
Ominami y el Paquete Neoliberal: El riesgo de un “acuerdo” que no responde al malestar social
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A tres meses del gobierno de José Antonio Kast, la encuesta Data Influye entrega un diagnóstico que debería incomodar a todo el arco político: la mayoría de los chilenos rechaza el corazón del Paquete Neoliberal del Ejecutivo y percibe retrocesos en las áreas más sensibles de su gestión. Inflación, costo de la vida, empleo y crecimiento aparecen como los puntos más débiles de una administración que llegó prometiendo cambios profundos.
Sin embargo, mientras la ciudadanía expresa con claridad su descontento, el exministro y exsenador Carlos Ominami, en una columna publicada en un medio digital, llama al gobierno a abrir una negociación con la oposición, particularmente con la bancada socialista, para sacar adelante la mal llamada «megarreforma». Su argumento es, en apariencia, sensato: la estabilidad de las reglas del juego depende de mayorías políticas amplias, y una votación estrecha (26/23 en el Senado) no es un buen cimiento para una reforma de esta envergadura.
Pero lo que Ominami presenta como una «última oportunidad» para romper el ciclo de alternancias destructivas que Chile vive desde hace más de una década, es en realidad una reedición del espíritu concertacionista que durante años primó en la política chilena: la búsqueda de acuerdos a cualquier precio, incluso cuando esos acuerdos implican concesiones (como en todos los gobiernos concertacionistas y el de Boric).
El dato duro que Ominami prefiere ignorar
La propuesta que Ominami respalda —y que la bancada socialista ha puesto sobre la mesa— hace concesiones importantes al gobierno: acepta la reducción del impuesto de primera categoría (IDPC) de 27% a 25%, con una proyección a 23%; acota la invariabilidad tributaria a inversionistas extranjeros, a la manera del antiguo DL 600; y propone reemplazar los subsidios a la planilla por subsidios directos al empleo.
El problema es que Ominami parece ignorar el contexto político y social en el que se inscribe su llamado al acuerdo. La encuesta Data Influye es elocuente: el 50% de los consultados considera que la «megarreforma» representa un retroceso o un gran retroceso para el país, y solo el 31% la ve como un avance. Más aún, el 52% está en desacuerdo o muy en desacuerdo con que estas reformas permitan reactivar la economía.
Es decir, la mayoría de los chilenos no solo cuestiona el contenido del Paquete Neoliberal del Gobierno de Kast, sino que duda de su capacidad para producir los resultados prometidos. Y, sin embargo, Ominami propone un acuerdo que, en lo fundamental, recoge el planteamiento del gobierno en materia tributaria.
Las concesiones como método
El estilo político que Ominami representa —heredero de la tradición concertacionista— se caracteriza por privilegiar el acuerdo por sobre un programa de izquierda socialdemócrata, la gobernabilidad por sobre la transformación. Durante los gobiernos de la Concertación, ese espíritu permitió estabilidad política, pero también perpetuó desigualdades estructurales, concentró la riqueza, le entregó el poder a la oligarquía empresarial de diseñar los contornos del desarrollo y generó un creciente desencanto ciudadano.
Hoy, ese mismo espíritu se manifiesta en la disposición de Ominami a ceder en aspectos centrales de la profundización neoliberal, con el argumento de que es mejor un mal acuerdo que una confrontación. Pero la ciudadanía, según la encuesta, no está pidiendo acuerdos: está pidiendo resultados. El 63% percibe retrocesos en inflación y costo de la vida; el 59% en crecimiento económico y empleo; el 58% en medioambiente. En ese contexto, llamar a un acuerdo que esencialmente valida el rumbo del gobierno es, cuando menos, una muestra de desconexión con la realidad social.
El riesgo de la «última oportunidad»
Ominami advierte que, si el gobierno insiste en su estrategia de confrontación, el proyecto podría terminar desfigurado en una Comisión Mixta, lo que sería una mala opción para Chile y para el gobierno. Pero la pregunta que Ominami no se hace es si un acuerdo alcanzado a costa de concesiones significativas sería realmente mejor para el país, especialmente cuando la mayoría de la ciudadanía ya ha expresado su rechazo al proyecto en su formulación original.
La «última oportunidad» que Ominami ofrece al gobierno es, en realidad, una oportunidad para que el oficialismo obtenga respaldo opositor a un programa que la ciudadanía ya ha comenzado a evaluar negativamente. Es, en ese sentido, un acto de concesión política: la disposición a ceder no para detener el proyecto de la ultraderecha, sino para asegurar su aprobación, aunque ello implique desatender el mensaje que la ciudadanía ha enviado con claridad en las encuestas.
Una conclusión necesaria
El llamado de Ominami al acuerdo corresponde al espíritu del concertacionismo. Surge de la preocupación por la gobernabilidad y la estabilidad de las reglas del juego neoliberales. La propuesta de C. Ominami revela una forma de hacer política que ya no convence a una ciudadanía que exige transformaciones y no meros pactos de élite.
El espíritu concertacionista que Ominami representa —el de los acuerdos por sobre una alternativa social y democrática, el de las concesiones por sobre las convicciones— ha mostrado sus límites. La encuesta Data Influye es un recordatorio de que la ciudadanía está mirando con atención y evaluando con severidad. Y que, en ese escrutinio, los llamados a los consensos pueden ser percibidos no como un gesto de grandeza, sino como una renuncia a la posibilidad de revelar el verdadero carácter de la ultraderecha.
El gobierno de Kast se ha encontrado con la oposición del pueblo por el pueblo. Pero la solución pasa por escuchar el malestar ciudadano y levantar un programa que responda a sus necesidades. Ominami, por su parte, haría bien en recordar que la «última oportunidad» no es para el gobierno, sino para una clase política que sigue atrapada en las lógicas de un modelo neoliberal que restringe la democracia.
Leopoldo Lavín Mujica





