
Después de la megarreforma: el discurso con que Kast intenta cambiar el eje de la política chilena
Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 46 segundos
La cadena nacional del Presidente José Antonio Kast, emitida pocas horas después de la aprobación de la Ley de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social, no fue un discurso destinado a explicar una reforma ni a celebrar una victoria parlamentaria. Fue, sobre todo, un intento por redefinir el relato de su gobierno.
Después de cuatro meses en que el debate político estuvo absorbido por la denominada megarreforma —sus rebajas tributarias, el financiamiento de las compensaciones, las críticas por su eventual regresividad y la confrontación entre el Gobierno, los municipios y la oposición—, Kast buscó transmitir una idea muy distinta: ese ciclo ha terminado. La reforma ya no aparece como un proyecto en disputa, sino como un hecho consumado, un punto de partida desde el cual el país debería mirar hacia adelante.
Ese desplazamiento del foco constituye el principal objetivo político de la intervención presidencial. Más que defender la ley, el mandatario intentó clausurar el debate sobre ella para abrir otro completamente distinto.
Del conflicto al consenso
Uno de los aspectos más llamativos del discurso es la forma en que presenta la Ley de Reconstrucción Nacional. La define como «uno de los cuerpos legislativos más importantes que se haya aprobado en los últimos treinta años» y agradece transversalmente a quienes hicieron posible su aprobación.
No hay referencias a las semanas de tensión política que marcaron su tramitación. No aparecen las advertencias de economistas, las críticas del Consejo Fiscal Autónomo, la controversia por la reducción de los impuestos corporativos ni la disputa con más de un centenar de alcaldes por la compensación derivada de la exención de contribuciones para adultos mayores. Tampoco aparecen las acusaciones de regresividad tributaria que dominaron buena parte del debate legislativo.
El conflicto desaparece del relato presidencial.
La operación política consiste precisamente en eso: transformar una reforma profundamente discutida en un supuesto consenso nacional y convertir su aprobación en el inicio de una nueva etapa.
No es una estrategia novedosa en política. Todo gobierno necesita construir momentos fundacionales que marquen un antes y un después. Kast eligió la aprobación de su principal reforma económica para instalar ese punto de inflexión.
Un nuevo vocabulario para la política
Hay otra transformación menos evidente, pero probablemente más profunda.
Durante la última década, gran parte del debate público chileno estuvo articulado alrededor de conceptos como derechos sociales, protección estatal, redistribución, igualdad o justicia social. En la cadena nacional, ese lenguaje prácticamente desaparece.
En su lugar emerge otro vocabulario: crecimiento, inversión, empleo, mérito, emprendimiento, oportunidades y esfuerzo.
No se trata únicamente de un cambio semántico. Es una redefinición del contrato político que el Gobierno propone a la ciudadanía.
El protagonista ya no es el Estado garantizando derechos, sino el trabajador que madruga, el emprendedor que arriesga sus ahorros y el inversionista que necesita reglas claras para generar riqueza. El papel del Estado deja de ser redistribuir o corregir desigualdades y pasa a consistir, principalmente, en remover obstáculos para la actividad económica.
La promesa presidencial tampoco gira en torno a una ampliación de derechos, sino a la recompensa del esfuerzo individual.
Ese cambio de lenguaje revela el proyecto político que Kast busca consolidar: desplazar el eje del debate desde la redistribución hacia la productividad y desde la protección social hacia el mérito.
La seguridad como condición del crecimiento
La segunda mitad del discurso marca otro giro significativo.
Después de instalar el relato económico, Kast cambia completamente el registro y convierte la seguridad en el segundo gran pilar de su administración. Pero no los presenta como agendas independientes.
El mensaje es otro: sin seguridad no habrá inversión; sin inversión no habrá crecimiento; y sin crecimiento no habrá bienestar.
La seguridad deja de ser únicamente un problema policial para transformarse en una condición necesaria del desarrollo económico.
La estructura del discurso refuerza esa idea. Los anuncios aparecen organizados bajo cuatro verbos —perseguir, capturar, juzgar y condenar— que transmiten acción, control y autoridad. Un lenguaje militar, o policial.
No es casual que el Presidente anuncie más de treinta proyectos vinculados al crimen organizado inmediatamente después de presentar la reforma económica como el motor del crecimiento. Ambos temas terminan formando parte de una misma narrativa: el Estado debe crear las condiciones para que quienes producen puedan hacerlo sin miedo.
Es probablemente el relato con el que el oficialismo buscará ordenar su acción política durante los próximos años.
El país que desaparece del discurso
Todo discurso político también se define por aquello que decide omitir.
En la cadena nacional no aparecen los salarios, la desigualdad, la concentración económica, la crisis habitacional, las listas de espera en salud, la educación pública o las brechas territoriales que marcaron buena parte de la discusión sobre la propia reforma.
La agenda pública queda reducida a dos grandes objetivos: crecimiento y seguridad.
No significa que esos otros problemas hayan dejado de existir. Significa que el Gobierno intenta desplazar el centro del debate hacia un terreno donde considera tener mayores posibilidades de consolidar apoyo político.
Es una decisión estratégica. Si el éxito del gobierno pasa a medirse exclusivamente por la evolución del empleo, la inversión y los indicadores de seguridad, el resto de las tensiones sociales pierde centralidad en la discusión pública.
La política también consiste en decidir sobre qué temas discute una sociedad.
Un discurso que mira más allá del gobierno
Vista en perspectiva, la cadena nacional parece menos una rendición de cuentas que el primer discurso de una nueva campaña política.
No hay anuncios destinados a resolver la coyuntura inmediata. Lo que existe es la construcción de un marco narrativo para la segunda mitad del mandato. La aprobación de la megarreforma es presentada como el cierre de una etapa. La seguridad aparece como la gran batalla pendiente. Y el crecimiento económico se instala como la medida principal del éxito gubernamental.
En ese sentido, Kast no habló solamente del presente. Habló del país sobre el cual quiere que se ordene la próxima disputa política.
La incógnita, sin embargo, permanece abierta. El discurso logra construir un relato coherente y disciplinado, donde economía y seguridad se presentan como dos caras de un mismo proyecto. Pero, como ocurre con todo relato político, su eficacia dependerá menos de su consistencia retórica que de la capacidad del gobierno para convertir esas promesas en resultados concretos.
Porque las campañas pueden cambiar el lenguaje de la política. Lo que finalmente cambia la percepción ciudadana es la experiencia cotidiana. Y será allí, mucho más que en una cadena nacional, donde comenzará a evaluarse si la nueva etapa anunciada por el Presidente logra instalarse como una realidad o permanece únicamente como un ejercicio de comunicación política.
Simón del Valle





