
Un millón de desempleados: las causas profundas de una economía que ya no genera trabajo suficiente
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La desocupación llegó al 9,8% y superó el millón de personas, mientras el empleo asalariado formal continúa retrocediendo. La desaceleración económica explica una parte del deterioro, pero las cifras también revelan problemas persistentes: debilidad industrial, menor contratación, transformaciones tecnológicas y dificultades de inserción laboral para mujeres y jóvenes. El gobierno apuesta por una recuperación de las inversiones, aunque permanece abierta una pregunta decisiva: ¿será suficiente el crecimiento para recuperar los empleos perdidos?
Chile acaba de superar nuevamente el millón de personas desempleadas. No se trata de una cifra inédita en la historia del país, pero sí de un umbral que no se alcanzaba desde la crisis provocada por la pandemia. Su reaparición, en circunstancias económicas diferentes, plantea interrogantes que van más allá de los resultados de un trimestre.
El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) informó el jueves que la tasa de desocupación llegó al 9,8% durante el período julio-septiembre de 2026, un aumento de 1,3 puntos porcentuales respecto de los mismos meses del año anterior. En términos absolutos, 1.007.976 personas se encontraban sin empleo, disponibles para trabajar y buscando una ocupación.
La cantidad de desocupados aumentó 15,3% en doce meses, mientras el número de ocupados disminuyó 1,1%. El empleo asalariado formal, una de las principales fuentes de estabilidad económica para los hogares, cayó 2,5%.
No se trata, por tanto, únicamente de que la economía esté creando menos puestos de trabajo de los necesarios para absorber a quienes ingresan al mercado laboral. También está destruyendo empleos existentes.
La publicación de estas cifras se produjo apenas un día después de la Enade, donde el presidente José Antonio Kast y el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, presentaron una perspectiva optimista sobre las inversiones y las posibilidades de recuperación económica.
El contraste es significativo. Mientras el gobierno proyecta un repunte de la actividad para 2027, las estadísticas muestran que el deterioro del empleo se ha profundizado durante 2026.
Una economía que se desacelera
La primera explicación del aumento del desempleo es la debilidad de la actividad económica.
En su Informe de Política Monetaria de septiembre, el Banco Central redujo la proyección de crecimiento para 2026 a un rango de apenas 0,25% a 0,75%, considerablemente inferior a sus estimaciones anteriores.
La desaceleración se relaciona con el comportamiento de la demanda interna, la debilidad de la inversión y las dificultades de sectores productivos relevantes.
Cuando las empresas venden menos, enfrentan mayores costos o anticipan un período prolongado de escaso crecimiento, tienden a postergar inversiones y contrataciones. Algunas reducen sus dotaciones para mantener sus resultados financieros.
El efecto se transmite a otros sectores: disminuye el consumo de los hogares, se debilitan las ventas del comercio y se reduce la demanda de servicios.
Pero el problema chileno presenta características que no pueden explicarse exclusivamente por la coyuntura.
Durante los últimos años, el país ha registrado dificultades persistentes para recuperar los niveles de dinamismo económico que caracterizaron etapas anteriores. La creación de empleos formales no ha conseguido sostener un ritmo suficiente y las oportunidades laborales se distribuyen de manera desigual entre sectores y grupos de la población.
La pregunta es si el deterioro actual constituye una fase transitoria de la economía o si está poniendo en evidencia limitaciones más profundas de su capacidad para generar trabajo.
La pérdida de empleos industriales y formales
Las estadísticas del INE permiten observar dónde se concentra parte de la contracción.
La ocupación en la industria manufacturera disminuyó 8,1% en doce meses. En información y comunicaciones la caída alcanzó 20,8%, mientras las actividades financieras y de seguros registraron una reducción de 14,1%.
Aunque estos sectores tienen dimensiones diferentes y responden a dinámicas particulares, las cifras muestran que la pérdida de empleo alcanza tanto a actividades industriales tradicionales como a servicios especializados.
La caída del empleo manufacturero resulta especialmente preocupante porque la industria suele generar puestos asalariados relativamente estables, desarrollar cadenas de proveedores y demandar una variedad de calificaciones laborales.
Cuando se debilita, no solo desaparecen puestos de trabajo dentro de las fábricas. También pueden verse afectados el transporte, los servicios técnicos, la mantención, la distribución y numerosas pequeñas empresas vinculadas a la producción.
En el sector financiero y en las actividades tecnológicas, las reducciones de personal pueden responder a procesos de reorganización empresarial, digitalización, automatización y ajustes de costos.
Sin embargo, no sería correcto atribuir toda la pérdida de puestos de trabajo a la tecnología. Para establecer esa relación se necesitan estudios específicos sobre productividad, inversión tecnológica y decisiones de contratación.
Lo que sí muestran los datos es una disminución simultánea del empleo en actividades que, por razones diferentes, han sido importantes para la generación de trabajo formal.
En la Región Metropolitana, donde se concentra una proporción significativa de la actividad económica, el desempleo llegó al 10,4%. El empleo asalariado formal cayó 4,5%, una contracción superior al promedio nacional.
Mujeres y jóvenes: las mayores dificultades para encontrar trabajo
El deterioro del mercado laboral no afecta a todos por igual.
La tasa de desocupación femenina alcanzó el 10,5%, frente al 9,3% registrado entre los hombres. Pero la diferencia más profunda aparece al observar la participación laboral.
Solo el 53,1% de las mujeres en edad de trabajar participa de la fuerza laboral, frente al 70,4% de los hombres. La proporción de mujeres efectivamente ocupadas llega apenas al 47,5%.
Estas cifras muestran que el problema femenino no se limita a la cesantía. Muchas mujeres permanecen fuera del mercado laboral, en parte por las responsabilidades domésticas y de cuidado que continúan distribuyéndose de manera desigual.
La falta de servicios de cuidado suficientes, las dificultades para compatibilizar horarios y la segregación ocupacional restringen las oportunidades de empleo, especialmente entre las mujeres de menores ingresos.
Los jóvenes enfrentan otras barreras. La falta de experiencia laboral, las dificultades para conseguir un primer contrato y la distancia entre las calificaciones adquiridas y las necesidades de las empresas pueden prolongar su búsqueda de trabajo.
El INE informó que el número de personas que buscan empleo por primera vez aumentó 24,7% en doce meses. Aunque esta cifra no equivale a una tasa de desempleo juvenil, revela mayores dificultades para ingresar al mercado laboral.
Una economía que no consigue incorporar a sus nuevas generaciones no solo pierde capacidad productiva. También posterga proyectos personales, independización económica, formación de hogares y oportunidades de desarrollo profesional.
La automatización y los nuevos costos de producir
El Banco Central ha identificado factores persistentes que contribuyen a explicar la debilidad del empleo desde la pandemia.
Entre ellos menciona el aumento de los costos laborales y la automatización de determinadas ocupaciones, favorecida por una reducción del costo relativo de la tecnología respecto del trabajo humano.
Esta última tendencia adquiere creciente importancia. Las empresas pueden mantener o aumentar su producción mediante sistemas automatizados, digitalización y reorganización de procesos que requieren menos trabajadores.
La inteligencia artificial amplía esas posibilidades hacia actividades administrativas, profesionales y de servicios que anteriormente parecían menos expuestas a la sustitución tecnológica.
Sin embargo, no existe evidencia suficiente para atribuir el deterioro actual del empleo chileno principalmente a la inteligencia artificial. La automatización es un proceso más amplio y sus efectos dependen de las características de cada sector.
El Banco Central también ha señalado que el aumento de los costos laborales puede haber afectado las decisiones de contratación.
Se trata de un argumento relevante, pero que requiere distinguir entre factores diferentes. El costo de contratar trabajadores puede influir en las decisiones empresariales, aunque también lo hacen las ventas, la productividad, las expectativas económicas y la disponibilidad de financiamiento.
Por ello, el aumento de los costos laborales no demuestra por sí mismo que las mejoras salariales o los derechos de los trabajadores sean responsables de la cesantía.
La coexistencia de estos factores muestra que el mercado laboral atraviesa transformaciones que no se resolverán necesariamente mediante una recuperación de corto plazo.
¿Un problema del modelo productivo?
Algunos economistas han planteado que las dificultades del mercado laboral chileno también deben examinarse a la luz de las limitaciones de su estructura productiva. Una economía fuertemente dependiente de la extracción y exportación de recursos naturales, con insuficiente diversificación industrial y tecnológica, puede incrementar sus exportaciones y atraer grandes inversiones sin generar una cantidad equivalente de nuevos empleos. La minería, por ejemplo, moviliza enormes recursos, pero sus procesos productivos son cada vez más intensivos en capital y tecnología que en contratación directa de trabajadores.
Esta interpretación abre una interrogante especialmente preocupante: si el desempleo responde no solamente a una desaceleración económica, sino también a transformaciones estructurales de la producción, una recuperación del crecimiento podría resultar insuficiente para revertirlo. No significa que el modelo exportador explique por sí solo el millón de desocupados, ni que exista evidencia concluyente de un desempleo estructural permanente. Pero obliga a preguntarse si la economía chilena está desarrollando suficientes actividades capaces de ofrecer trabajo estable y remuneraciones adecuadas a una población laboral que continúa creciendo.
El trabajo precario y el desempleo que no aparece en el titular
El millón de personas desocupadas no representa la totalidad de las dificultades laborales del país.
La tasa de ocupación informal alcanzó el 26,4%. Esto significa que aproximadamente uno de cada cuatro trabajadores ocupados se desempeña en condiciones de informalidad, con limitaciones en su protección social y previsional.
A ello se agrega el subempleo. La tasa combinada de desocupación y tiempo parcial involuntario llegó al 16,5%.
Este indicador incorpora a personas que tienen trabajo, pero realizan menos horas de las que necesitan y desean trabajar.
Por otra parte, el volumen total de horas efectivamente trabajadas disminuyó 2,2% en doce meses.
La combinación de desempleo, informalidad y subempleo permite comprender por qué las dificultades económicas pueden extenderse incluso a hogares donde alguno de sus integrantes aparece estadísticamente como ocupado.
Una persona puede tener empleo y, sin embargo, no conseguir ingresos suficientes para sostener sus necesidades básicas.
También existen trabajadores que, después de buscar durante meses, dejan de hacerlo por desaliento. Al no cumplir los criterios de búsqueda activa, quedan fuera de la tasa oficial de desocupación.
Por eso, el 9,8% debe interpretarse como una medida precisa de la cesantía según los criterios estadísticos del INE, no como una descripción completa de todas las formas de insuficiencia laboral.
Las promesas de inversión frente a la realidad del empleo
El gobierno de José Antonio Kast ha situado la recuperación de la inversión privada entre sus principales prioridades económicas.
Durante la Enade, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, presentó proyecciones favorables para 2027 y planteó la aspiración de reducir la desocupación a aproximadamente 6,5% hacia el término del mandato presidencial.
La estrategia gubernamental considera la agilización de permisos, incentivos a la inversión y medidas destinadas a recuperar la confianza empresarial.
Una mayor inversión puede contribuir a la contratación, particularmente durante la construcción de infraestructura y el desarrollo de nuevos proyectos. Pero sus efectos sobre el empleo dependen del tipo de actividad, su localización, la cantidad de trabajadores que requiere y la capacidad de generar encadenamientos productivos.
Una inversión minera de gran magnitud, por ejemplo, puede tener efectos importantes sobre las exportaciones y los ingresos fiscales, pero generar relativamente pocos empleos permanentes una vez finalizada su construcción.
En cambio, actividades industriales, servicios y pequeñas empresas pueden crear una cantidad considerable de puestos de trabajo con inversiones individuales menores.
Por ello, el volumen de capital comprometido no constituye una medida suficiente del éxito de una política laboral.
El desafío consiste en conocer cuántos empleos efectivos se crean, cuánto duran, qué remuneraciones ofrecen y en qué regiones se localizan.
El gobierno asumió en marzo, cuando el mercado laboral ya mostraba debilidades persistentes. No corresponde atribuirle la totalidad de los problemas acumulados durante los años anteriores.
Pero las decisiones económicas de la actual administración tendrán consecuencias sobre su evolución. Las políticas de inversión, el gasto público, la capacitación, la infraestructura y los instrumentos de desarrollo productivo pueden contribuir a la recuperación o limitarla.
También resulta necesario considerar el efecto que podría tener una política de ajuste fiscal sobre el empleo público, los servicios contratados por el Estado y las empresas que dependen de la inversión pública.
El costo social de una economía sin trabajo suficiente
Detrás del millón de desocupados existen situaciones personales y familiares que las estadísticas no alcanzan a describir.
La pérdida del empleo significa mucho más que la interrupción de un salario. Puede provocar endeudamiento, pérdida de cobertura previsional, dificultades para pagar una vivienda y dependencia económica de familiares.
Cuando la cesantía se prolonga, también disminuyen las posibilidades de reinserción laboral. La experiencia adquirida puede perder vigencia, las redes profesionales se debilitan y aumenta la distancia respecto de las exigencias de las empresas.
En el caso de los jóvenes, las dificultades para conseguir el primer empleo pueden afectar durante años su trayectoria laboral. Entre los trabajadores de mayor edad, perder un puesto estable puede significar enfrentar un mercado que ofrece escasas oportunidades de reincorporación.
Las consecuencias tampoco se distribuyen de manera uniforme. Los hogares con ahorros pueden resistir períodos de desempleo que resultarían devastadores para familias cuyos ingresos dependen de un único trabajador.
El deterioro del empleo también afecta al conjunto de la economía. Menores ingresos laborales reducen el consumo, debilitan la recaudación y pueden profundizar la desaceleración de la actividad.
Se configura así un círculo difícil de interrumpir: una economía débil destruye puestos de trabajo y la pérdida de ingresos de los trabajadores contribuye, a su vez, a debilitar la demanda.
La pregunta que deja el millón de desempleados
La tasa de desocupación del 9,8% constituye una señal de alarma, pero el problema que revela es más amplio.
Chile enfrenta simultáneamente una desaceleración económica, pérdida de empleo formal, dificultades de inserción laboral, transformaciones tecnológicas y desigualdades persistentes entre trabajadores.
Algunos de estos factores pueden mejorar si la actividad económica se recupera. Otros requieren políticas de más largo plazo, relacionadas con la formación laboral, la diversificación productiva, la participación femenina y la capacidad de generar actividades intensivas en empleo.
La discusión no debería limitarse a determinar qué gobierno es responsable de la cifra actual, aunque las responsabilidades de las distintas administraciones deban ser examinadas.
La cuestión principal es si la economía chilena cuenta con las condiciones necesarias para ofrecer trabajo suficiente a su población.
Durante décadas, el crecimiento económico fue presentado como el principal camino hacia el bienestar social. Sin embargo, el crecimiento de la producción y la creación de empleo no avanzan necesariamente al mismo ritmo.
Una economía puede aumentar sus exportaciones, incorporar nuevas tecnologías y atraer inversiones sin generar oportunidades laborales equivalentes.
El millón de desocupados obliga a examinar esa posibilidad con especial atención.
Porque el escenario más preocupante no sería únicamente que Chile continúe creciendo poco. Sería que, incluso cuando vuelva a crecer, una parte importante de su población siga sin encontrar trabajo.
Redacción de El Clarín
