
La fractura moral de la política
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Existe un momento en que las sociedades pierden el rumbo, y rara vez lo notan hasta que el daño es irreversible. Ese momento, sostengo, es cuando dejamos de exigir decencia a quienes nos gobiernan.
Los acontecimientos recientes me obligan a reflexionar sobre lo que considero una peligrosa tendencia: el declive ético en la política contemporánea. El caso de Flavio Bolsonaro en Brasil es paradigmático. Un candidato que no solo se niega a reconocer su derrota electoral —una conducta que ya debería alarmarnos— sino que posteriormente huye del país para evadir la justicia. Resulta inconcebible que alguien que aspiró a la presidencia no tenga la entereza de enfrentar los tribunales si efectivamente ha cometido delitos. ¿Cómo es posible que millones de personas hayan depositado su confianza en semejante figura?
Y no es un fenómeno aislado. Contemplamos con estupor cómo el presidente argentino, Javier Milei, protagoniza desbordes de naturaleza casi psicopática, insultando a cuanta autoridad se le cruza: viaja a Brasil para agraviar a Lula, llega a España para denostar al presidente Sánchez. Y, sin embargo, hay quienes siguen creyendo en él, ignorando los antecedentes que lo vinculan a estafas con criptomonedas, financiado, asimismo, con fondos públicos —como otros líderes de la ultraderecha global— por gobernantes afines, como el ex primer ministro húngaro.
Recuerdo cuando la honestidad intelectual y la rectitud de conducta eran valores irrenunciables para quienes aspiraban a cargos públicos. Evoco la historia de un destacado embajador —padre de un colega— que, ante una acusación de malversación, optó por quitarse la vida, incapaz de soportar el deterioro de su honor. Aunque después se comprobó que las imputaciones eran falsas, aquel gesto habla de una época en que la reputación importaba más que la supervivencia política.
En Chile, nos enorgullecíamos de que nuestros presidentes llegaban y se iban del poder con las manos limpias. Ese pacto implícito se quebró brutalmente con la dictadura de Pinochet: un traidor, asesino y ladrón que jamás dio la cara para asumir sus responsabilidades, culpando siempre a terceros. Desde entonces, arrastramos una fractura moral que no hemos sabido reparar.
Lo más preocupante es ver cómo personas sensatas —amigos, conocidos, gente que no ha dañado a nadie— respaldan a estos personajes. Cuando Lula fue acusado, dio la cara. Los Bolsonaro, en cambio, huyen. En nuestro país, personajes del mundo televisivo y deportivo, implicados en delitos, escaparon a Estados Unidos o Israel y retornaron impunes, mientras otros buscan refugio en la política para obtener fueros y protección.
Me indigna particularmente el caso de quienes, habiendo alcanzado posiciones parlamentarias con remuneraciones más que suficientes, exigen recortes salariales a sus propios colaboradores —situaciones que hoy están bajo investigación—. ¿En qué momento aceptamos que el servicio público se convierta en un mecanismo de enriquecimiento personal? Estamos retrocediendo a prácticas casi feudales, donde los subordinados deben tributar a su señor. Y lo peor: la ciudadanía reacciona con indiferencia, convencida de que «todos los políticos son iguales». No es así. Existen quienes mantienen principios, aunque se han vuelto minoría.
La indignación se agrava cuando observamos el tránsito permanente entre el sector público y el privado: funcionarios que supervisaron empresas y luego son contratados por ellas con sueldos exorbitantes. O partidos políticos creados exclusivamente para captar financiamiento estatal y enriquecer a sus dirigentes. Es una burla al sentido mismo de la ley.
Mi llamado es a la reflexión. Cuando elegimos a alguien, esa persona nos representa. Y cuando figuras como Milei, Trump o Bolsonaro —personajes con historiales cuestionables, construidos por aparatos publicitarios y redes sociales— llegan al poder, no podemos permanecer impasibles. Hay líderes que se presentan como azotes del crimen organizado cuando en realidad lo amparan. Bolsonaro es incapaz de dar la cara ante el país que casi lo eligió. ¿Es tan difícil asumir los errores?
La política sin ética es solo un mecanismo de poder. Recuperar la honestidad como exigencia no es nostalgia: es una necesidad democrática urgente.
Antonio Elizalde
