmente compartida con una definición nacional del Estado que concede centralidad a su carácter judío.

En ese marco, una parte de la dirigencia política considera legítimos los votos árabes para elegir diputados, pero cuestiona que esos mismos diputados puedan determinar quién gobierna.

La cuestión ha quedado expuesta con especial claridad después de las elecciones.

La antigua izquierda laborista reclama una alianza con los árabes

Una de las voces más explícitas contra esa exclusión ha sido Yair Golan, dirigente de Los Demócratas, la formación surgida en 2024 de la unión entre el histórico Partido Laborista y Meretz.

El laborismo fue durante décadas una de las grandes fuerzas políticas de Israel. Sus antecedentes se remontan al movimiento que encabezó la fundación del Estado y que tuvo entre sus principales figuras a David Ben-Gurión, Golda Meir e Isaac Rabin.

Su declive electoral constituye una de las transformaciones más profundas de la sociedad israelí.

Después de dominar la política durante buena parte de las primeras décadas del Estado, el laborismo perdió influencia frente al ascenso de la derecha nacionalista, las fuerzas religiosas y nuevas agrupaciones de centro. En 2022 obtuvo apenas cuatro diputados, mientras Meretz quedó fuera del Parlamento.

La creación de Los Demócratas buscó reconstruir un espacio de izquierda sionista, liberal y socialdemócrata.

Golan, antiguo subjefe del Estado Mayor, representa una combinación característica de ese sector: trayectoria militar, defensa de las instituciones democráticas, crítica al gobierno de Netanyahu y oposición a la anexión de Cisjordania.

Este miércoles planteó que la oposición tiene la responsabilidad de construir un gobierno junto a los partidos árabes.

Su argumento apunta directamente al problema que atraviesa las negociaciones: el voto de un ciudadano árabe debe tener exactamente el mismo valor político que el de un ciudadano judío.

Golan cuestionó también la contradicción de quienes exigen una mayoría exclusivamente sionista mientras Netanyahu gobierna con partidos ultraortodoxos que no comparten todos los principios del sionismo político y se oponen al servicio militar obligatorio de sus comunidades.

La intervención de Golan introduce una diferencia sustantiva dentro de la oposición.

Mientras Eisenkot intenta construir una mayoría sin depender formalmente de los partidos árabes, la antigua izquierda laborista sostiene que esa exclusión puede terminar garantizando la permanencia de Netanyahu.

No obstante, Los Demócratas siguen siendo una fuerza minoritaria. Su posición no obliga a los demás integrantes del bloque opositor a aceptar una alianza semejante.

El debate refleja también las dificultades de reconstrucción de la izquierda israelí, que ha perdido capacidad para disputar las grandes orientaciones nacionales y cuya influencia depende ahora de coaliciones con fuerzas considerablemente más conservadoras.

Netanyahu puede continuar sin conseguir una mayoría

La fragmentación parlamentaria ofrece a Netanyahu una posibilidad de continuidad.

En Israel, los electores votan por listas de partidos, no directamente por un primer ministro. Después de las elecciones, el presidente del Estado consulta a las distintas fuerzas y encarga la formación de gobierno al diputado que considera en mejores condiciones de reunir una mayoría.

El candidato dispone inicialmente de 28 días, con la posibilidad de una prórroga de hasta 14. Si fracasa, pueden abrirse otras etapas de negociación.

Durante ese proceso, Netanyahu continúa como primer ministro en funciones.

Si ninguna combinación parlamentaria consigue formar gobierno, el país podría terminar celebrando nuevas elecciones.

Israel conoce bien este escenario. Entre 2019 y 2022 atravesó una prolongada crisis de gobernabilidad que produjo cinco elecciones en menos de cuatro años.

El bloqueo actual presenta algunas similitudes, aunque también diferencias importantes.

Netanyahu mantiene un bloque relativamente cohesionado de partidos de derecha, ultranacionalistas y religiosos. Sus adversarios, en cambio, comparten el objetivo de sustituirlo, pero no un programa de gobierno plenamente definido.

Esa asimetría puede resultar decisiva.

La continuidad del primer ministro no exige necesariamente que consiga de inmediato nuevos aliados. Durante las negociaciones, basta con que tampoco se constituya una mayoría capaz de reemplazarlo.

No significa que Netanyahu tenga asegurada su permanencia. Significa que una elección sin mayoría concluyente puede prolongar su mandato incluso después de haber perdido la capacidad de reunir una coalición parlamentaria estable.

La polarización que atraviesa Israel

La participación electoral alcanzó el 77,7%, una de las más elevadas de las últimas décadas. El dato revela la intensidad de una confrontación que se desarrolla simultáneamente en varios planos.

El primero es la figura de Netanyahu.

Sus adversarios cuestionan su responsabilidad política por los fallos de seguridad que precedieron a los ataques del 7 de octubre de 2023, la conducción de las guerras posteriores y los intentos de modificar el sistema judicial.

A ello se suman sus procesos por corrupción, cuyas acusaciones rechaza.

Sus partidarios, en cambio, destacan su experiencia, las operaciones militares contra Hamás, Hezbolá e Irán y la necesidad de mantener una conducción firme en materia de seguridad.

Una segunda fractura enfrenta a sectores religiosos ultraortodoxos con amplios segmentos de la población que exigen igualdad en las obligaciones militares.

La tercera división, más profunda y persistente, se relaciona con el carácter del Estado y los derechos de los palestinos.

La campaña electoral volvió a mostrar que el desacuerdo sobre Netanyahu no equivale necesariamente a una confrontación entre proyectos opuestos respecto de la ocupación.

Una parte considerable de sus adversarios mantiene posiciones nacionalistas y militares que, aunque difieren de las del actual gobierno en determinados aspectos, no implican el reconocimiento de las principales demandas palestinas.

La polarización israelí, por tanto, no puede interpretarse simplemente como una disputa entre derecha e izquierda.

Tampoco como una elección entre continuidad de la guerra y una alternativa de paz.

Palestina: el límite de un eventual cambio de gobierno

Esta es posiblemente la cuestión de mayor trascendencia internacional.

Una eventual salida de Netanyahu no significaría automáticamente el fin de la ocupación ni el reconocimiento de un Estado palestino.

Eisenkot participó en la dirección militar israelí y ha cuestionado la estrategia de Netanyahu por sus resultados, pero no representa un proyecto político favorable a la creación inmediata de un Estado palestino.

Su oposición al primer ministro se concentra en la conducción de la seguridad, la responsabilidad institucional y la necesidad de reconstruir la confianza en el Estado.

La situación es distinta en sectores de la izquierda israelí y, especialmente, entre los partidos árabes, que reclaman una solución política basada en los derechos nacionales palestinos.

Sin embargo, esas fuerzas carecen de una mayoría propia.

Un gobierno alternativo podría introducir cambios en la administración de Gaza, la política hacia los asentamientos, las relaciones con la Autoridad Palestina o la cooperación con organismos internacionales.

Pero esas posibilidades no constituyen compromisos compartidos por todas las fuerzas opositoras.

La diferencia entre cambiar al primer ministro y modificar la política hacia Palestina es, por tanto, fundamental.

Gaza continúa enfrentando las consecuencias de una guerra devastadora, con decenas de miles de muertos, destrucción de infraestructura y una profunda crisis humanitaria.

En Cisjordania, la expansión de los asentamientos y las operaciones militares siguen condicionando la vida cotidiana de la población palestina.

El futuro de esos territorios no depende exclusivamente de quién encabece el próximo gabinete israelí. También está determinado por las posiciones del Parlamento, las instituciones militares, los movimientos de colonos y la relación estratégica con Estados Unidos.

En un análisis publicado antes de las elecciones, Haaretz advirtió sobre una contradicción particularmente significativa: mientras la derecha hacía campaña contra la creación de un Estado palestino, ninguna de las principales fuerzas opositoras judías convertía su reconocimiento en una propuesta electoral central.

Esa observación permite comprender los límites del resultado.

Israel puede cambiar de gobierno sin modificar sustancialmente su política hacia Palestina.

Trump y la continuidad de la alianza estadounidense

Estados Unidos ha seguido las elecciones con especial atención.

Donald Trump respaldó públicamente a Netanyahu durante la campaña y sus declaraciones fueron cuestionadas por dirigentes opositores israelíes, que interpretaron ese apoyo como una intervención en la competencia electoral.

La relación entre ambos dirigentes se ha fortalecido alrededor de una agenda compartida de seguridad regional, especialmente respecto de Irán.

Netanyahu volvió a destacar después de la votación la cooperación con Washington y la posibilidad de nuevas acciones conjuntas contra objetivos iraníes.

Pero la alianza entre Estados Unidos e Israel no depende exclusivamente de Netanyahu.

La cooperación militar, diplomática y de inteligencia tiene una trayectoria de décadas y cuenta con un amplio respaldo institucional estadounidense.

Un gobierno encabezado por Eisenkot podría modificar algunos aspectos de la relación bilateral, especialmente el estilo diplomático y la coordinación de determinadas políticas, sin alterar necesariamente sus fundamentos estratégicos.

La posición de Trump constituye un respaldo político para Netanyahu, pero no resuelve la aritmética parlamentaria israelí.

La formación del próximo gobierno seguirá dependiendo de las negociaciones entre partidos.

¿Una coalición alternativa o nuevas elecciones?

Las próximas semanas estarán marcadas por tres posibilidades.

La primera es que Eisenkot consiga un acuerdo con los partidos árabes, mediante su incorporación al gobierno o mediante un respaldo parlamentario externo. Esta fórmula exigiría superar las resistencias de los sectores de derecha que integran la oposición.

La segunda es que Netanyahu reúna apoyos adicionales o alcance algún acuerdo que le permita constituir una mayoría. Para ello necesitaría modificar la posición de dirigentes que han hecho de su salida del poder uno de sus principales compromisos.

La tercera es que ninguna de las dos alternativas prospere y el país permanezca bajo un gobierno en funciones hasta una nueva convocatoria electoral.

Los resultados definitivos permitirán precisar el peso de cada partido, pero no resolverán por sí solos las contradicciones políticas que impiden construir una mayoría.

La discusión abierta por Yair Golan y los dirigentes árabes puede adquirir una importancia considerable.

No se refiere únicamente a la conveniencia de una alianza parlamentaria. Plantea si la representación política de los ciudadanos palestinos de Israel será reconocida como parte legítima de una mayoría de gobierno.

Ese debate atraviesa la identidad del Estado y las posibilidades de convivencia democrática entre sus ciudadanos.

Una elección que deja abiertas las preguntas fundamentales

La elección israelí no ha producido una mayoría concluyente. Ha dejado expuestas las contradicciones de un sistema político profundamente dividido.

Netanyahu conserva una importante base electoral y puede continuar gobernando mientras sus adversarios intentan alcanzar un acuerdo.

Eisenkot representa una alternativa de conducción, pero necesita conciliar posiciones que van desde la derecha nacionalista hasta la izquierda socialdemócrata y los partidos árabes.

La antigua izquierda laborista, reorganizada en Los Demócratas, ha planteado que la exclusión de estos últimos puede convertirse en el principal obstáculo para sustituir al primer ministro.

Y los representantes palestinos han demostrado que su participación electoral puede alterar el equilibrio parlamentario, aunque todavía no esté claro cuánto podrán influir en las decisiones del próximo gobierno.

Más allá de la continuidad o salida de Netanyahu, permanece una cuestión que la campaña apenas consiguió abordar: el futuro político de Palestina.

La representación árabe puede resultar decisiva para determinar quién gobernará Israel. Pero la creación de un Estado palestino, el fin de la ocupación y la reconstrucción de Gaza exigen decisiones que exceden ampliamente las negociaciones para formar una coalición.

La paradoja de estas elecciones es que los partidos árabes pueden tener en sus manos el futuro de Netanyahu sin disponer todavía del poder necesario para transformar el futuro de Palestina.

Redacción del Clarín

 

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