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Cuando el ruido llega al Presidente: Kast entre el desorden y la inestabilidad

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El Gobierno de José Antonio Kast acumula conflictos entre ministros, filtraciones seguidas de desmentidos, cambios de autoridades y diferencias dentro del propio oficialismo. La polémica por la reforma constitucional ACOT ha hecho visible una dificultad mayor de conducción política que comienza a alcanzar directamente al Presidente. Si ese desorden coincide con una economía que todavía no entrega el crecimiento y el empleo prometidos, el ruido puede comenzar a convertirse en inestabilidad.

Durante sus primeros meses José Antonio Kast todavía podía observar el desorden desde arriba.

Un ministro cometía un error, un partido oficialista protestaba, una autoridad abandonaba el Gobierno o aparecía una discrepancia entre dos integrantes del gabinete y el Presidente intervenía. Llamaba al orden, daba por terminada la controversia y continuaba.

Era, además, una posición coherente con el personaje político que Kast había construido durante años.

Chile estaba desordenado y él había llegado para ordenarlo.




Algo parece estar cambiando.

Los episodios comienzan a acumularse más rápidamente de lo que La Moneda consigue cerrarlos. Las versiones circulan antes que las decisiones. Los ministros se contradicen. Los borradores llegan a los medios antes de estar consensuados con quienes deberán defenderlos. Los partidos oficialistas descubren proyectos cuando ya están instalados en la agenda pública. Una aclaración necesita otra aclaración.

Y cada vez con mayor frecuencia es el propio Presidente quien debe intervenir.

El ruido finalmente está llegando a Kast.

ACOT, una reforma que debía ordenar

La reforma constitucional vinculada a la Agenda contra el Crimen Organizado y el Terrorismo probablemente sea el mejor ejemplo.

No porque constituya necesariamente el mayor error del Gobierno, sino porque debía representar exactamente lo contrario.

Si existe un terreno en el que el oficialismo debería haber llegado cohesionado a La Moneda es la seguridad.

Kast construyó buena parte de su trayectoria política denunciando la debilidad del Estado frente a la delincuencia, la inmigración irregular, el narcotráfico y la violencia. Republicanos, libertarios y Chile Vamos pueden tener profundas diferencias económicas, valóricas y políticas, pero difícilmente podría imaginarse un asunto más apropiado para reunirlos que una agenda de mano dura contra el crimen organizado.

Sin embargo, ocurrió lo contrario.

ACOT fue anunciada antes de que estuviera políticamente cerrada.

Circuló un borrador.

El Gobierno respondió que se trataba solamente de eso: un borrador.

La ministra de Salud cuestionó una de sus consecuencias y el ministro de Seguridad respondió que ella no conocía adecuadamente el proyecto.

Aparecieron reparos dentro del oficialismo.

El Presidente tuvo que aclarar públicamente qué pretendía realmente hacer su Gobierno.

El texto fue modificado.

Finalmente ingresó al Senado y surgieron nuevas controversias, entre ellas la posibilidad de mantener durante hasta 240 días un nuevo estado de excepción antes de requerir autorización parlamentaria.

Y entonces quedó expuesto el problema político más elemental: el Gobierno necesita 29 senadores para aprobar una reforma constitucional y no tiene asegurados esos votos.

Ni siquiera la derecha está completamente alineada.

Cuando los propios dejan de ser propios

Las objeciones provienen de lugares muy diferentes.

RN ha reclamado la falta de trabajo prelegislativo. Ximena Ossandón advirtió que colaborar con el Gobierno no significa convertirse en un “buzón”. Matías Walker, cuyo voto ha permitido al oficialismo construir mayorías en otras materias, rechazó la fórmula de los 240 días con una advertencia extrema: “así mueren las democracias”.

Pero la fragmentación llega todavía más adentro.

Cristián Vial, general en retiro y senador republicano, cuestiona utilizar a las Fuerzas Armadas para tareas propiamente policiales.

Vanessa Kaiser objeta otros componentes de la política de seguridad y exige que Kast resuelva primero los indultos para uniformados condenados por hechos ocurridos durante el estallido social.

No todos están criticando ACOT por las mismas razones.

Algunos consideran que entrega demasiado poder al Presidente.

Otros que militariza la seguridad.

Otros que restringe excesivamente derechos.

Y desde la derecha más dura aparecen quienes consideran insuficientes las garantías para los propios uniformados.

Precisamente por eso el fenómeno resulta políticamente significativo.

No existe una rebelión ideológicamente coherente contra ACOT. Existe una pérdida de control sobre el oficialismo.

Gobernar entre filtraciones y desmentidos

ACOT tampoco es un caso aislado.

Durante estos meses se ha ido instalando un mecanismo reconocible.

Una información se filtra a los medios.

Comienza la polémica.

Un ministro entrega una explicación.

Otro introduce una versión diferente.

La Moneda relativiza ambas.

Finalmente aparece una aclaración presidencial.

Después, en ocasiones, la política termina modificándose.

La repetición ha comenzado a producir una consecuencia que trasciende cada episodio particular: resulta más difícil saber cuándo habla realmente el Gobierno.

Ese es un problema bastante más serio que una mala vocería.

La comunicación no está creando el desorden.

Está haciendo visible un desorden que ocurre antes de la comunicación.

Un vocero puede ordenar mensajes. No puede conseguir que ministros que no comparten información comiencen mágicamente a compartirla, ni transformar un borrador sin acuerdo político en una política coherente.

Cuando el ministro del Interior se entera por la prensa de actuaciones relevantes de otro sector del Gobierno, el problema no está en el punto de prensa posterior.

Está antes.

Está en la conducción.

Cuarenta y tantas salidas después

La elevada rotación de autoridades empieza entonces a adquirir otro significado.

Por sí misma, la salida de ministros, subsecretarios y seremis no demuestra una crisis. Los gobiernos cambian equipos. Hay renuncias por razones personales, errores políticos, problemas de gestión y reemplazos perfectamente normales.

Pero los hechos políticos rara vez adquieren significado aisladamente.

Cuando una elevada rotación coincide con conflictos ministeriales, filtraciones, desmentidos, proyectos corregidos sobre la marcha, partidos oficialistas reclamando falta de información y reiteradas intervenciones presidenciales, comienza a formarse una imagen diferente.

Ya no solamente de rotación.

De inestabilidad.

Todavía sería prematuro afirmar que Chile tiene un Gobierno políticamente inestable.

Pero también sería un error esperar una gran derrota parlamentaria o una ruptura formal de la coalición para reconocer las primeras señales.

La inestabilidad puede comenzar mucho antes.

Puede comenzar cuando las decisiones dejan de ser previsibles.

Kast deja de ser el árbitro

Este es probablemente el cambio político más delicado.

Durante los primeros conflictos, Kast podía intervenir como autoridad exterior al problema.

Los partidos discutían: Kast los llamaba al orden.

Dos ministros discrepaban: Kast cerraba la controversia.

Una autoridad fallaba: era reemplazada.

El Presidente conservaba así una posición privilegiada.

El desorden ocurría debajo de él.

Pero cada intervención presidencial consume autoridad.

Si un Presidente dice que un problema está resuelto y pocos días después debe resolver otro parecido; si llama al orden a sus partidos y estos vuelven a rebelarse; si debe aclarar reiteradamente lo que sus propios ministros quisieron decir, comienza gradualmente a perder su condición de árbitro.

No necesariamente pierde poder constitucional.

Pierde algo más intangible y posiblemente más importante:

autoridad política.

Kast dio una señal particularmente reveladora cuando asumió personalmente la responsabilidad por una descoordinación entre ministros.

“Es culpa mía”, dijo.

Puede interpretarse como un gesto de responsabilidad presidencial.

Pero también marca una frontera.

El Presidente dejó de explicar el error de sus subordinados.

Entró al interior del error.

Del ruido a la inestabilidad

Aquí conviene distinguir conceptos.

Ruido no es crisis.

Desorden tampoco significa ingobernabilidad.

Y un Gobierno puede sufrir importantes conflictos internos sin perder la capacidad de gobernar.

Pero existe una secuencia que La Moneda debería observar:

descoordinación, ruido, pérdida de autoridad, inestabilidad.

Chile probablemente se encuentra todavía entre los primeros eslabones.

Lo preocupante para Kast es la velocidad con que se están acumulando.

Porque la inestabilidad política no comienza necesariamente cuando un Gobierno pierde una mayoría.

Puede comenzar antes, cuando pierde la capacidad de ordenar sus propias decisiones.

El mandato que Kast pudo haber interpretado mal

ACOT revela además otro problema.

La ciudadanía parece querer una política dura contra el crimen organizado.

Pero eso no significa que esté dispuesta a aceptar cualquier herramienta para conseguirla.

Los últimos datos de Cadem son particularmente reveladores: existe un respaldo muy elevado al decomiso de bienes del crimen organizado y también un apoyo importante a la cooperación militar con Carabineros, mientras una mayoría rechaza que el Presidente pueda declarar unilateralmente el nuevo estado de excepción en los términos propuestos.

La señal política es bastante sofisticada.

Los ciudadanos pueden querer más seguridad y más controles al poder al mismo tiempo.

Kast corre el riesgo de haber confundido una mayoría electoral favorable a recuperar el orden con un mandato mucho más amplio para modificar los límites constitucionales del poder presidencial.

No son lo mismo.

Y cuando incluso sectores de la derecha empiezan a establecer sus propias líneas rojas, el problema deja de ser simplemente oposición versus Gobierno.

Entonces aparece la economía

Hasta aquí podríamos estar describiendo solamente un Gobierno ruidoso.

La economía transforma el problema.

Kast no llegó a La Moneda únicamente prometiendo seguridad.

Prometió crecimiento, inversión y empleo.

La recuperación económica era la segunda gran demostración de capacidad que debía diferenciar a su Gobierno de la administración anterior.

Pero el mercado laboral sigue mostrando debilidad. El desempleo se ha mantenido elevado. La recuperación de la actividad no consigue todavía consolidarse y las expectativas económicas permanecen deterioradas.

El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ha proyectado un crecimiento de alrededor de 1,8% para este año, lejos de una expansión capaz de producir rápidamente la sensación de reactivación que esperaba el Gobierno.

Todavía es pronto para responsabilizar a Kast por todo el desempeño económico de 2026. Los gobiernos reciben economías que vienen de antes y los cambios de política necesitan tiempo para producir resultados.

Pero también existe un momento en que la economía heredada comienza a convertirse políticamente en la economía gobernada.

Ese momento se acerca.

Cuando el resultado ya no compensa el proceso

Un Gobierno puede sobrevivir durante mucho tiempo a su desorden interno si entrega resultados.

Los ministros pueden pelearse.

Los partidos pueden protestar.

Puede haber errores comunicacionales.

Si aumenta el empleo, crece la economía y mejora la seguridad, buena parte de la ciudadanía puede concluir que el ruido importa poco.

“Se pelean, pero funciona”.

El problema aparece cuando esa compensación desaparece.

Cuando el ciudadano comienza a observar simultáneamente descoordinación política y ausencia de resultados económicos, la frase puede invertirse:

“Se pelean y además no funciona”.

Ahí el ruido comienza a convertirse en un problema de gobernabilidad.

La promesa de competencia

Existe una razón adicional por la que esta situación puede resultar especialmente dañina para Kast.

Su oferta electoral no consistió únicamente en políticas diferentes.

Contenía una promesa más profunda:

nosotros sabemos gobernar.

La izquierda podía tener buenas intenciones, decía implícitamente aquella narrativa, pero carecía de capacidad para controlar la delincuencia, gestionar el Estado, disciplinar el gasto, generar inversión y hacer crecer la economía.

La derecha llegaría con autoridad.

Con equipos.

Con disciplina.

Con capacidad ejecutiva.

Por eso cada episodio de descoordinación afecta algo más importante que la imagen de un ministro.

Afecta la principal ventaja comparativa que Kast reivindicaba frente a sus adversarios.

El Gobierno del orden no puede acostumbrarse a gobernar mediante el desorden.

Una crisis que todavía no existe

No sería correcto afirmar que el Gobierno de Kast está hoy ante una crisis terminal ni que ha perdido capacidad de gobernar.

No la ha perdido.

Conserva iniciativa, controla el Ejecutivo, mantiene una importante base política y continúa teniendo capacidad para instalar la agenda.

Pero tampoco sería prudente despreciar las señales.

Las crisis políticas rara vez comienzan el día en que todos reconocen que existe una crisis.

Antes aparecen síntomas.

Decisiones contradictorias.

Autoridades que salen.

Partidos que dejan de obedecer.

Ministros que desarrollan agendas propias.

Información que se filtra antes de convertirse en decisión.

Proyectos que deben corregirse después de ser anunciados.

Presidentes que necesitan intervenir cada vez más para conseguir cada vez menos orden.

Ese proceso tiene un nombre cuando comienza a consolidarse.

Inestabilidad.

El Presidente dentro de la ola

Kast llegó a La Moneda prometiendo recuperar la autoridad.

Pero la autoridad presidencial no consiste solamente en disponer de facultades constitucionales.

Consiste en conseguir que ministros, partidos, parlamentarios e instituciones puedan moverse razonablemente en una misma dirección.

Durante algunos meses Kast consiguió aparecer por encima de las contradicciones de su Gobierno.

Podía corregirlas.

Ordenarlas.

Cerrar las polémicas.

Ahora comienza a ocurrir algo diferente.

Cada nuevo conflicto necesita más presencia presidencial. Cada aclaración lo compromete más directamente. Cada reforma mal coordinada reduce la distancia entre el error del Gobierno y la responsabilidad del Presidente.

La ola que antes golpeaba a ministros y partidos comienza a alcanzar La Moneda.

Y ahí está probablemente la verdadera línea roja.

No en ACOT.

No en un ministro.

No en una encuesta.

Ni siquiera en el desempleo.

Está en el momento en que todos esos acontecimientos dejan de ser percibidos como episodios separados y empiezan a construir una sola imagen.

La imagen de un Gobierno que prometió orden y comienza a tener dificultades para ordenarse a sí mismo.

Todavía estamos a tiempo de saber si se trata solamente de ruido.

Pero cuando el ruido llega al Presidente y la economía deja de ofrecer una salida rápida, el desorden puede empezar a adquirir un nombre bastante más peligroso.

Inestabilidad.

Simón del Valle

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Simon Del Valle

Periodista

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