
Pulso Ciudadano confirma el desgaste de Kast: economía pesimista y creciente desconfianza en el Presidente
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La última encuesta Pulso Ciudadano volvió a encender las alarmas en La Moneda. Aunque la aprobación del presidente José Antonio Kast subió levemente hasta 31,2%, el estudio muestra un dato mucho más profundo y estructural: la consolidación de un clima social marcado por el pesimismo económico, la sensación de retroceso del país y una fuerte desconfianza hacia la capacidad del mandatario para conducir el gobierno.
El problema para Kast no está únicamente en la cifra de aprobación. Lo verdaderamente delicado es el contexto emocional, económico y político en que esa aprobación se sostiene. La encuesta revela un país que observa con creciente incertidumbre el rumbo del gobierno y del modelo económico que prometía estabilidad, orden y crecimiento.
El dato más duro probablemente es el nivel de confianza presidencial. Un 52,6% declara tener “poca o nada de confianza” en José Antonio Kast, mientras apenas un 23,7% dice tener mucha confianza en él. La cifra es políticamente significativa porque la confianza es uno de los capitales más importantes para cualquier gobierno que intenta implementar transformaciones profundas o sostener políticas de ajuste y endurecimiento.
Cuando un gobierno pierde confianza, incluso sus éxitos parciales dejan de percibirse como tales.
La encuesta además muestra un deterioro persistente en la percepción general del país. Un 45,1% cree que Chile va en una dirección incorrecta, mientras solo un 33% considera que avanza en la dirección correcta. Más aún: apenas un 24,7% piensa que el país está progresando, mientras el resto lo percibe estancado o directamente en retroceso.
Es un cuadro particularmente complejo para un gobierno que llegó al poder prometiendo precisamente recuperar el crecimiento, restaurar el orden y “poner a Chile de pie”. Dos meses después de instalada la administración Kast, el discurso oficial comienza a chocar con una percepción ciudadana mucho más áspera.
La economía aparece como uno de los principales factores del desgaste. El estudio muestra que un 42,9% evalúa negativamente la situación económica actual del país y apenas un 14,4% la considera buena o muy buena. Además, casi la mitad de los encuestados cree que la economía está peor que hace un año.
El dato tiene relevancia política porque rompe una de las fortalezas históricas de la derecha chilena: la asociación automática entre gobiernos conservadores y estabilidad económica.
Durante décadas, la derecha construyó legitimidad sobre la idea de eficiencia económica, crecimiento y manejo técnico del Estado. Pero hoy esa percepción parece erosionarse rápidamente bajo el impacto del costo de la vida, la inflación persistente, el desempleo y la incertidumbre generalizada.
No es casual que el segundo principal problema identificado por la ciudadanía sea precisamente la inflación y el costo de la vida, con 25,6%, mientras desempleo y economía completan el cuadro de preocupaciones sociales.
La encuesta también revela un fenómeno silencioso pero políticamente explosivo: el repliegue defensivo de los hogares. Un 52,7% afirma que reducirá gastos personales en los próximos meses, especialmente en alimentación, vestuario, entretenimiento y viajes.
Ese dato suele ser uno de los indicadores más sensibles de pesimismo social. Cuando las familias comienzan a restringir consumo básico y cotidiano, lo que emerge no es solo preocupación económica: aparece la sensación de fragilidad.
En otras palabras, el problema del gobierno no es únicamente macroeconómico. Es emocional.
La ciudadanía parece percibir que el país no despega, que el futuro es incierto y que las promesas de recuperación económica no se traducen todavía en mejoras concretas para la vida cotidiana.
Y allí aparece otra tensión importante para el oficialismo. Mientras el gobierno insiste en instalar el eje migración-seguridad como prioridad política absoluta, la encuesta muestra que las preocupaciones económicas siguen ocupando un lugar central en la experiencia diaria de las personas.
La delincuencia sigue siendo el principal problema nacional con 43,2%, pero inflación, desempleo y economía suman otro bloque de ansiedad social enorme que el Ejecutivo todavía no logra resolver ni políticamente ni comunicacionalmente.
El riesgo para Kast es evidente: un gobierno que apostó gran parte de su legitimidad al control del orden público comienza a enfrentar un desgaste simultáneo en seguridad y economía. Y cuando ambas dimensiones se deterioran al mismo tiempo, la capacidad presidencial de sostener liderazgo se vuelve mucho más frágil.
La encuesta además deja ver una dificultad adicional: el gobierno no logra ampliar su base social. Solo el 21,9% se declara partidario del gobierno, mientras 43,5% se define independiente y 29,6% opositor.
Eso significa que Kast depende todavía de un núcleo relativamente limitado y altamente ideologizado, pero enfrenta dificultades para consolidar apoyo estable en sectores moderados o independientes.
El problema es particularmente delicado porque las expectativas iniciales sobre el gobierno eran muy altas en parte importante del electorado conservador. Y los gobiernos construidos sobre promesas maximalistas suelen enfrentar desgastes rápidos cuando la realidad económica, institucional y administrativa limita su capacidad de cumplimiento.
A ello se suma un clima político crecientemente áspero. Las controversias por recortes presupuestarios, la “megarreforma”, los cuestionamientos éticos a medidas migratorias y los problemas comunicacionales del gabinete comienzan a instalar una percepción de improvisación y desgaste prematuro.
Pulso Ciudadano confirma así una tendencia que otras encuestas ya comenzaban a insinuar: el gobierno Kast mantiene todavía un apoyo relevante, pero el entusiasmo inicial empieza a transformarse en incertidumbre.
Y cuando el principal sentimiento social deja de ser esperanza para convertirse en desconfianza, incluso los gobiernos con mayor respaldo ideológico comienzan a entrar en una zona de riesgo político.





