
La Moneda entra en contradicción: la urgencia de Kast revela el temor del gobierno a perder el control de su megarreforma
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Claudio Alvarado pasó en menos de 24 horas de abrirse a una discusión “sin apuro” en el Senado a imponer suma urgencia al proyecto de “Reconstrucción Nacional”. La contradicción expone el nerviosismo del gobierno frente a un escenario político que comienza a complicarse.
Algo importante ocurrió entre el domingo y la mañana de este lunes en La Moneda. Y no fue un detalle comunicacional.
El ministro Claudio Alvarado, encargado político de la llamada megarreforma económica del gobierno de José Antonio Kast, entregó dos señales completamente distintas en menos de un día. Primero, relativizó los plazos del proyecto y dijo que no tenía problemas en extender la discusión en el Senado “si hay voluntad de acuerdo”. Horas después, el Ejecutivo anunció suma urgencia para la iniciativa.
La contradicción no es menor. Porque la urgencia legislativa reduce tiempos, acelera la tramitación y aumenta la presión política sobre el Senado. Exactamente lo contrario de una discusión “abierta”, “profunda” y “sin apuro”.
Más que un problema de coherencia comunicacional, lo ocurrido parece reflejar una tensión política real dentro del gobierno: el choque entre la necesidad de negociar y el temor creciente a que la reforma empiece a desarmarse políticamente.
La reacción de la oposición fue inmediata.
El senador Diego Ibáñez acusó una maniobra contradictoria del Ejecutivo:
“Si se quiere dialogar de verdad, basta de pantomimas. Lo mínimo es quitarle la urgencia al proyecto, proponer las comisiones técnicas adecuadas para dar un debate profundo, no seguir postergando el informe de finanzas públicas”.
El senador Daniel Núñez fue aún más directo:
“Ministro Alvarado, un mínimo de coherencia. Ayer dijo estar disponible para ampliar tiempos de discusión del proyecto de reconstrucción, pero hoy le pone suma urgencia. Queremos dialogar y tenemos propuestas. No aceptamos tramitación exprés en el Senado, porque hay que corregirlo”.
Las declaraciones tocan un punto extremadamente sensible para el gobierno: la legitimidad técnica y política de la reforma.
Hasta hace pocas semanas, La Moneda intentaba instalar la idea de que el proyecto era una propuesta económica seria, inevitable y respaldada por el “sentido común” empresarial. Pero el escenario empezó a cambiar.
Primero aparecieron las advertencias del Consejo Fiscal Autónomo sobre los riesgos estructurales de financiamiento. Luego surgieron cuestionamientos respecto al retraso del Informe de Finanzas Públicas, pieza clave para evaluar el verdadero costo fiscal de la iniciativa. Y este domingo se sumó otro elemento particularmente incómodo para el oficialismo: la crítica de la economista Andrea Repetto en las páginas de El Mercurio.
No se trata de una economista de izquierda ni de una figura ligada al progresismo radical. Repetto pertenece más bien al mundo liberal académico y tecnocrático chileno. Precisamente por eso su crítica fue tan significativa.
La economista sostuvo que el proyecto se basa en un diagnóstico “claro pero estrecho”, centrado casi obsesivamente en los impuestos como motor del crecimiento, ignorando factores estructurales mucho más complejos: el fin del superciclo del cobre, la desaceleración global, los cambios demográficos y la debilidad de la inversión pública.
Más aún: cuestionó la viabilidad fiscal de la rebaja tributaria a las grandes empresas y advirtió que el proyecto podría aumentar el déficit durante varios años.
La irrupción de estas críticas parece haber alterado el clima político del gobierno.
Porque la megarreforma ya no enfrenta únicamente oposición ideológica desde la izquierda. Ahora comienzan a aparecer objeciones técnicas desde sectores moderados, académicos y hasta liberales. Y eso cambia completamente el escenario.
En la Cámara de Diputados, Kast logró construir una mayoría relativamente disciplinada con toda la derecha y el PDG. Pero el Senado es otro terreno. Más fragmentado. Más lento. Más técnico. Y mucho más peligroso para un proyecto doctrinario de gran escala.
El temor del Ejecutivo parece evidente: que la discusión extensa abra demasiadas grietas.
Cada semana adicional de debate implica nuevas comparecencias técnicas, nuevos informes, más exposición mediática y más tiempo para que se acumulen críticas sobre el verdadero impacto fiscal y social de la iniciativa.
Y el gobierno llega debilitado a esa fase.
Las encuestas muestran un deterioro acelerado de la aprobación de Kast. El cambio de gabinete dejó señales de improvisación. Y la economía continúa sin mostrar signos claros de recuperación, pese al discurso triunfalista del ministro Quiroz.
En ese contexto, la megarreforma dejó de ser solamente un proyecto económico. Se convirtió en el principal símbolo político del gobierno.
Kast necesita aprobarla para demostrar que su administración todavía conserva capacidad de conducción y puede avanzar en su proyecto de refundación neoliberal. Pero mientras más se discute el contenido, más aparecen las contradicciones internas de la propuesta.
Por eso la aparente incoherencia de Alvarado tiene una lógica política.
Ayer el gobierno necesitaba moderarse para evitar el cierre del diálogo. Hoy necesita endurecerse para evitar la imagen de debilidad.
El problema es que intentar hacer ambas cosas al mismo tiempo empieza a mostrar precisamente aquello que La Moneda más quiere ocultar: que detrás de la retórica de “Reconstrucción Nacional” hay un gobierno que todavía no logra ordenar ni siquiera su propia estrategia para sacar adelante su proyecto emblemático.
Simón del Valle





