Economía y Mercados en Marcha Opinión e identidades Portada

Cien días después: la realidad económica pone a prueba la promesa de Kast

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 36 segundos

El aumento del desempleo, la mayor caída de la producción industrial en casi una década y el nuevo retroceso del Imacec configuran un escenario que contrasta con la principal apuesta económica del Gobierno. A cien días de asumir, la promesa de que la confianza empresarial impulsaría la inversión y el crecimiento aún no encuentra respaldo en los principales indicadores.

Los economistas suelen repetir que las expectativas mueven la economía. Una empresa no espera a que exista una nueva carretera para decidir una inversión; tampoco aguarda a que una rebaja tributaria produzca todos sus efectos. Invierte cuando cree que el futuro será mejor que el presente.

José Antonio Kast llegó a La Moneda precisamente con esa promesa. Restablecer la confianza del empresariado, reducir impuestos, agilizar permisos ambientales y disminuir el peso del Estado serían, según su programa, las condiciones suficientes para que la inversión volviera a convertirse en el motor del crecimiento.

Cien días después, esa hipótesis comienza a enfrentarse con la realidad.

En apenas cuarenta y ocho horas se conocieron tres indicadores que apuntan en la misma dirección. El desempleo volvió a aumentar. La producción industrial registró una caída de 7,5%, la mayor desde 2017 y la octava contracción consecutiva. Finalmente, el Banco Central informó un nuevo retroceso del Imacec, que cayó 0,9% en mayo respecto del mismo mes del año anterior.




Cada una de estas cifras admite explicaciones particulares. La minería continúa resentida por una menor producción de cobre. La economía mundial sigue creciendo con debilidad. El consumo interno permanece contenido.

Pero cuando empleo, industria y actividad económica se deterioran al mismo tiempo, el problema deja de parecer coyuntural.

Empieza a surgir una pregunta más incómoda.

¿Dónde está el efecto confianza?

Durante la campaña presidencial se insistió en que Chile llevaba años paralizado por la incertidumbre política, el exceso de regulaciones y una creciente hostilidad hacia la inversión privada. Bastaba cambiar el clima político para que los proyectos comenzaran nuevamente a ejecutarse.

Hasta ahora, ese cambio no se observa.

Ni la industria ha recuperado dinamismo. Ni el empleo muestra señales de fortalecimiento. Ni la actividad económica ha iniciado una trayectoria sostenida de crecimiento.

El Gobierno continúa atribuyendo estos resultados a la herencia recibida de la administración anterior. Es cierto que ninguna economía cambia de rumbo en cien días y que muchos indicadores responden con retraso a las decisiones de política pública.

Pero esa explicación también tiene límites.

Porque el propio oficialismo sostuvo que el principal obstáculo era la pérdida de confianza. Si ese diagnóstico era correcto, los anuncios de rebajas tributarias, desregulación, aceleración de permisos y estímulo a la inversión privada debían comenzar, al menos, a modificar las expectativas.

Eso todavía no ocurre de manera visible.

Quizás porque el diagnóstico era incompleto.

Las empresas no invierten únicamente porque paguen menos impuestos o enfrenten menos trámites administrativos. Invierten cuando esperan vender más. Cuando existe demanda suficiente. Cuando el crédito acompaña. Cuando los mercados internacionales ofrecen perspectivas favorables. Cuando identifican oportunidades rentables en sectores capaces de crecer.

La confianza importa.

Pero la confianza, por sí sola, no crea mercados.

Durante más de cuatro décadas Chile ha descansado sobre una misma arquitectura económica: apertura comercial, exportación de recursos naturales, protagonismo del sector privado y un Estado cuya intervención se ha mantenido relativamente acotada. La Concertación introdujo importantes políticas sociales y reformas institucionales, pero no alteró esa estructura básica.

La propuesta económica de Kast tampoco representa una ruptura con ese modelo. Más bien busca llevarlo a una expresión más intensa: menos impuestos, menos regulaciones y mayor protagonismo del mercado.

La pregunta es si ese camino sigue siendo suficiente para enfrentar los desafíos actuales.

Porque la economía chilena no solo enfrenta un ciclo internacional complejo. También convive con una productividad estancada, una matriz exportadora poco diversificada, una fuerte concentración económica y una inversión privada que lleva años mostrando dificultades para recuperar el dinamismo que tuvo en décadas anteriores.

Ninguno de esos problemas se resuelve exclusivamente reduciendo impuestos o acelerando permisos.

Por eso los datos conocidos esta semana tienen un significado que va más allá de las estadísticas mensuales.

No muestran simplemente una economía debilitada.

Ponen en discusión la premisa central sobre la cual el Gobierno construyó su estrategia económica.

A cien días de iniciado el mandato, la promesa de un shock de confianza todavía no encuentra su reflejo en la economía real.

Y cuando la realidad insiste en contradecir las expectativas, quizá ha llegado el momento de revisar no solo los resultados, sino también las ideas que los inspiraron.

 

Simón del Valle

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



Foto del avatar

Simon Del Valle

Periodista

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *