Economía y Mercados en Marcha

La IA todavía no provoca desempleo masivo, pero ya comienza a transformar el trabajo y golpea la contratación de jóvenes

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A casi cuatro años de la irrupción de la inteligencia artificial generativa, los datos disponibles no confirman las predicciones de una destrucción generalizada del empleo. Sin embargo, comienzan a aparecer cambios menos visibles: intensificación de las tareas, menor contratación de trabajadores jóvenes y transformación acelerada de las habilidades requeridas. En Chile, el principal problema es otro: prácticamente no existen estadísticas que permitan saber qué está ocurriendo realmente.

 

La imagen de millones de trabajadores desplazados por algoritmos y sistemas de inteligencia artificial todavía no encuentra respaldo en las estadísticas laborales. La transformación existe, pero hasta ahora parece estar ocurriendo principalmente dentro de los puestos de trabajo y en determinados segmentos del mercado laboral, más que mediante una eliminación masiva de empleos.

Esa es una de las principales conclusiones de la minuta Inteligencia Artificial y trabajo: estado de la evidencia a agosto de 2026, elaborada por Daniel Andrade, del Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo (CENDA). El documento revisa la evidencia acumulada tras casi cuatro años de expansión de la IA generativa y advierte que los indicadores laborales agregados todavía no muestran una disrupción que pueda atribuirse claramente a esta tecnología.

La cuestión, sin embargo, es bastante más compleja que concluir simplemente que la IA no está destruyendo empleos.




No aparece todavía la gran ola de desempleo

Uno de los indicadores examinados proviene del Budget Lab de Yale. Sus datos muestran que la diferencia de desempleo entre trabajadores altamente expuestos a la IA y aquellos menos expuestos se encuentra actualmente cerca de cero.

También se ha modificado la composición de las ocupaciones, pero el ritmo de ese cambio permanece dentro de parámetros históricos. Según la minuta, ocurrió aproximadamente un punto porcentual más rápido que durante la adopción de internet. La OCDE, por su parte, continúa describiendo mercados laborales relativamente resilientes y no encuentra que su debilitamiento pueda alinearse claramente con la penetración de la inteligencia artificial.

Incluso las cifras de despidos que suelen alimentar titulares alarmistas requieren precaución.

En Estados Unidos, 112.700 recortes de puestos de trabajo anunciados entre enero y julio mencionaron la IA como una de sus razones, equivalente al 24% del total. Sin embargo, durante el mismo período los despidos anunciados disminuyeron 41% respecto de 2025.

Además, se trata de información declarada por las propias empresas y no de una medición causal. Un caso resulta especialmente ilustrativo: desde enero de 2025, Nueva York incorporó a sus formularios de despidos masivos una casilla para indicar si estos se debían a automatización. Más de 160 empresas realizaron notificaciones y ninguna marcó esa alternativa. La evidencia disponible, por tanto, no permite convertir automáticamente aquel 24% en empleos efectivamente destruidos por la IA.

Trabajar más rápido no significa trabajar menos

La transformación más clara parece producirse en el interior de las empresas.

Los sistemas de IA permiten realizar determinadas tareas con mayor rapidez, pero ese ahorro de tiempo no necesariamente se convierte en jornadas laborales más cortas. Puede traducirse, por el contrario, en una mayor cantidad de tareas durante el mismo período, además de nuevas labores de supervisión, corrección y verificación de los resultados producidos por los sistemas automatizados.

Las prioridades declaradas por las propias empresas apuntan en esa dirección. El 64% de las inversiones en inteligencia artificial busca mejorar la eficiencia de los procesos y el 59% aumentar la productividad. Solo el 24% declara como objetivo reducir personal.

Aquí aparece uno de los problemas centrales planteados por CENDA: las estadísticas permiten medir empleo, salarios, desplazamientos o exposición tecnológica, pero no muestran cómo se distribuye la productividad adicional generada por la IA.

Es decir, si una persona puede producir en seis horas lo que anteriormente producía en ocho, las estadísticas actuales no permiten observar adecuadamente si esas dos horas se transforman en tiempo libre, mejores remuneraciones, beneficios para la empresa o simplemente en nuevas tareas.

El debate sobre inteligencia artificial y trabajo, por lo tanto, no se limita a cuántos empleos desaparecen. También comprende quién se apropia de las ganancias de productividad producidas por las nuevas tecnologías.

La señal de alarma está entre los jóvenes

Donde sí comienzan a aparecer datos preocupantes es en los trabajadores que recién ingresan al mercado laboral.

El seguimiento realizado por Stanford y ADP registra 33 meses consecutivos de disminución del empleo entre personas de 22 a 25 años en ocupaciones altamente expuestas a la inteligencia artificial. El AI Index, además, calcula una caída cercana al 20% desde 2024 entre los desarrolladores de software pertenecientes a ese grupo etario.

El mecanismo puede ser particularmente difícil de detectar.

Las empresas que incorporan inteligencia artificial no necesariamente despiden a sus trabajadores. Pueden simplemente dejar de contratar jóvenes para puestos iniciales. En ese caso, las estadísticas que observan despidos o separaciones laborales no registrarían adecuadamente el fenómeno.

La evidencia, de todos modos, todavía está en discusión. Datos administrativos de Dinamarca encuentran efectos prácticamente nulos sobre ingresos y horas trabajadas y descartan impactos superiores al 2% durante los primeros dos años. Una encuesta realizada a unos 750 ejecutivos estadounidenses, en cambio, proyecta para 2026 una reducción cercana a 502.000 trabajadores, alrededor de medio punto porcentual de la fuerza laboral de Estados Unidos.

Los propios investigadores califican ese efecto como pequeño y posiblemente difícil de detectar en las estadísticas agregadas. La magnitud y causalidad del fenómeno siguen, por tanto, abiertas a discusión.

Chile: 4,7 millones de trabajadores podrían acelerar sus tareas

Para Chile existe información sobre el potencial de la inteligencia artificial, pero muy poca acerca de sus consecuencias laborales efectivas.

Un estudio desarrollado por CENIA junto con SOFOFA Capital Humano, SENCE, Stanford y el Ministerio del Trabajo examinó las cien ocupaciones más frecuentes del país, que representan alrededor del 62% de la fuerza laboral.

Su estimación es significativa: 4,7 millones de trabajadores podrían acelerar al menos un 30% de sus tareas utilizando inteligencia artificial generativa.

Pero esa cifra requiere una precisión fundamental. No significa que 4,7 millones de empleos estén amenazados.

Lo que se mide es la posibilidad tecnológica de acelerar determinadas tareas. Que ese aumento de productividad termine provocando reducción de personal, mayores remuneraciones, disminución de jornada, crecimiento de la producción o simplemente intensificación laboral dependerá de decisiones empresariales, económicas, sindicales y políticas.

Chile no sabe todavía qué está ocurriendo

Aquí aparece posiblemente la principal advertencia del informe.

Chile no mide sistemáticamente el uso efectivo de inteligencia artificial en el trabajo, ni los cambios de tareas dentro de los puestos, ni una eventual disminución de la contratación de jóvenes. Tampoco existen instrumentos suficientemente desarrollados para observar sus efectos diferenciados según edad, sexo, actividad económica, territorio o condición de formalidad laboral.

La última variable es especialmente importante en América Latina, donde alrededor del 47% del empleo corresponde al sector informal. Millones de trabajadores pueden quedar simultáneamente fuera de los mecanismos de protección laboral y de los propios sistemas utilizados para estudiar las consecuencias de la transformación tecnológica.

La ausencia de estadísticas supone entonces un problema político: si el Estado desconoce dónde y cómo está penetrando la IA en el mercado laboral, difícilmente podrá diseñar políticas para enfrentar sus consecuencias.

Otros países comienzan a avanzar en esa dirección. Desde octubre, Connecticut exigirá que los despidos masivos indiquen si están relacionados con inteligencia artificial, lo que podría generar una de las primeras series estadísticas de atribución respaldadas legalmente. China, en tanto, incluyó en su plan de empleo de junio de 2026 la creación de un sistema estatal destinado a monitorear el impacto de la IA sobre el empleo.

Una transformación menos espectacular, pero posiblemente más profunda

Los datos disponibles hasta agosto de 2026 no sostienen, por ahora, la hipótesis de un reemplazo inmediato y masivo de seres humanos por máquinas. Pero tampoco justifican ignorar el problema.

La transformación puede estar siguiendo un camino diferente al imaginado inicialmente: menos despidos espectaculares y más cambios silenciosos dentro de los puestos de trabajo; menos sustitución inmediata y más reducción de oportunidades de entrada para trabajadores jóvenes; menos desaparición de profesiones completas y más modificación acelerada de las tareas que componen cada profesión.

La pregunta decisiva podría entonces desplazarse desde cuántos empleos destruirá la inteligencia artificial hacia qué clase de trabajo producirá.

Quién controlará las nuevas herramientas, quién recibirá sus ganancias de productividad, cómo se modificarán las jornadas, qué ocurrirá con los empleos iniciales y qué capacidad tendrán trabajadores y sindicatos para intervenir en ese proceso son interrogantes que las cifras tradicionales de desempleo no alcanzan a responder.

Para Chile hay, además, una tarea previa. Antes de regular consecuencias que todavía conocemos de manera fragmentaria, será necesario comenzar a observarlas. Como concluye la minuta de CENDA, antes de gobernar los efectos de la inteligencia artificial sobre el trabajo hay que decidir medirlos.

 

 

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