
Santiago: ciudad gastronómica
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“Santiago es una ciudad en clave privada,
susceptible de ser descubierta en pequeños espacios,
una “ciudad de rincones””.
(Roberto Merino)
Hace años atrás conocí la ciudad de Buenos Aires buscando libros usados, por varios años la habité con ese placer guiado por algo que podría llamar una compulsión intelectual y espiritual, eso me hizo salir de la conocida calle Corrientes. Estos últimos años he conocido un poco mejor la ciudad de Santiago, esa que el cronista Merino llama “ciudad de rincones” supongo que parafraseando a Mariano Latorre en su imagen de “Chile país de rincones”. Valga en esto un contexto literario para comprender las ciudades de manera extendida donde se manifiestan diversos lugares que ayudan a una imagen fotográfica, en cuanto respaldo para la memoria de nuestros cotidianos.
Santiago gastronómico es una de las imágenes que hoy mejor representan lo que es nuestra ciudad, esto en contraposición a esa imagen forzada y poco convincente, que algunas autoridades intentan promover, cuándo la señalan como capital del vino. Me parece mucho más justa la afirmación de que Santiago es nuestra capital gastronómica, ya que encontramos en ellas manifestaciones asentadas popularmente de nuestras comidas criollas populares provenientes de lo largo y estrecho del territorio, interpretaciones de la comida ancestral y asimilación de comidas de origen migrante o de instalaciones universales del gusto. Con esto no quiero por ningún motivo referirme a los McDonalds, Subway, Starbucks, Kentucky Fried Chicken, o versiones plásticas locales como “Micheladas” que se van instalando en los barrios sin aportar a la cultura.
Nuestra ciudad hoy goza de una importante gama de ofertas culinarias en el centro; por ejemplo quedan algunas fuentes de soda que mantienen el oficio de la sanguchería, producto que a la vez ha sido rescatado en “José Ramón 277”, el “Bar Alameda”, “A lo roto”, entre otros; las que resaltan nuestro mar como “El Ancla”, “Cala”; comida de origen español como lo hacen en la “La Unión Chica”, “De la Ostia”, “Pinpilinpausha”, “El Valenciano”, etc; las interpretaciones de la comida de la migración francesa “Parigó”, “Delfina”, “Debaines”, etc; o peruana “Sabor y Aroma”, “Tambo”; grandes bares como “Siete Negronis”, “Cerros de Chena”, “Barra de Pickles”, “La Vermutería”, “Casa Brother Wood”; pizzerías, entre ellas “Domani”; de otras latitudes más lejanas como “Meze”, “Siam Thai”, “Rishtedar”, “Naoki”; parrillas como “La tabla”, “Los Buenos Muchachos”; o comida de autor, entre los que destacan “Pulpería Santa Elvira”, “Cora Bistró”, “Casa Luz”, por mencionar algunos. Todos lugares en los que se come y se bebe bien, la mayoría con un notable respeto por los vinos chilenos, destacando la variedad de cepas y de valles, espacios culinarios en donde la hospitalidad es parte de la cultura que somos.
Santiago es una auténtica invitación que podemos recorrer y sentarnos, pasear por sus rincones en los cuales podemos detener el tiempo haciendo más vivencial el cotidiano en mesas que permiten ese grato encuentro con el amor, los amigos, los contertulios, el pasajero, el parroquiano, la familia, el extranjero. Habitar la ciudad con esa poética rokhiana de “comerse y beberse Chile”, recorrer nuestra geografía y viajar por el mundo, en ese rito nutritivo que restaura al ser, en ese cobijo borgeano del Aleph, en cierto sentido arquetípico, que aparece cuando cruzamos el umbral.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra





